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La serenidad como virtud

Las virtudes se manifiestan por medio de las acciones para hacer el bien y alcanzar lo mejor de la condición humana, siendo lo opuesto a los vicios y defectos. No en vano en los Sentimientos de la Nación, alma fundacional del Estado Mexicano, en su punto número quince, el General Morelos estableció: “Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y solo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud.”

A partir de entonces se consolidó un país independiente en el cual los mexicanos, mostraron estar a la altura del reto de construir una nación orgullosa, trazando en las virtudes su hoja de ruta. Si se toma en cuenta tal como lo consigna el libro “El Ejército Mexicano, historia desde los orígenes hasta nuestros días” (SEDENA 1979), al Ejército Insurgente de 1810 como pie veterano de los ejércitos de México, se podrá entonces constatar que las virtudes que son prenda del soldado mexicano, aún desde antes del nacimiento de la patria, entrañan la manifestación de conducirse por un camino correcto.

El escudo del Heroico Colegio Militar es un referente en la heráldica militar mexicana, su iconografía se ha mantenido vigente por poco más de doscientos años con mínimas modificaciones, tal vez la más relevante de ellas ocurrió en 1897, cuando se suprimió el ancla marinera al fundarse la Escuela Naval Militar. El escudo está coronado por cinco rayos, que no son únicamente elementos marciales o decorativos, sino que encarnan virtudes militares que los futuros oficiales deben hacer suyas: honor, lealtad, patriotismo, valor y abnegación.

Las anteriores se complementan con otras más, mismas que normaran la vida en activo y en la situación de retiro de soldados, marinos, aviadores y ahora guardias nacionales. Estos ideales son particularmente el espíritu de cuerpo, que significa el sentimiento de orgullo que comparten quienes pertenecen a una misma unidad, así tal como los vemos marchar gallardos en las paradas militares. De igual forma surge el valor, que se traduce en el coraje que guía a un militar para enfrentar cualquier misión o al enemigo. A lo anterior se añaden el sentido de responsabilidad, el sacrificio y el espíritu militar. Son incontables los ejemplos en la historia militar mexicana que dan cuenta de estas virtudes como pilares forjando a nuestras Fuerzas Armadas.

La pinza de valores se cierra con la premisa de cumplir con el deber hasta perder la vida, hoy reconocernos a aquellos militares que aportan su sangre combatiendo a la delincuencia y al crimen organizado. Imposible no tener presentes a los soldados que son solidarios con la población civil frente a fenómenos de la naturaleza, accidentes y toda suerte de adversidades. Estos últimos se despliegan no sólo en el territorio nacional, sino también en apoyo de naciones amigas.

Entre las virtudes mencionadas destaca aquella que no suele ser la más recordada pero que sin embargo es decisiva en medio del fragor de una batalla o de una situación de peligro: la serenidad.

Tal como sucede con el valor o el sacrificio, no son pocas las muestras de serenidad que distinguen los soldados de México, es aquí cuando surge una historia poco conocida y que ocurrió en la Base Aérea de Santa Lucía hace 59 años. Resulta que en aquel entonces él tráfico aéreo no era tan intenso como lo suele ser ahora por las operaciones simultáneas del aeropuerto de la Ciudad de México, el AIFA y la propia Base Aérea Militar, pero aún así era constante por la presencia de aviones civiles y militares y debido a la cercanía que existe entre el aeródromo capitalino y Santa Lucía.

El 16 de agosto de 1967, aeronaves de combate y de transporte despegaban y aterrizaban en Santa Lucía, ejecutando ejercicios de adiestramiento. A media mañana, Un C-47 de transporte con número 6016 se elevó con una unidad de paracaidistas a bordo prestos a efectuar un salto. La aeronave era pilotada por el Capitan Segundo Piloto Aviador Marco Antonio Reyes Covarrubias, a cargo de las transmisiones se encontraba el Teniente Lorenzo Herrera Castro.

Al enfilarse hacia el punto donde debían saltar los paracaidistas, el capitán Reyes Covarrubias fue sorprendido por una escuadrilla de aviones de combate T-28 que se aproximaron peligrosamente hacia su flanco izquierdo. Reyes Covarrubias alcanzó a virar el timón, pero no fue suficiente, la velocidad de los aviones de combate era superior y uno de ellos lo golpeó en el ala. El T-28 se precipitó en barrena y el C-47 se estremeció con el fuerte impacto. El desplome del avión de transporte era inminente, pero Reyes Covarrubias con serenidad logró controlar la aeronave y dio instrucciones a Herrera Castro, quien con absoluta calma se mantuvo en contacto con las torres de control civil y militar dando parte de su situación. El Capitán apremió a los paracaidistas para que de inmediato saltaran, así lo hicieron y ninguno resultó lesionado, con enorme aplomo continuó sosteniendo el timón, alcanzando a aterrizar en la pista al C-47 con el ala izquierda destrozada.

La hazaña les valió a los aviadores el justo ascenso al grado superior inmediato y escribir un capítulo más en historia de la Fuerza Aérea Mexicana, donde se conjugaron no pocas virtudes militares pero sin duda alguna, fue la serenidad la que guió a Reyes Covarrubias y Herrera Castro para poner a salvo a los tripulantes de la aeronave, convirtiendo una jornada que estaba predestinada a ser tragedia en una proeza inimaginable.

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