El Panteón del Tepeyac es el histórico camposanto ubicado en las estribaciones del cerro donde conforme a la tradición católica, la Virgen de Guadalupe se le apareció en cuatro ocasiones al indio Juan Diego durante el invierno de 1531. El cementerio que ya no está en servicio, es considerado el más antiguo de la Ciudad de México y alberga los restos de figuras notables de la historia nacional, los militares no son la excepción.
Hasta 1972 el ser inhumado en el panteón del Tepeyac y durante el siglo XIX en el distinguido cementerio de San Fernando, fue símbolo de privilegio y estatus. Recorrer las tumbas donde descansan los más variados personajes, representa un extraordinario viaje por el pasado. En el caso de San Fernando, resguarda los huesos de Tomás Mejía, ahí también fue enterrado Miguel Miramón, ambos arrojados generales imperialistas que acompañaron a Maximiliano de Habsburgo al patíbulo en 1867. En San Fernando también se depositó al General Ignacio Zaragoza, hasta que sus restos fueron reubicados en el monumento que se levantó al vencedor del Cinco de Mayo frente al sitio de su victoria. En el altar del templo de San Fernando aledaño al panteón, fueron enterrados los Gálvez, virreyes y Capitanes Generales de la Nueva España.
En 1872 murió el Presidente Juárez, y fue sepultado en un soberbio mausoleo en San Fernando. Entonces Concepción Lombardo, la viuda siempre mediática de Miramón, se negó a que su marido y Juárez compartieran el mismo cementerio y gracias a una concesión del clero mexicano que fue sostén del bando conservador, lo exhumó para depositarlo en una capilla lateral en la Catedral de Puebla.
Caso distinto ocurrió décadas más tarde con otros dos adversarios, cuyos deudos no tuvieron objeción en que sus sepulcros compartieran el mismo panteón. Hace unos días Braulio Hornedo Rocha, connotado intelectual que reside en Cuernavaca, comentó sobre los Generales Bernardo Reyes y Lauro Villar, quienes se enfrentaron en el combate por Palacio Nacional la mañana del domingo 9 de febrero de 1913, al estallar la Decena Trágica.
Hornedo hizo mención a cómo debió de haber sido aquella refriega, imaginando al Presidente Madero buscando su futuro en medio de una sesión espiritista, a Bernardo Reyes caracoleando su brioso corcel blanco frente a la Puerta Mariana de Palacio Nacional y a Lauro Villar con la pistola desenfundada dirigiendo la exitosa defensa de la sede presidencial. Culminó afirmando no sin una buena dosis de humor negro, que así como Maurice Joly publicó en 1864 el “Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, bien se podría recrear una versión mexicana donde Reyes y Villar, compartieran en el inframundo opiniones encontradas alrededor de aquella trágica jornada dominical.
Hay que recordar que el texto de Joly fue concebido para criticar los excesos de Napoleón III, a partir de una charla ficticia donde Maquievelo defiende el absolutismo sin importar la moral y Montesquieu sostiene la libertad y la ley. En el caso mexicano sería interesante construir desde la ficción un debate en el cual Bernardo Reyes sostuviera además de su infructuosa ambición por la silla presidencial, la necesidad de vengar la humillación al Ejército Federal en Ciudad Juárez en mayo de 1911, así como la de restaurar al Ancien Régime y a Lauro Villar a su vez, sosteniendo a las virtudes militares tales como el honor, la lealtad, la abnegación y el cumplimiento del deber.
Es recordado que la mañana en que inició la Decena Trágica, Reyes fue abatido por una ráfaga de ametralladora Hotchkiss disparada desde Palacio Nacional por el Capitán de Fragata Adolfo Bassó y Lauro Villar “El viejo Remington” fue herido de bala en la clavícula al intentar sujetar por las bridas el caballo de Reyes para aprehender a su oponente. Al momento del enfrentamiento, Villar era un veterano de las guerras contra la Intervención y el Imperio así como Comandante Militar de la Plaza. Reyes también curtido en aquellas luchas, fue en años anteriores el gobernador que detonó el desarrollo económico, industrial, comercial y social de Nuevo León así como un afamado ex Secretario de Guerra y Marina, cargos que en su momento lo colocaron como un firme candidato para suceder a Don Porfirio.
Trás la refriega, los rebeldes perdieron en combate a su líder más visible y las tropas leales quedaron con su comandante herido. Entonces el gran beneficiado fue Victoriano Huerta, quien jugando como es sabido en dos bandos, asumió el mando de los sublevados desplazando a Felix Díaz, Manuel Mondragón y a Rodolfo, hijo de Bernardo Reyes. Pero antes de consumar su traición, El Presidente Madero nombró a Huerta, Comandante Militar de la Plaza en sustitución de Villar, posición que le permitió traicionar a los leales, asesinar a Madero y a Pino Suárez y finalmente hacerse con la Presidencia de la República.
Volviendo a los Generales Reyes y a Villar, el primero fue enterrado en el Panteón del Tepeyac en 1913, el segundo en el mismo sitio díez años después cuando murió por causas naturales. Pero sin embargo, no les estaba destinado ser compañeros a perpetuidad en el panteón, Lauro Villar fue desenterrado y sus restos trasladados a un monumento en su natal Matamoros en Tamaulipas, donde su figura es recordada como ejemplo de pundonor militar y lealtad institucional. Bernardo Reyes también fue exhumado cuando el Panteón del Tepeyac cerró sus puertas en 1972, entonces los restos se trasladaron a Monterrey. Los resguardaron primero en el Museo Regional de Historia, hasta que en 1984 fueron depositados en la Explanada de los Héroes en la Macroplaza, al pie del monumento a Benito Juárez.
Los Generales Bernardo Reyes y Lauro Villar, engrosan la abultada relación de distinguidos Generales sepultados en los panteones del Tepeyac y San Fernando. Sus lápidas y monumentos constituyen no solo expresiones de arte funerario, sino que son recuerdos permanentes de las jornadas que a lo largo de las guerras civiles y extranjeras, construyeron el sinuoso derrotero de la memoria histórica de México.