Rodolfo Villarreal Ríos
En las dos colaboraciones anteriores, mostramos las divergencias que se suscitaron en torno a la Constitución de Apatzingán, emitida por los líderes independentistas, y los realistas detentadores del poder. En esta ocasión, revisaremos un intercambio epistolar, generado originalmente el 14 de abril de 1815, entre dos combatientes desconocidos. Uno era el capitán de un grupo de Insurgentes, Gervasio Vázquez, y otro, el comandante del Obrajuelo, José Manuel García Ramírez, sargento del regimiento provincial de dragones de la Sierra Gorda. No obstante, lo oscuro de aquellos personajes, sus escritos fueron a parar a las manos de quienes gobernaban la Nueva España.
El 25 de abril, el comandante militar de Querétaro, brigadier Ignacio García Rebollo, hizo llegar el par de documentos al virrey Calleja Del Rey. Los realistas vieron en aquello una oportunidad para sacar raja política y tratar de vender que la lucha por la Independencia era una reyerta religiosa. Así, el 16 de mayo, dispusieron que fueron publicados en La Gaceta del Gobierno de México.
Acorde con el redactor de La Gaceta, las reproducían por orden superior como una muestra “…del patriotismo y entusiasmo que [se] respira, es un testimonio de que basta una sana razón para convencerse del delirio de la insurrección. [García] Ramírez ayudado sólo de un buen criterio, de su religión y su lealtad, expone con sencillez y con nervio razones de mayor peso, que al mismo tiempo que no ha dejado de confundir al atrevido Vázquez y sus envilecidos satélites, hará siempre honra a la fidelidad y el valor de tan benemérito militar y vasallo del mejor de los reyes [Fernando VII]”. Palabras tan ‘dulces’ bien podrían transitar intemporalmente hasta nuestros días entre una jornada y un milenio. Vayamos a la esencia de los documentos.
Desde el cantón de Xalpa, Gervasio, a quien los asuntos de la delicadeza solamente se le daban en retazos, dirigía la carta a “D. Fulano García”. Acto seguido, tras de darle el trato de muy señor mío, le indicaba: “Tengo repetidas tres cartas al malcriado de su amo de vd. [usted] Pimentel las que no ha querido responder por lo poco que le interesa la finca que le han confiado de N[uestra]. S[eñora]. de Guadalupe, a fin de devolverle parte de la boyada [bueyada] para que se trabaje en la hacienda y produzca para las funciones de nuestra patrona la americana”. En lo anterior, no solamente iba la devolución del ganado, sino una propuesta concreta. El objetivo de Vázquez era atraer a García Ramírez hacia la cuausa independentista. Ésto, lo planteaba en tres puntos.
En el primero, se delineaba como habría de darse el encuentro entre ambos para negociar. Le indicaba que “siendo vd.[usted] de nuestro partido prometiéndolo a ley de hombre de bien prometemos a vd. el volverle parte de los bueyes con aditamento de que nada nos [h]a de perjudicar aunque salga con las otras tropas de los gachupines de Querétaro pues cuando llegue el caso de que se vea apurado con sólo la seña de decir comandante del Obrejuelo quedará vd. libre defendido por nosotros mismos en aquel lance”. Pero, eso llevaba una condicionante.
En el segundo punto, se establecia como requisito: “…todo lo que vd. sepa contra nosotros que salgan tropas a cogernos descuidados u otra traición que quieran hacernos da vd. aviso con tiempo así como nosotros impediremos que nadie incomode a vd. para nada”. Una vez establecido el preambulo, ahora sí a lo concreto.
