Rodolfo González Fernández
Millones de personas han sido inducidas a exhibir su vida a través de las redes sociales y el “algoritmo” fortalece e impulsa cada día más esa necesidad de mostrar al mundo la mejor versión de nosotros mismos.
También transité por ese tobogán: alegrías y tristezas, casi nunca los errores, estupideces o incongruencias, porque al mundo se le debe enseñar la mejor cara y, si se requiere, se trampea y maquilla la realidad con arreglos en las fotografías o con la distorsión y acomodo de las historias. El chiste es lucir triunfadores o dignos de la más amplia consideración de parte de los “amigos o seguidores”.
Así, la manipulación malintencionada de la tecnología abrió una puerta peligrosa cuando se deja paso libre a todo aquel que tenga acceso a las redes sociales de los demás. En ese momento se habilitan, casi en automático, dos sombras que merecen especial atención.
Una, es el algoritmo, diseñado para maximizar determinadas conductas, intereses económico-políticos y usuarios que alientan y /o reproducen la confrontación, todo esto para favorecer a un grupo de personas específico,
El algoritmo nos observa y analiza y cada usuario le facilita la tarea al pasar el reporte diario de sus alegrías, tristezas, intereses y preferencias. Después, mediante recomendaciones, anuncios o tendencias, nos dice qué hacer, qué ver, qué creer, a quién seguir y muchas instrucciones más presentadas como sugerencias. De ese personaje y, sobre todo, de quienes lo diseñan, controlan y utilizan, me ocuparé en otra ocasión.
La segunda sombra la forman los que llamaré “jueces o supervisores”. Son esos seguidores de la red social de alguien, a quien pueden conocer o no, pero que, al acceder a sus publicaciones, se sienten con derecho a someter al otro al juicio de la plaza pública digital. Ese ser, ya empoderado, se despacha sin tasa ni medida y, en no pocas ocasiones, emite opiniones de forma grosera, insultante y agresiva, porque “siente o cree” que las redes le otorgan el derecho de opinar sobre la vida de los demás con la mayor virulencia, si lo considera conveniente.
Por el contrario, esos “demás” no deben opinar negativamente ni mostrar desacuerdo con los mensajes, imágenes o expresiones de ese “juzgador”, porque entonces él pasaría a ser el sujeto sometido a juicio, lo que no es soportable.
Esta realidad, que a algunos les parece el mejor ejemplo del ejercicio de la libertad de expresión, es alentada también por el gran negocio que representan las redes sociales y es aprovechada por gobiernos, partidos políticos, empresarios, crimen organizado y grupos interesados en una sociedad dividida.
Así, un ejercicio mal entendido de la libertad puede convertirse en una poderosa forma de confrontación social, totalmente ajena a un proceso sociopolítico de evolución no forzada que, en el caso de México, requiere con urgencia la atención del Estado.
Establecer reglas claras y límites que garanticen el respeto por el otro es un tema pendiente. También lo es definir con precisión hasta dónde llega la libertad de expresión y dónde comienzan el acoso, la amenaza, la violencia o el daño a los derechos de los demás. Hacerlo sin convertir esos límites en instrumentos de censura es parte indispensable de la discusión y vamos tarde.
Por eso es muy necesario acabar o, por lo menos, reducir el deseo individual de que los límites sean señalados claramente solo para los otros, porque los otros son quienes deben tener barreras para que no me dañen. Se exige al otro que sea respetuoso, decente, cuerdo, comprensivo y cálido; se le demanda que nunca haga crítica severa, que no censure, no agreda, no descalifique; en suma, que no emita nada negativo.
En cambio, a ese mismo otro se le exige tolerancia a nuestras acciones: debe alejarse de cualquier intento de censura a las opiniones ajenas, aunque sean violentas o groseras, y aceptar toda la crítica sin queja alguna.
Esa incongruencia entre el pensamiento y la conducta individual del yo atenta todos los días contra la estructura social y provoca el aumento de la violencia y la agresividad, expresadas oralmente, por escrito o mediante comportamientos fuera de control dentro de las redes sociales y fuera de ellas. Con ello se impulsa la paulatina desconexión y descomposición de la sociedad.
Es pertinente precisar que la tecnología y las redes sociales no son malas ni buenas en sí mismas. Lo que debe revisarse es el comportamiento y la intención de quienes las controlan o utilizan sus algoritmos para analizar la información que cada usuario publica.
También debe observarse a quienes tienen los recursos financieros o políticos para influir en esos mecanismos con fines mercantiles, electorales o de búsqueda de poder, porque ahí es donde aparece la maldad o la bondad: en las decisiones y los propósitos humanos, no en la herramienta por sí sola.
La responsabilidad tampoco termina ahí.
El individuo, como ente social, debe empezar por modificar sus propias conductas y volver a utilizar las herramientas que le dan cohesión y fuerza a la sociedad: el civismo, la ética aplicada a sí mismo, e ir más allá, con responsabilidad emitir su voto analizado, ejercer la libertad de expresión alejado de la violencia y con respeto al otro; a esa persona que no es uno mismo y que, precisamente por ello, sirve como referencia de lo que cada uno espera de los demás y de lo que los demás pueden esperar de uno. Es tiempo de empezar en las redes sociales.
Ahora que la violencia gana cada día más espacio en ellas y se impone el imperio del yo sobre el tú y el otro, es oportuno propiciar, desde el yo y el tú, condiciones que lleven a que los tres poderes hagan lo que les corresponde y a que los ciudadanos conozcan a quienes eligen, les exijan cumplir con su responsabilidad para que ellos también impulsen el desarrollo individual y colectivo.
Hay que tener claro algo: tú, yo y el otro nos necesitamos como referencia; es una realidad social. Al mismo tiempo, esa referencia brinda la oportunidad de intercambiar puntos de vista y, si se cuenta con reglas que frenen la confrontación y la violencia, avanzará el intercambio de opiniones.
Un día escuché a Eduardo Galeano contar que ante la exigencia de uno de sus alumnos pidiendo que respetara sus ideas, él contestó algo así: las respeto o no, no estoy obligado a respetar todas las ideas de los demás ni a considerarlas correctas. Podemos cuestionarlas, discutirlas e incluso rechazarlas. Lo indispensable es respetar el derecho del otro a tenerlas, de la misma manera en que esperamos que el otro respete nuestro derecho a tener las propias.
Quizá ahí se encuentre una de las reglas más sencillas y, al mismo tiempo, más difíciles para convivir en las redes sociales: no exigir para el yo una libertad que no estamos dispuestos a reconocer en el tú y en el otro.