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Secuestraron la verdad

José Luis Parra

 

El caso Cuén ya no necesita detectives.

Necesita traductores.

Porque después de dos años, varias versiones, una Fiscalía estatal cuestionada, una Fiscalía General de la República que aparentemente sabía más de lo que decía y un testigo que primero contó una historia y después otra, lo difícil ya no es saber qué pasó.

Lo complicado es entender por qué algunas cosas pasaron cuando pasaron.

Héctor Cuén fue asesinado el 25 de julio de 2024.

Ese mismo día Ismael El Mayo Zambada terminó secuestrado, subido a un avión y entregado en Estados Unidos junto con Joaquín Guzmán López.

Una historia digna de Netflix.

Pero sin necesidad de guionistas.

Los personajes ya estaban puestos.

Políticos, narcotraficantes, escoltas, funcionarios, fiscales y uno que otro testigo con memoria ajustable.

Según las investigaciones que ahora empiezan a conocerse con mayor detalle, Cuén habría llegado aquella mañana a una finca de Culiacán donde supuestamente se reuniría con Rubén Rocha Moya, El Mayo Zambada y Joaquín Guzmán López.

La idea, aparentemente, era reconciliar a Cuén y Rocha.

Qué bonito.

La política sinaloense recurriendo a un viejo capo del narcotráfico como mediador de conflictos.

Algo así como una mesa de gobernabilidad.

Pero con pistoleros.

El problema es que aquella reunión habría sido simplemente el anzuelo para llevar a El Mayo al sitio donde sería sometido por Los Chapitos.

Y en medio quedó Cuén.

No se sabe exactamente por qué le dispararon.

Quizá intentó intervenir.

Quizá estorbó.

Quizá simplemente estuvo en el lugar equivocado, a la hora equivocada y en una reunión donde sobraban armas y faltaban instituciones.

Lo cierto es que murió.

Y entonces vino el montaje.

Según la nueva versión atribuida a Fausto Corrales, ayudante de Cuén y testigo de aquellos hechos, los hombres de Los Chapitos habrían ordenado simular que el político había sido atacado durante un intento de robo en una gasolinera.

Y durante algunos días esa fue la verdad oficial.

Así de fácil.

En México algunas verdades duran hasta que aparece otra.

Después vino la carta de El Mayo Zambada desde Estados Unidos.

Y aquella versión empezó a desmoronarse.

Videos, contradicciones, declaraciones y finalmente la intervención de la FGR terminaron por convertir el supuesto asalto en lo que ahora aparece como una puesta en escena.

La fiscal de Sinaloa terminó renunciando.

La FGR incluso identificó a funcionarios que habrían avalado la versión inicial.

Y después…

Silencio.

Casi dos años.

Hasta que el pasado 19 de agosto fue detenido Fausto Corrales acusado de falsedad de declaraciones y encubrimiento.

Aquí aparece la parte interesante.

Porque aparentemente la FGR conocía desde 2024 la segunda versión de Corrales.

Incluso tenía incorporado al expediente un video donde el testigo relataba lo ocurrido en aquella finca.

Entonces la pregunta resulta inevitable:

¿Por qué detenerlo hasta ahora?

Casualmente, al día siguiente de la captura de Corrales, Rubén Rocha intentó regresar al Gobierno de Sinaloa después de haberse separado temporalmente del cargo tras las acusaciones formuladas en Estados Unidos contra él y otros funcionarios por presuntos vínculos con Los Chapitos.

El regreso duró aproximadamente día y medio.

Las críticas llegaron desde Morena y desde la propia presidenta Claudia Sheinbaum.

Y Rocha volvió a retirarse.

Qué mala suerte.

Dos años dormido el expediente y cuando despierta coincide con el regreso del exgobernador.

Obviamente puede ser coincidencia.

En política también existen.

Aunque son una especie cada vez más difícil de encontrar.

Ahora Corrales permanecerá preso mientras enfrenta el proceso.

Y seguramente todavía tendrá muchas cosas que contar.

Porque si algo demuestra el caso Cuén es que aquella mañana en Culiacán no solamente secuestraron a El Mayo Zambada.

También secuestraron la verdad.

Durante dos años.

Y apenas empiezan a soltarla.

A pedazos.

Como siempre ocurre cuando la verdad puede resultar políticamente incómoda.

Porque el asesinato de Héctor Cuén dejó de ser solamente un expediente criminal.

Ya es un expediente político.

Y quizá también internacional.

El problema para algunos personajes es que Estados Unidos tiene una costumbre bastante incómoda.

Guarda expedientes.

Y tarde o temprano los abre.

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