Por Fred Alvarez Palafox
Eran las ocho de la mañana de este domingo. El aire en Culiacán, denso y cargado de un hartazgo incuantificable, ya no cabía a puerta cerrada. Sobre las emblemáticas escalinatas de La Lomita, la escena rompió cualquier protocolo para volverse un símbolo: investido con mitra y casulla, el obispo Jesús Herrera Quiñones abandonó la solemne seguridad del templo para plantar los pies en la calle. Llevaba a cuestas el peso de cuatro nuevos homicidios cometidos apenas unas horas antes —una herida fresca sobre el asfalto— y se negó a apartar la mirada del dolor ciudadano.
Frente a un altar improvisado a la intemperie, ofició un servicio religioso que trazó una línea moral insoslayable. Sin discursos vacíos, reconoció la oscuridad que atraviesa la ciudad, pero urgió a transitar de la venganza al perdón, advirtiendo que perdonar no es claudicar en la exigencia de justicia. Su voz, dirigida a quienes mantienen a la capital como rehén, fue una sentencia irreductible: “Ningún poder, dinero, territorio o ambición valen más que una vida humana”.
Esta firmeza pública no nació de la nada; un día antes, frente a la gobernadora interina Graciela Domínguez, el prelado había señalado la trágica insuficiencia de las estrategias de seguridad, exigiéndole dos pilares innegociables: verdad y confianza.
Ese mandato civil y religioso resonó más allá del atrio para convertirse en el pulso que levantó a la capital. A las nueve y media, tras liberar una lluvia de globos blancos por los ausentes, la avenida Álvaro Obregón se transformó en un inmenso río humano. Bajo el lema “Culiacán, ponte de pie”, la movilización borró de tajo cualquier frontera social.
El primer paso lo dio Martha Reyes, presidenta de Coparmex Culiacán, quien fijó para la jornada un propósito conciliador, pero firme: “No estamos marchando contra nadie. Estamos marchando por la vida, por nuestros hijos, por los que ya no están. No dejemos solos al que sufre… Culiacán y Sinaloa: ponte de pie, porque todavía estamos a tiempo de recuperar la paz”. Aquel clamor no se quedó en el aire; fue documentado por la prensa local y nacional, y resonó profundamente en el testimonio vivo de los ciudadanos que ayer hicieron suya la calle.
A su lado, hombro a hombro, caminaron estudiantes, trabajadores, empresarios y agricultores, hombres de rostro curtido como Martín Lim, quien verbalizó la asfixia de un campo y una economía sometidos por el terror, exigiendo la certeza que el Estado está obligado a garantizar.
Sin embargo, el verdadero rostro, el núcleo palpitante de esta crisis, lo llevaron ellas. Rosa Lidia Félix, con casi dos años buscando a su hijo Jesús Tomás, encarnó la herida abierta de las familias fragmentadas. Junto a ella marchó Lucía, de 49 años, arrastrando el cansancio físico y espiritual de mil días tras el rastro de Eduardo, su hijo estudiante de Derecho.
Y entre la multitud avanzó Alejandra Armenta, sosteniendo un dolor que desafía el entendimiento: la ausencia de su bebé de un año y cuatro meses, arrebatado por el fuego cruzado. Sus pasos no fueron un grito de venganza, sino una lección de dignidad inquebrantable frente a una Fiscalía exhibida en su inoperancia. Ellas fueron el escudo vivo de la memoria.
Las pancartas, escritas desde la decepción, dictaban sentencias inapelables: “Nos prometieron paz, nos entregaron miedo” y “Señora presidenta, no fue daño colateral, fue corrupción”. La indignación fue tan rotunda que despojó a la clase política de sus privilegios. Como documentó el periodista Javier Cabrera, figuras como la senadora Paloma Sánchez (PRI), el diputado federal Mario Zamora (PRI), el líder estatal de MC, Sergio Esquer, y el exalcalde morenista Jesús Estrada Ferreiro, tuvieron que caminar como ciudadanos de a pie, sin logotipos, diluidos en una masa que ondeaba mantas de “Fuera Morena” y “Juventud valiente, ciudadano consciente”.
El clímax estalló al pie de la Catedral. Allí, el templete no lo ocuparon los políticos, sino sobrevivientes como Víctor Manuel Aispuro. El director escolar puso voz a la angustia que habita en las aulas, denunciando a una sociedad huérfana de estrategias reales para detener la muerte de mujeres y niños.
Bajo el eco desgarrador de «¿Dónde están nuestros hijos?», el hartazgo encontró su ebullición. El cartón y el engrudo canalizaron la catarsis colectiva cuando se incendió una piñata de la gobernadora interina; un fuego que representó el repudio a la inacción y la acusación de actuar como “títere” bajo la sombra del exgobernador Rubén Rocha Moya.
El humo simbólico buscaba llegar hasta Palacio Nacional, acompañado de una inmensa manta dirigida a la presidenta Sheinbaum, reprochando una narrativa oficial de “estabilidad” que resulta un insulto frente a la realidad cotidiana.
El reclamo sacudió los despachos.
La gobernadora Graciela Domínguez respondió desde la institucionalidad: prometió un plan integral para los espacios públicos, reconoció el valor cívico de la movilización y sostuvo un primer, y sumamente necesario, encuentro con las madres buscadoras, comprometiéndose a fortalecer la coordinación para agilizar la búsqueda e identificación humana.
No obstante, en tiempos que exigen calor humano, el poder prefirió el resguardo de las oficinas; el verdadero liderazgo habría marchado, codo a codo, con su gente.
En unos días, la presidenta de la República llegará a Sinaloa para rendir su segundo informe de gobierno. La calle ya habló; la expectativa recae ahora en las respuestas y en las acciones de Estado que anunciará.
Porque, al final, el discurso oficial sigue chocando de frente contra la ineludible realidad: cualquier operativo gubernamental será absolutamente estéril si el Estado no logra primero la titánica tarea de reconstruir una confianza profundamente rota. Los sinaloenses ya no toleran promesas de saliva ni firmas en papel.
¿Y cuántos marcharon?
Si alguien, desde la comodidad de un escritorio, busca restarle peso a este hito histórico regateando cifras —preguntándose si fueron 30 mil, 40 mil o 60 mil almas—, se equivoca de debate. Los números palidecen ante la realidad del asfalto. Fueron los suficientes para demostrar que, con el miedo a cuestas y bajo un sol implacable, la dignidad en Sinaloa sigue caminando.
¡Para la historia inmediata!
Credito de Luz Noticias.