Col. Candelero
Por Abraham Mohamed Z.
Claudia Sheinbaum inicia su tercer año como Presidenta de México con señales importantes de que comienza a desprenderse políticamente de su antecesor Andrés Manuel López Obrador, pero sin romper con él, por razones que te explicaré.
Empecemos:
Ella ha ido consolidando su liderazgo mediante cambios prudentes en estructuras del Gobierno, Congreso, Fiscalía y hasta en Morena, administrando el país en forma más independiente, mientras mantiene su respeto a AMLO.
También es muy significativo que en las últimas semanas se hayan producido acontecimientos en los que su autoridad política aparece por encima de los intereses de determinados grupos obradoristas.
El caso de Rubén Rocha en Sinaloa es ilustrativo. La reacción del oficialismo terminó alineándose alrededor de ella, mientras el ex presidente López Obrador permaneció en silencio.
Y éste día 1 de septiembre de 2026, con motivo de su Segundo Informe, La Presidenta volvió a negar públicamente que exista una ruptura con su antecesor, pero simultáneamente hizo un llamado a la disciplina y unidad dentro de Morena y reafirmó su conducción del Movimiento.
Esto es políticamente muy interesante.
Creo que Sheinbaum no necesita romper con AMLO para independizarse.
Éste es, a mi juicio, el punto central.
La autonomía presidencial no necesariamente se manifiesta mediante una ruptura pública.
Pienso que ella está consciente de que romper con López Obrador tendría costos enormes.
Podría dividir a Morena, fracturar a la base obradorista y convertir al ex presidente en un tremendo adversario interno.
Por eso parece que sigue una estrategia mucho más sofisticada para conservar el legado político de López Obrador, pero construir también, por supuesto, su propio poder.
Es decir, no necesariamente busca destruir el liderazgo de AMLO; busca que la última palabra sobre el gobierno sea la de ella, porque es la Presidenta de México en funciones.
¿Qué podría pasar durante el tercer año?
Aquí es donde veo el verdadero punto de inflexión.
El tercer año de un sexenio es particularmente importante porque comienza a modificarse la lógica política:
2024-2025: Sheinbaum necesita demostrar continuidad y evitar una ruptura con AMLO.
2025-2026: Construye su propio equipo, empieza a colocar cuadros propios y adquiere experiencia presidencial.
2026-2027: Puede comenzar a ejercer plenamente su autoridad sobre Morena, el Gabinete, Gobernadores y Legisladores.
2027-2028: Después de las elecciones intermedias, tendrá que administrar el Poder pensando ya en la segunda mitad de su sexenio y en su legado histórico.
Y hay un factor adicional que cuenta muchísimo y que son las elecciones de 2027, porque quien controle la selección de candidaturas de Morena para éstos comicios tendrá una enorme capacidad para definir quiénes serán los futuros Gobernadores, Diputados Federales y los de Estados que renovarán sus Congresos y Alcaldías, incluyendo las de la CDMX. Nomás imagínate.
La verdadera prueba de autonomía de Sheinbaum probablemente no será una declaración contra López Obrador, sino confirmar quién controla las decisiones políticas de Morena y las candidaturas.
De darse la separación política de ambos, sería de una autonomía gradual, sin ruptura, por parte de la Presidenta.
Y hay una paradoja: cuanto más fuerte se vuelva ella, menos necesidad tendrá de confrontarse con López Obrador.
Es muy cierto que un Presidente débil necesita demostrar que rompió con su antecesor, mientras que un Presidente fuerte simplemente empieza a tomar decisiones que el antecesor ya no puede controlar.
Por eso hay que poner atención en lo siguiente:
Quién controla las candidaturas de Morena para 2027.
Qué ocurre con los políticos identificados directamente con López Obrador.
Si Sheinbaum permite investigaciones que puedan afectar a personajes del antiguo círculo presidencial.
Qué tan diferente comienza a ser la política económica, de seguridad y de relación con Estados Unidos.
Si los Gobernadores, Legisladores y dirigentes de Morena comienzan a recurrir a Sheinbaum y no a López Obrador como árbitro definitivo.
Este último punto es fundamental.
ADENDUM:
La tesis de algunos politólogos de que los “dos primeros años de mandato el Presidente sucesor tiene la influencia de su antecesor y que será autónomo a partir del tercero” no es una regla histórica, pero sí describe razonablemente una dinámica frecuente del Presidencialismo mexicano.
Y en el caso López Obrador–Sheinbaum, entramos precisamente al tiempo que define esa tesis.
Infiero con la información disponible hasta este 1 de septiembre de 2026, que Sheinbaum ya es políticamente autónoma de López Obrador en el ejercicio cotidiano de la Presidencia, pero todavía no ha terminado de independizarse completamente de su capital político, su movimiento y los grupos de poder construidos alrededor del obradorismo.
La gran pregunta para el tercer año no debe ser “¿Sheinbaum se va a separar de AMLO?”, sino:
¿hasta dónde puede construir Sheinbaum un poder propio sin romper con el movimiento político que López Obrador creó?
Ahí está, probablemente, una de las claves políticas más importantes de la segunda mitad de su sexenio.
“Ya veremos”…..dijo un político cegatón.
mohacan@prodigy.net.mx