Rodolfo González Fernández
Cuando la prueba PISA reporta que, entre los países evaluados, uno de cada cinco jóvenes de 15 años se encuentra por debajo del nivel básico en las áreas que mide, el resultado es un fuerte golpe y también una alerta. Una señal que debería obligar a los gobiernos, a las instituciones educativas y a las familias a preguntarse qué está ocurriendo con la formación de niños y jóvenes y, sobre todo, qué estamos haciendo para evitar que el problema siga creciendo.
Las causas son múltiples. Insuficientes recursos destinados a la educación; inadecuados e inconsistentes programas en la materia porque no impulsan un proyecto de desarrollo acelerado en ciencia y tecnología; deficiente preparación de los docentes e incapacidad del sistema educativo para responder a una realidad que cambia a una velocidad que rebasa por mucho a las propias instituciones.
PISA ofrece una radiografía que debería servir también como una especie de “bola de cristal”, no para adivinar el futuro, sino como advertencia de lo catástrofe que puede ocurrir si una generación de jóvenes llega a la vida adulta con deficiencias importantes en matemáticas, lectura y ciencias. La pregunta es inevitable: ¿cuáles pueden ser las consecuencias sociales y económicas para los países durante las próximas décadas si una proporción importante de sus jóvenes no alcanza los conocimientos básicos que necesita para desenvolverse en una sociedad nacional y mundial cada vez más complejas?
Y concretamente sobre México, los resultados de PISA vuelven a colocar sobre la mesa una realidad que no debemos ignorar. El promedio obtenido por los estudiantes mexicanos se encuentra por debajo del promedio de los países de la OCDE. Una parte importante de nuestros jóvenes no alcanza los niveles básicos en matemáticas, comprensión lectora y ciencias.
¿Qué significa esto para el futuro? ¿Puede traducirse en menores oportunidades laborales? ¿En una mayor informalidad? ¿En menores ingresos y, por consecuencia, en una disminución del nivel de vida? ¿Puede convertirse en un obstáculo para el desarrollo nacional? Son preguntas que no pueden responderse únicamente con una prueba educativa y que tampoco pueden ser ignoradas frente a sus resultados.
Hay algo todavía más preocupante: que una parte de los jóvenes termine su formación sin comprender plenamente qué puede hacer con los conocimientos adquiridos, cómo aplicarlos y cómo utilizarlos para resolver los problemas de la vida cotidiana.
El terremoto educativo que muestran estos resultados debería despertar al Estado mexicano y, particularmente, al Gobierno y a las estructuras responsables de la educación sin dejar descartar la responsabilidad de la sociedad. No basta con esperar que las autoridades resuelvan el problema. Las familias tienen la responsabilidad fundamental de recordar que la educación formal comienza en la escuela, pero no termina ahí. Hay medidas sencillas que pueden adoptarse desde casa para recuperar hábitos de lectura, fortalecer el razonamiento, estimular la curiosidad y enseñar a los niños y a los jóvenes a cuestionar y comprender lo que sucede a su alrededor.
Son necesarios la revisión de los programas y materiales educativos, así como también la manera en que entendemos la educación. El ciudadano del futuro no enfrentará el mismo mundo que al que hicieron frente sus padres. La tecnología avanza todos los días y transforma el trabajo, la comunicación, la producción, el comercio y hasta la manera de aprender a cada momento.
El mundo avanza a gran velocidad en la división de las sociedades entre las que son capaces de adaptarse a los cambios aletargadas en el proceso de adaptación. La diferencia no estará solamente en quién tenga acceso a la tecnología, sino en quién cuente con los conocimientos necesarios para utilizarla, entenderla y aprovecharla. Ahí está uno de los grandes desafíos de México.
La tecnología es una herramienta extraordinaria de desarrollo y simultáneamente genera nuevas formas de dependencia entre productores de conocimiento y desarrollo tecnológico y quienes solamente consumen la que otros producen.
Por otro lado, la movilidad y la migración de cientos de miles y, en algunos casos, millones de personas, así como la creciente dependencia tecnológica de las naciones, forman parte de una realidad mundial que, en este momento, México observa desde la distancia. El desarrollo desigual vuelve a mostrar sus consecuencias. Mientras algunas naciones avanzan aceleradamente en tecnología, educación e innovación, otras enfrentan dificultades para incorporarse a ese proceso. La sociedad mexicana necesita decidir qué papel quiere desempeñar en ese nuevo escenario.
El evidente rezago educativo mexicano no puede atribuirse a un solo gobierno ni a una sola generación. Es el resultado de decisiones acumuladas durante décadas y de una sociedad que en ese mismo lapso ha permitido que los gobernantes y los partidos políticos definan los grandes proyectos educativos sin exigir siempre resultados suficientes. Eso nos hace coparticipes en el retraso educativo presente. Hemos permitido que la educación se convierta en terreno de disputas políticas, intereses particulares y decisiones que no siempre han tenido como prioridad la formación de mejores ciudadanos.
La descomposición educativa también se refleja en fenómenos como la trampa, el fraude y la normalización de prácticas que reproducen problemas presentes en otros sectores de la sociedad. No son solamente los políticos, los empresarios, el manejo de los medios de comunicación o las redes sociales con intensiones que definen al interés al que responden. Tampoco podemos responsabilizar exclusivamente a la manipulación de la tecnología, el algoritmo o la IA encaminada a promover el consumo o para sobreponer y validar ideas políticas, religiosas o culturales sobre otras distintas.
Todos esos comportamientos forman parte de una realidad aparentemente nueva, frente a la cual la sociedad tiene que aprender a actuar. La inteligencia artificial, en particular, puede ser una herramienta extraordinaria para ampliar el acceso al conocimiento y obliga a replantear qué debe enseñar la escuela cuando una máquina puede proporcionar una respuesta en segundos.
La respuesta no puede ser dejar de enseñar. Al contrario: habrá que enseñar a pensar, a cuestionar, a distinguir información de conocimiento y a utilizar la tecnología sin convertirse en dependientes de ella. La sociedad civil también tiene que asumir su responsabilidad.
Algo similar ocurre en otros sectores: la salud, el cuidado del medio ambiente, la justicia social, la seguridad y la defensa del interés nacional. La educación atraviesa todos ellos. Una sociedad con mayores conocimientos tiene mayores herramientas para comprender sus problemas, exigir mejores resultados y participar en las decisiones que afectan su futuro. El desarrollo de la humanidad siempre ha estado ligado a la evolución del conocimiento.
Después de PISA, creo que la pregunta a responder rápidamente y con seriedad es: México después de PISA: ¿qué estamos haciendo mal en la educación y qué estamos dispuestos a hacer para cambiarlo?