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Las llaves de Palacio

José Luis Parra

 

Claudia Sheinbaum inició su tercer año de gobierno con un problema mucho más complicado que cualquier cifra presentada en su Segundo Informe: necesita demostrar quién manda.

Porque una cosa es ocupar Palacio Nacional y otra ejercer plenamente el poder presidencial.
Morena ganó demasiado.
Y ahora ese poder le empieza a estorbar.

El movimiento construido por Andrés Manuel López Obrador nunca fue diseñado para tener dos jefes. Mucho menos para que uno despachara en Palacio Nacional y el otro, retirado oficialmente de la política, siguiera siendo referencia obligada desde Palenque.

Ese experimento tiene fecha de caducidad.
Y parece que ya empezó a oler raro.

El Segundo Informe dejó señales interesantes. La ausencia de menciones directas a López Obrador puede ser interpretada como simple protocolo, casualidad o hasta economía discursiva.

Claro.
Y en política las casualidades abundan.
Sobre todo cuando convienen.

Más significativa resulta la fotografía política. Andrés López Beltrán, aquel poderoso hijo presidencial que comenzó el sexenio cerca de las primeras filas, desapareció del escenario principal. La política también habla con sillas vacías.

Y algunas gritan.

Si además personajes cercanos al hijo del expresidente comienzan a enfrentar investigaciones y citatorios, el asunto deja de ser solamente cuestión de lugares asignados en ceremonias oficiales.

El deslinde, voluntario o empujado por las circunstancias, empieza a tomar forma.
Pero Claudia tiene otro problema.
No basta alejarse de la familia López Obrador.Poder ejecutivo
Tiene que gobernar Morena.
Y allí está probablemente su mayor reto.

Durante años el partido funcionó con una regla bastante sencilla: Andrés Manuel decidía.

Gobernadores, legisladores, dirigentes, candidatos y aspirantes sabían dónde tocar la puerta.

Ahora existen dos ventanillas.
Una en Palacio Nacional.
Otra en Palenque.

Y algunos políticos, muy precavidos ellos, seguramente llevan dos juegos de documentos.

Por si acaso.

La disputa por las próximas gubernaturas será el laboratorio donde podremos conocer quién tiene realmente el control del movimiento. Claudia tendrá candidatos. Los grupos obradoristas también.

Y obviamente todos jurarán unidad.
Hasta que llegue la hora de repartir candidaturas.
Ahí termina buena parte del romanticismo partidista.
Porque los principios son importantes.
Pero una gubernatura también.

Sheinbaum necesita construir gobernadores propios, legisladores propios y una estructura política que responda a la Presidencia. De lo contrario podría terminar administrando un gobierno cuyo partido recibe órdenes, sugerencias o bendiciones desde otra parte.

Eso sería peligrosísimo.
No necesariamente para Morena.
Para ella.

Porque cuando lleguen las facturas políticas, económicas o de seguridad, nadie irá hasta Chiapas para cobrarlas.

Las llevarán a Palacio Nacional.
Y con acuse de recibo.

La Presidenta también enfrenta una presión exterior que ningún mandatario mexicano reciente había tenido en semejantes condiciones. Donald Trump aprieta desde Washington mientras dentro de Morena existen personajes señalados, investigados o incómodamente relacionados con expedientes que interesan al gobierno estadounidense.

Entre Palenque y Washington queda Palacio Nacional.
Bonita ubicación.

 

Por un lado están quienes exigen preservar intacto el legado obradorista y proteger a los integrantes del movimiento.

Por otro, quienes desde Estados Unidos quieren nombres, resultados y definiciones.

Y Claudia tendrá que escoger hasta dónde llega la lealtad política y dónde empieza la responsabilidad presidencial.

Ese es el verdadero estrés.
No necesariamente el médico.
El político.
Porque gobernar significa decidir.
Y decidir significa afectar intereses.
Mientras tanto aparecen otros incendios.
Violencia.
Explosivos.
Ataques a infraestructura.
Crimen organizado.
Gobernadores cuestionados.
Pleitos internos.
Aspirantes adelantados.

Y una militancia acostumbrada durante años a obedecer a un solo hombre.
Demasiados platos girando al mismo tiempo.
La Presidenta repitió que no existen divisiones ni rompimientos.
Está bien.

También en los matrimonios suelen decir eso unos días antes del abogado.
La unidad política no se decreta.
Se ejerce.

Y se demuestra cuando alguien desobedece y paga las consecuencias.

Hasta ahora dentro de Morena sobran personajes capaces de retar, ignorar o simplemente darle largas a Palacio Nacional.Política

Eso tendrá que terminar si Claudia quiere ejercer realmente la Presidencia.
Porque el problema de Morena no es falta de poder.
Tiene gubernaturas, Congreso, estructuras, presupuesto y una maquinaria electoral impresionante.
Poder le sobra.

Lo que todavía no tiene es una institución capaz de sustituir al caudillo que la construyó.

Ahí está el detalle.
López Obrador creó un movimiento alrededor de sí mismo.

Sheinbaum necesita convertirlo en un partido alrededor del poder presidencial.
O construir el suyo.
Y para hacerlo tendrá inevitablemente que cortar algunos cordones umbilicales.
Incluido uno bastante grueso que llega hasta Palenque.
No sabemos si estamos frente a un rompimiento.

Todavía.

Pero sí frente al inicio de una separación política inevitable.
Porque dos presidentes pueden convivir en los libros de historia.
En Palacio Nacional solamente cabe uno.
Y Claudia ya empezó su tercer año.
Hora de saber quién tiene las llaves.

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