Por Fred Alvarez Palafox
En su más reciente entrega en El Universal, Héctor de Mauleón reconstruye con ritmo de thriller la caída de Joaquín “El Chapo” Guzmán, ocurrida hace una década tras escapar por las alcantarillas de Los Mochis. La crónica detalla cómo un descuido de su jefe de sicarios permitió a dos agentes federales interceptarlos y atrincherarse en la habitación 51 del motel Doux, resistiendo estoicamente veinte tensos minutos de millonarios sobornos y amenazas de muerte bajo la sombra de un inminente rescate armado.
Pero el verdadero peso periodístico del texto asoma en la revelación de tres videos inéditos de esas horas críticas. En ellos, un Guzmán Loera aún manchado de lodo intenta trazar una cínica línea moral: se reivindica como un traficante “a la antigua” frente a la brutalidad de rivales como Los Zetas, y lanza la falsa promesa de que su captura no desataría una guerra contra el gobierno. Visto a diez años de distancia, aquel juramento pacífico resuena, simplemente, como el oscuro prólogo de la espiral de sangre que terminó por devorar al país.
El relato de Héctor me obligó a desempolvar mis notas de aquel día.
A más de una década de distancia, la captura de Joaquín Guzmán en Los Mochis sigue revelando detalles que contrastan la gran narrativa oficial con la cruda realidad a ras de suelo. Aquel amanecer del viernes 8 de enero de 2016, la caída del capo más buscado no fue únicamente el resultado milimétrico de un operativo de inteligencia; fue, de manera crucial, obra del factor sorpresa y del instinto ciudadano.
Recordemos los hechos con precisión.
Durante la madrugada, las alertas comenzaron a encenderse en los sectores de Bosques del Pedregal, Scally y Villas del Sol. La Marina, apoyada por 17 elementos de élite y medio centenar de refuerzos provenientes de Guaymas, tomó el control tras un feroz enfrentamiento en la calle Río Quelite. La refriega dejó un marino herido y cinco delincuentes abatidos. Lo que la historia oficial tardó en contar es que Guzmán y su lugarteniente, “El Cholo Iván”, ya habían logrado escurrirse por el drenaje.
Ahí es donde el guion cambia. La fuga perfecta del capo se topó de frente con un cielo adverso —empezó a llover copiosamente— y con la denuncia oportuna de la calle.
“Acabamos de ver a dos personas saliendo de la alcantarilla en Jiquilpan y Rosales; se robaron un carro”, me escribió aquella mañana un residente mochitense al que, hasta hoy, mantengo en el anonimato.
Ese reporte al C4, sumado a un segundo vehículo robado instantes después, activó a la Policía Federal. No fueron los drones artillados ni las fuerzas especiales quienes interceptaron finalmente a Guzmán Loera ; fueron dos agentes federales en la carretera hacia San Miguel Zapotitlán. Dos policías incorruptibles que resistieron sobornos y amenazas mientras aguardaban refuerzos en el hotel Doux. Tuvieron que improvisar la trinchera porque, de haberlo entregado a los municipales, el desenlace era francamente incierto.
En lo político, el manejo del anuncio también dejó postales para la historia. El mensaje llegó primero a través del Twitter del presidente Peña Nieto al mediodía. Horas después, en la Cancillería, fuimos testigos de la inusual coreografía protocolaria entre los secretarios de Defensa y Marina. Por la noche, el gabinete de seguridad se encargó de recalcar, con cifras y cateos, que el triunfo era cien por ciento mexicano.
Y aunque la DEA no tardó ni tres horas en emitir tuits intentando colgarse la medalla bajo el argumento de una “lucha compartida” y cooperación tecnológica, el operativo en tierra fue ejecutado por fuerzas nacionales. Hubo tecnología e inteligencia compartida, sí, pero la captura final no fue obra de una Delta Force hollywoodense, como alguien lo comentó en su momento.
Fue el resultado del arrojo de los marinos en la madrugada, de un reporte ciudadano de robo de vehículo bajo la lluvia y del aplomo de un par de policías federales que, en un motel de paso, le pusieron punto final a la fuga más mediática del país. Esa es la crónica real de lo que ocurrió en Los Mochis.
Cronología de una captura
Madrugada (Antes de las 04:00 hrs): El sueño de la ciudad se rompe. Vecinos de los sectores Bosques del Pedregal y Villas del Sol reportan las primeras detonaciones. Las autoridades municipales acuden a verificar, pero el control ya no está en sus manos; el escenario está preparado para las fuerzas federales.
04:00 – 06:00 hrs: Se desata el infierno en el sector Scally. Un grupo de 17 elementos de élite de la Marina Armada de México, respaldados por 50 refuerzos llegados de Guaymas, asalta el domicilio en el cruce de Jiquilpan y Río Quelite. El saldo es de un marino herido y cinco presuntos delincuentes abatidos. En medio del caos, Joaquín Guzmán y “El Cholo Iván” logran escapar a través de un túnel oculto conectado al drenaje pluvial.
07:00 hrs: Amanece y empieza a llover con fuerza; un factor climático que terminaría jugándole en contra al capo. El pánico se apodera de la ciudad. Dos helicópteros sobrevuelan a baja altura mientras los marinos abren alcantarillas. En su cacería, irrumpen por error en casas vecinas, como la del campeón de boxeo “Kochulito” Montiel. Los ciudadanos se encierran a piedra y lodo, y se suspenden las clases. A través de WhatsApp, comienzo a recibir reportes directos de mochitenses atrapados en el perímetro.
