Por Fred Alvarez Palafox
Hay momentos en los que la geopolítica abandona la sobriedad de las cancillerías para instalarse en el terreno del melodrama humano. La escena ocurre en Teapa, Tabasco. Desde esa cálida tierra del Edén, Andy López Beltrán —hijo del expresidente— decidió sentarse a redactar una larguísima epístola con un destinatario inesperado: Donald Trump.
El propósito del escrito resulta fascinante por su arquitectura emocional: explicarle al mandatario estadounidense, con lujo de detalle, lo “absolutamente insignificante” que le resulta que el imperio decadente le haya quitado la visa.
La misiva está cargada de una solemnidad insólita y delata un ego profundamente lastimado. Califica la cancelación de su permiso fronterizo como una medida “hitleriana”. La analogía, por supuesto, desborda cualquier proporción histórica. Colocar la pérdida del acceso a las boutiques de Houston o a los teatros de Nueva York en el mismo estante que las peores atrocidades del siglo XX requiere un ejercicio de imaginación deslumbrante.
Con una candidez que roza el realismo mágico, la carta no se queda en el reclamo personal: escala hasta sugerirle al presidente Trump que destituya a su Secretario de Estado, Marco Rubio. Es la encarnación perfecta del clásico síndrome humano del “de todos modos ni quería ir a tu fiesta”, pero gritado con megáfono desde el trópico, exigiendo la cabeza del cadenero por no dejarle cruzar la puerta.
Detrás de las teorías de conspiración y los complots globales, asoma una verdad muy simple: el profundo escozor que produce verse, de pronto, fuera de la fila rápida del Global Entry.

La réplica en México no se hizo esperar. “Le quitaron la visa al hijo del expresidente. ¡Escándalo mundial!”, ironizó.
Desde Palacio Nacional, la Presidenta arropó el berrinche individual vistiéndolo de doctrina de Estado. Con tono severo, desestimó el escándalo y calificó la medida de Washington como una maniobra “injerencista”. Su argumento se afianza en el Estado de derecho: si hay pruebas de delitos, deben entregarse a la FGR.
En el plano del derecho internacional, la premisa es impecable; en la práctica, la Presidenta olvida la soberanía que tiene cualquier país para decidir, de manera discrecional, quién entra a su casa.
Este episodio no ocurre en el vacío. El retiro de visas a la clase política mexicana se ha convertido en la herramienta diplomática favorita del vecino del norte. Pero la diferencia radica en la puesta en escena. Antes, estos desaires se tragaban en el discreto y amargo silencio de los pasillos. Hoy, la era moderna nos regala “mártires” del antiimperialismo cuyo mayor calvario es haber quedado fuera del mapa de vacaciones.
Qué tiempos estos, señor don Simón, donde las grandes batallas por la soberanía se libran con pluma dramática y el orgullo astillado, desde un mostrador de migración.
¡Para la historia inmediata!