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Claudia Estaría Viva

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…y el Raterillo de Cuautla, Detenido

 

La estudiante Claudia Tacoronte Aguilera [†] estaría viva y su atacante detenido. A esta hora se estarían dando dos buenas noticias, pero no. Claudia murió por falta de atención prehospitalaria y el raterillo que lo es por vicioso y desocupado, anda libre. La tardanza de ambulancia y patrullas derivó malditamente en una muerte segura. La corrupción también mata.

Entonces, el raterillo-vicioso convertido a asesino por unas monedas, producto de lo robado, no actuó sólo. O, mejor dicho, sí, pero el circulo vicioso gubernamental de los tres niveles de gobierno facilitó su actuación antes, durante y después de la perpetración de los delitos por los que debe responder si el brazo largo de la justicia lo alcanza, si lo alcanza. Capturarlo es fácil y más cuando las redes sociales son coadyuvantes eficaces hasta para criticar al gobierno…

Dos piezas periodísticas —la de Verónica Bacaz en Reforma, y Rubicela Morelos en La Jornada— dan cuenta respectivamente de la tardanza de los cuerpos de socorro y de defensa y de los 17 meses de la actual administración universitaria que cuenta cinco feminicidios perpetrados en la administración de Margarita González y Viridiana León. Padres de estudiantes les demandaron a ambas seguridad y justicia en dura carta. No queremos más discursos ni promesas, advirtieron.

Por eso cientos de estudiantes protestaron ayer en Palacio de Gobierno horas antes de la ceremonia del Grito. Hoy lo harán en Cuautla, epicentro de la violencia. En su camino de la Universidad al centro de Cuernavaca —8.8 kilómetros caminando sin dejar de gritar— dedicaron a González y León la canción infantil Estrellita, con letra cambiada. A ambas las señalaron como responsables del quinto feminicidio, calificado como asesinato en medios europeos. La toma de Rectoría de parte del estudiantado en resistencia se prevé inmediata.

Ahí en Cuautla, a donde la presidente Claudia Sheinbaum prometió volver el mes de octubre para supervisar los avances del Plan de seguridad pública, la escena del crimen queda a cinco minutos de la central de ambulancias y a unos cinco kilómetros del hospital. De actuar con responsabilidad y llegar a tiempo, los paramédicos le habrían detenido a Claudia la hemorragia vía intravenosa con solución de Hartmann, que evitaría el shock hipovolémico. El operario al mando de la unidad de urgencias prehospitalarias se habría comunicado al hospital y pedir un quirófano, mientras llegaban.

Entre tanto, sin todos estos datos, la noticia se instaló en el Viejo Continente, la isla del Mundo. El gobierno del estado de Morelos internacionalizó su nota roja consuetudinaria. La agencia de noticias Reuters divulgó la noticia por todo el mundo. El crimen se volvió asunto institucional entre naciones, de relaciones diplomáticas, es decir, de externalidad internacional.

 

Todo eso del quinto párrafo no existió. No pasó. No hubo voluntad. Entonces, el raterillo-vicioso-asesino no actuó solo. Treinta minutos en llegar en mucho tiempo, 25 minutos más de lo que marca el protocolo midiendo la distancia y a sirena abierta. El estado, en minúsculas, falló otra vez. Hay un culpable y varios responsables directos e indirectos, como en todos los casos, en todos, que debían ser judicializados. El cónsul de España en México depositó una ofrenda floral en memoria de Claudia, en la escena de un crimen que no debió suceder.

La muerte de la estudiante inició cuando no hubo un agente de vigilancia en el Museo de Cuautla ni la Universidad del estado de Morelos advirtió a su alumna del riesgo. Así como descuidó la Universidad Autónoma del Estado de MORENA a Claudia, así descuidó a la treintena de estudiantes que raptó durante más de una hora en la Ciudad de México a bordo de un autobús de pasajeros que debió llegar a Cuautla.

Ahora sale Rectoría a decir que Claudia —revictimizándola con la intención de salvar el honor—, como con Aylín, Kimberly, Karol y Michelle —las cinco jovencitas casi niñas que murieron por descuido gubernativo y universitario—, a las que no pudo proteger, asistió por cuenta propia a Cuautla, no como parte de una actividad institucional. O sea, murió porque quiso o por tonta. Eso quiere decir, es su minúscula lógica falta de empatía y respeto, la Universidad hundida en el descrédito nacional e internacional. La rectora León volvió a perder la sonrisa, y tal vez el cargo.

El asesinato de Claudia adquirió repercusiones internacionales, consignado en impresos y electrónicos de todo el mundo, como aquí, sin sobredimensionarlo. Gracias al gobierno margarista, en la recreación política veraz el raterillo-vicioso-desocupado-asesino ya cruzó el Atlántico.

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