09:08 hrs: El punto de quiebre. El escape subterráneo fracasa por el nivel del agua. En el cruce de Jiquilpan y Rosales, dos hombres sucios y en ropa interior emergen de una alcantarilla. Un mensaje ciudadano que recibí en mi celular fue lapidario y resultó ser la verdadera brújula del operativo: “Acabamos de ver a 2 personas saliendo de la alcantarilla… bajaron a una persona de su carro y se lo robaron”.
En medio de aquella incertidumbre, solté un mensaje en mis redes guiado por el puro instinto: “¿Acaso van por Guzmán Loera?”. Horas más tarde, un colega columnista de El Universal me escribió, intrigado, para preguntarme de dónde había sacado esa información. Le respondí con total honestidad: fue pura intuición, le atiné. Por eso, con la cautela propia del oficio, lo había lanzado simplemente a manera de pregunta.
09:20 hrs: Tras el despojo de un segundo vehículo (un Focus rojo), se activa la alerta del C4. En la carretera hacia San Miguel Zapotitlán, la huida se topa de frente con la patrulla de dos policías federales. Tras interceptarlos, los agentes toman una decisión de vida o muerte: no entregarlos a las autoridades locales, sino atrincherarse en la habitación 51 del motel Doux.
Ahí, durante veinte tensos minutos, resisten las ofertas millonarias del capo y las amenazas de que decenas de camionetas artilladas vienen en camino para masacrarlos.
10:36 hrs: La Marina emite el comunicado oficial 005/16. Confirma el enfrentamiento y la fuga del “Cholo Iván”, pero omite inexplicablemente el nombre de Guzmán Loera, a pesar de que para ese momento ya está bajo custodia.
12:19 hrs: Se rompe el hermetismo. El presidente Enrique Peña Nieto confirma la reaprehensión mediante un sorpresivo tuit.
12:30 hrs (aprox.): Las formas y los egos chocan en la Ciudad de México. Durante la clausura de la Reunión de Embajadores en la Cancillería, Miguel Ángel Osorio Chong lee el tuit presidencial: “Misión cumplida: lo tenemos”.. y se muestra la imagen del capo.
15:00 hrs: Comienza la disputa internacional por el crédito. Apenas unas horas después de la detención, la DEA estadounidense lanza una ráfaga de tuits adjudicándose parte del éxito bajo la narrativa de una “lucha compartida”.
22:00 hrs: El Gabinete de Seguridad presenta al criminal en el hangar de la PGR. La procuradora Arely Gómez y Osorio Chong fijan la postura del Estado: la captura fue resultado de seis meses de inteligencia 100% mexicana. Cero reconocimientos para agencias extranjeras.
Al final, la historia no la escribió la tecnología satelital. La escribieron marinos decididos, un par de policías federales que no le pusieron precio a su placa, una lluvia imprevista y el reporte valiente de la ciudadanía.
PD. La historia oficial suele construirse sobre la marcha, y aquel 8 de enero es el ejemplo perfecto. Si contrastamos los documentos de aquella jornada, las contradicciones institucionales saltan a la vista y revelan cómo se improvisó la narrativa de la recaptura.
A media mañana, la Secretaría de Marina emitió el comunicado 005/16. El reporte era escueto: acudieron a un domicilio en el sector Scally por una “denuncia ciudadana” sobre personas armadas. Hubo un enfrentamiento, abatieron a cinco agresores y detuvieron a seis. Lo más revelador de ese primer corte fue la admisión de un tropiezo táctico: informaron que Orso Iván Gastélum, “El Cholo”, se les había dado a la fuga.
Del jefe del cártel, ni una sola palabra. La presa, en ese momento, se les había escapado por el desagüe.
Pero el guion dio un brusco giro de timón a las 12:19 horas con el famoso tuit presidencial: “Misión cumplida”. Osorio Chong interrumpió la reunión de cónsules para hacer el anuncio. De pronto, lo que la Marina había clasificado como una reacción a una simple denuncia ciudadana, mutó en un triunfo monumental del Estado.
Para la noche, en el hangar de la PGR, la procuradora Arely Gómez presentó la versión rearmada. El escape por el drenaje pluvial ya no era un imprevisto caótico, sino un escenario “considerado en la estrategia” tras seis meses de profunda inteligencia.
Mmm.
Sin embargo, la realidad táctica le da la razón al primer comunicado: en un principio, sí se les fugaron. Quienes verdaderamente consumaron la recaptura en la carretera hacia Navojoa, rastreando los vehículos robados tras la salida de las alcantarillas, fueron los elementos de la Policía Federal. Fueron ellos quienes interceptaron a los criminales y se atrincheraron en un motel esperando refuerzos.
Por eso, el mérito operativo en tierra pertenece a esos agentes de a pie y al trabajo del entonces Comisionado Renato Sales. Lo demás, fue simplemente acomodar los comunicados para que todos salieran en la foto.
PD 2: El mea culpa frente a los micrófonos
Aquel viernes, la agenda periodística nos volcó a los micrófonos y a las cámaras con una adrenalina inusual. Primero, en medio de la urgencia informativa, platiqué con Paola Rojas para Radio Fórmula. Ahí pusimos sobre la mesa la inminente petición de Washington para extraditarlo. Yo aseguré con firmeza que, aunque los norteamericanos ya lo reclamaban, la entrega no sería un trámite rápido. Más tarde, por la noche, llevé ese mismo análisis y lectura de los tiempos legales a la mesa de Televisa.
Visto a la distancia, hoy lo admito con todas sus letras y sin rodeos: me equivoqué. Joaquín Guzmán fue extraditado el 19 de enero de 2017, apenas un día antes de que Donald Trump asumiera la presidencia de ese país. La entrega se concretó de manera exprés en el aeropuerto de Ciudad Juárez, Chihuahua, borrando de un plumazo cualquier pronóstico de burocracia prolongada..