En el tercer apartado, se dejaba claro que el ofrecimiento llevaba condicionantes. “…Se le dará a usted el nombramiento por la nación de comandante de ese punto dándonos cuenta de todo lo que pasare, pues lo mismo haremos acá”. Pero dado que no hay como verse cara a cara para cerrar un trato, Vázquez proponía que “todo [fuera] muy reservado y dándose lugar para que hablemos a solas en la hacienda de Ixtla El Alto dejando su gente en el pueblo y yo la mía en el puerto, pues si acompaña a vd. alguno o a mí ya no hay trato con juramento de no faltarnos ni uno al otro a nuestra palabra de honor”. Sin embargo, todo indica que en las alforjas que Gervasio portaba le habian provisto de poca diplomacia y, al terminarse ésta, optó por lanzar un utimatum
Vázquez le advertía a García Ramírez: “Aguardo la respuesta de vd. entendido de que si no admite la paz que le ofrecemos cuente con que lo perseguiremos hasta acabarlo pues como a criollo le hacemos este favor ya que su amo no [h]a querido como soberbio gachupín y le hace poca fuerza el culto de nuestra patrona americana [asumimos que se refería a la Virgen de Guadalupe] por lo que pienso que vd. no querra hacer lo mismo y sí lo hiciere desde ahora le declaramos la guerra pues tenemos gente sobrada para acabar ese cantón a más de la gente que por otro rumbo nos [h]a de venir para acabar con todos sus cantones y entonces ya no habrá piedad. Con que vea usted que hace con la presita de Ixtla El Bajo. Aguardo la repuesta poniendo la carta y sobre ella unas yerbas y una piedra encima de donde me la traeran a mis manos”. Tras de esta perorata virulenta, Gervasio procedio a cerrar la misiva pleno de decencia.
Indicaba que: “Y pasela vd. bien en compañía de su familia y mande cuanto guste a éste su S[ervidor].Q[ue].B[esa]. S[u]. M[ano]. Gervasio Vázquez. Capitán de América”.
Sin embargo, de nada sirvió la amabilidad al final. Tras de recibir el documento y darle lectura, el destinatario, José Manuel García Ramírez, fue presa de la rabia y estimó que la pieza le daba una oportunidad para mostrar a sus superiores que él era un subordinado leal convencido de que nada debería de cambiar pues todo marchaba de maravilla.
En el contexto de lo anterior, procedió a escribir la respuesta con la cual buscaba quedar bien tanto en el cielo como en la tierra con sus patrones metafísicos y físicos.
Sin mayor preambulo, aquello empezaba así: “He recibido la muy despreciable carta de vd. en la que me ofrece la paz si condesciendo a los partidos injustos y diabólicos que vd. me ofrece, los que jamás aceptaría ni sus depravados designios sin que la conciencia no me arguya, acusándome de hacerme delincuente a los ojos del Todopoderoso rey del cielo y por consiguiente a los de su majestad el rey de las Epañas…”. Nada que criticarle al tal Juan Manuel. Si en función de sus creencias religiosas estimaba que no debería de abandonar la causa realista, muy sus convicciones. En lo de creer en Fernando VII había sus asegunes que aparecieron en cuanto expuso sus razones para serle leal.
Se decía orgulloso de militar bajo las banderas del monarca español “como el más infimo de sus vasallos, y con el honor de ser mandado por unos jefes ilustres y autorizados por un rey verdadero, pues su poder no se lo dio ni el cura Hidalgo, Morelos, Rayón, ni otros muchos rebledes que hay levantados por sus muchos vicios contra nuestro soberano, a quién deben vds. [ustedes] rendir la serviz como a su señor y rey, dado por el mismo Dios desde sus primeros antepasados…”. Ni quien lo dude aquel hombre había tomado la pócima equivalente al Kool-Aid de otros tiempos. Y a partir de ese instante, a demostrarlo.
Acto seguido, invocando a El Gran Arquitecto, señalaba que “nuestro padre que en estos dominos nos ha engendrado con la ley evangélica, nuestro conquistador que por sus armas sacó a luz este reino desterrando de él la idolatría en que nuestros antepasados se hallaban sumergidos en el barbarismo; nuestro legislador que por medio de los ministros católicos nos enseña a conocer la verdadera ley santa y que por esta se nos abran los caminos de la fe y de sus mandamientos, para que entendido todo podamos caminar a conseguir nuestro último fin que es ver y gozar de Dios”.
