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El interregno guinda

José Luis Parra

 

Morena podría estar entrando antes de tiempo a esa etapa que tantos partidos conocen demasiado bien: la lucha del poder por el poder.

Sus liderazgos pelean posiciones, candidaturas, parcelas y futuro como si la siguiente elección ya estuviera ganada.

Como si el pueblo no existiera.

O peor: como si no estuviera mirando.

Al PRI le pasó algo parecido. Llegó un momento en que su enemigo más peligroso dejó de estar enfrente. Estaba dentro.

Los candidatos que perdían una nominación brincaban a otro partido para buscar exactamente el mismo puesto. La ideología era lo de menos. Lo importante era la candidatura.

Y el poder.

Así empezó una larga descomposición.

Hoy Morena ofrece su propia versión.

Es una lucha de todos contra todos.

Las ambiciones que antes se disimulaban ahora se exhiben públicamente. Grupos, familias, gobernadores, dirigentes y aspirantes se acomodan para la batalla que viene.

Todos quieren heredar.

El problema es que todavía no hay herencia.

Morena actúa como si tuviera garantizado el futuro electoral cuando la decepción social sigue acumulándose.

Las masas se mueven lentamente.

Los políticos, desesperadamente rápido.

Pero en este caso quizá convendría recordar aquella vieja fábula de la tortuga y la liebre.

La masa puede ser lenta.

Muy lenta.

Pero puede llegar primero a la meta.

Y mientras los morenos corren, se empujan y se meten el pie, ese pueblo al que históricamente se le acusa de apatía observa.

Y toma nota.

En este escenario viene como anillo al dedo aquella famosa idea de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Eso es precisamente un interregno.

El espacio incierto entre un sistema que comienza a agotarse y otro que todavía no logra tomar forma.

Una tierra política de nadie.

México podría estar caminando hacia ahí.

Ya veremos de qué color termina pintándose el nuevo orden.

Porque tampoco está escrito que necesariamente será guinda.

Uno de los personajes que pretende jugar en esa sucesión del poder es Andrés López Beltrán.

Andy.

El hijo del expresidente tiene apellido, estructura y reflectores.

Pero también carga algo mucho más difícil de administrar.

Fama.

Y no precisamente buena.

Por eso Andy ya no solamente es personaje político.

También es personaje de encuesta.

México Elige preguntó recientemente quién es considerado el principal responsable del llamado huachicol fiscal.

El 32 por ciento respondió Andy López Beltrán y su grupo.

La cifra por sí sola es políticamente pesada.

Pero hay que ponerla en contexto.

Otro 29.5 por ciento considera que los señalamientos no tienen sustento.

Es decir, existe una división importante en la opinión pública.

Además, 24.8 por ciento responsabiliza por igual a Andy y a mandos de la Marina; 8.2 por ciento señala solamente a personal naval y 5.5 por ciento dice no saber.

Hasta ahí hablamos de percepción.

No de sentencia.

Y la diferencia no es menor.

Pero en política la percepción muchas veces termina causando más daño que un expediente judicial.

Otra pregunta de la misma encuesta resulta todavía más complicada para López Beltrán.

El 58 por ciento dijo estar de acuerdo con señalarlo como presunto responsable del huachicol fiscal.

Dentro de ese porcentaje, 53.2 por ciento está muy de acuerdo.

Del otro lado, 37.7 por ciento rechaza ese señalamiento.

Una diferencia superior a veinte puntos.

Ese es el problema de Andy.

Quizá todavía no sea jurídico.

Pero ya es político.

Y electoral.

Las investigaciones y publicaciones sobre el huachicol fiscal han colocado también bajo escrutinio a personajes cercanos al hijo del expresidente, entre ellos el empresario Amílcar Olán.

Su nombre ha sido relacionado públicamente con negocios vinculados a obras gubernamentales, al sector energético y con una empresa señalada por presunto contrabando de combustible desde Estados Unidos.

También ha trascendido dentro del expediente de la Fiscalía el testimonio de un exfuncionario aduanal que refiere una conversación donde una operación problemática habría sido descrita como “un tema de Andy”.

Pero aquí hay que utilizar el bisturí.

No el machete.

Esa referencia no demuestra que Andrés López Beltrán haya participado, autorizado o siquiera conocido una operación ilegal.

Tampoco constituye por sí misma prueba judicial.

La propia Fiscalía General de la República ha rechazado que exista una investigación contra Andy López Beltrán por huachicol fiscal y ha señalado que no cuenta con elementos suficientes para abrir una indagatoria en su contra.

Entonces el asunto queda colocado exactamente donde políticamente más duele.

En la percepción.

Porque una cosa es demostrar responsabilidad ante un juez.

Y otra muy diferente convencer a millones de mexicanos.

Ahí está el verdadero problema.

Andy puede defenderse de una acusación.

Puede desmentir una publicación.

Puede exigir pruebas.

Lo que resulta mucho más complicado es borrar una percepción colectiva cuando ésta ya comenzó a instalarse.

Y mucho más si pretende convertirse en protagonista del futuro de Morena.

El apellido López Obrador todavía pesa.

Para bien y para mal.

Quizá por eso la lucha interna morenista resulta tan prematura.

Todos se disputan el nuevo orden antes de saber si realmente serán ellos quienes lo administren.

Creen que la carrera será entre morenos.

Podrían equivocarse.

Mientras ellos corren como liebres desesperadas por alcanzar la candidatura, la vieja tortuga llamada pueblo avanza lentamente.

Sin hacer ruido.

Tomando nota.

Y algún día llegará a la meta.

Entonces sabremos quién ganó realmente la carrera.

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