No vamos a negar que a nuestros ancestros indigenas eso de la idolatría y el salvajismo se les daba de manera amplia. Pero tratar de vender de que al llegar nuestros antepasados hispanos se terminó la idolatría y el salvajismo, pues no. Lo que sucedió fue que se cambiaron las efigies a adorar y la barbarie tomó nuevas formas. Sí, se terminaron los sacrificios humanos en la cúspide de la pirámide, pero los recien llegados los trasladaron a ras de suelo en la mitad de la plaza en donde la pira y el garrote vil se conviertieron en instrumentos purificadores y de ofrendas al Altisimo. Pero, esas eran disgregaciones que un realista convencido no hacia.
Para él, solamente existia una verdad y era la suya. Le decía a su rival que con toda certeza le iba a responder que “no neceista de predicadores, pues moral, teología y filosofía todo les sobra. Digo que sí, aunque todo al revés, pues el amor de Dios y del prójimo, ¿dónde está? ¿Quien les ha dado autoridad para destruir el reino, matar al inocente por quitarle lo suyo, y despojar de sus posesiones a sus legítimos dueños”?
Para García Ramírez todo se resumía al hecho de que los Insurgentes eran enemigos de El Gran Arquitecto y del rey de España. Para probarlo, se dio a la tarea de intentar mostrar que pasó, con grado de sobresaliente, el curso sustentado en el librito Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana, aquel que se publicó por vez primera en Burgos en el año de 1591 bajo la autoría del sacerdote jesuita, Jerónimo De Ripalda. Cabe apuntar que, durante tres siglos, los habitantes de la Nueva Epañaa aprendieron los conocimientos básicos del catolicismo en ese texto. Dado que el militar realista del Siglo XIX se engulló el contenido tal cual, procedió a descalificar la lucha por la Indpendencia sustentando su crítica en los Diez Mandamientos. Al momento de leer esto, nos preguntamos: ¿De vivir en estos tiempos cual sería el decalogo que el sargento García Ramirez utilizaría para defender a sus gobernantes? Pero, dejemomos a un lado las disgresiones y que le parece, lector amable, si nos comprometos a encontrarnos en este espacio la semana próxima y revisamos lo que al respecto escribía aquel militar Realista quien insistía en ver una lucha religiosa en donde no la había. vimarisch53@hotmail.com
Anadido (26.39.126) Al leer acerca de la marcha antisemita efectuada el fin de semana anterior en la Ciudad de México, inmediatamante vino a nuestra mente el nombre de una bazofia humana, vergonzosamente glorificada por varios en Piedras Negras, Coahuila, José Vasconcelos. Bajo su firma, se publicó, el 8 de junio de 1940, en el penúltimo número, el 16, de la revista Timón: “La Inteligencia se Impone”. Ahí, escribió: “Hitler, aunque dispone de un poder absoluto, se halla a mil leguas del cesarismo. La fuerza no le viene a Hitler del cuartel, sino del libro que le inspiró su cacumen. El poder no se lo debe Hitler a las tropas, ni a los batallones, sino a sus propios discursos… Hitler representa, en suma, una idea, la idea alemana, tantas veces humillada antaño por el militarismo de los franceses, la perfidia de los ingleses. En contra de Hitler, es verdad, se hallan combatiendo democracias gobernadas por civiles. Pero son democracias de nombre”. ¿Alguien puede homenajear a un fulano que escribió tal porquería? Lo del viernes anterior, organizado por la “izquierda” es una muestra más de que entre la bestia austriaca y el carnicero georgiano la única diferencia es el número de asesinatos que cometieron, sus herederos siguen hermanados.
Añadido(26.39.127) Alguien le hizo ver al muchachito que en las botas del Cibolo Blanco sus piecesitos naufragaban. No le quedó sino recular y calzarse sus zapatitos fosfo fosfo..
Anadido (26.39.128) Por fin, los canadienses a punto de cumplir el sueño de toda su vida, ser europeos de segunda o ¿de tercera?