Por Francisco Rodríguez
Se publicó originalmente en CUINA D’AUTOR, portal del diario EL INDEPENDIENTE
Tras sus frustrados afanes democratizadores del PRI y la creación de una Comisión de Honor para castigar a los corruptos de ese partido, Carlos Alberto Madrazo Becerra fue defenestrado del cargo por Gustavo Díaz Ordaz, quien lo había designado para el cargo de dirigente nacional menos de un año antes.
Conocedor de la “grilla” Madrazo no se dio por vencido ante la vieja guardia priísta que había empujado su remoción. Y comenzó a lucirse y placearse en los mejores restaurantes de la época.
Contaban sus contemporáneos que, cuando los demás lo veían en desgracia política, él acudía al restaurante Prendes, en la céntrica avenida 16 de septiembre de la capital nacional, a escasas calles de Palacio Nacional.

Y que antes de ingresar al comedero dotaba de monedas al fiel conductor de su vehículo para que desde una caseta telefónica le llamara al restaurante cada cinco o diez minutos.
Él reservaba una de las mesas del fondo del local y apenas comenzaba a paladear el afamado Filete Chemita, la cajera lo voceaba: “Licenciado Carlos Madrazo, tiene una llamada telefónica”.
Se levantaba, comenzaba a caminar entre las mesas y quienes habían simulado no haberlo visto, se ponían de pie, hipócritamente le tendían los brazos y se fundían en un débil apretón en contra de él.
La escena se repetía varias veces más… hasta que al chofer se le agotaban las monedas.

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“Desayunaderos” y restaurantes de postín son escenarios que no sólo sirven para que los políticos se reúnan a intercambiar información, chismes o incluso negocios oscuros a cargo del erario con empresarios de ocasión. También son frecuentados por periodistas que acuden a observar la conformación de esos pactos que algunas veces son de reconciliación y otras, las más, de complicidades ahí descubiertas.
En aquellos tiempos en los que el escribidor solía reportear para El Heraldo de México, la familia de don Gabriel Alarcón Chargoy, propietaria del medio, me asignó como fuentes no sólo los partidos políticos y las Cámaras del Congreso, así como las relaciones con gobernadores. En la orden de trabajo aparecían sitios como el ya mencionado Prendes; el Jena de avenida Morelos, desaparecido durante el sismo de 1985; el Tampico, de Balderas; la tradicional cantina La Ópera, dondeaún se observa el boquete que dejó un balazo en el techo supuestamente disparado por Pancho Villa, y su vecino L’Heritage, ambos en 5 de Mayo a una cuadra de Bellas Artes… y media docena más, la mayoría en el viejo Centro Histórico, entonces limpio de comercio informal.

Va de anécdota: Cuando les pregunté a mis entonces empleadores que con qué pagaría la cuenta o si solo pediría agua… no lo pensaron dos veces y me dieron una tarjeta de crédito empresarial Diners Club cuya franquicia ellos mismos manejaban en el territorio nacional. Mi asistencia a esos comederos de postín las pagaba el diario para el cual escribía una columna política, a finales de la década de los 70’s del siglo anterior. Sí, ya se. Ya soy veterano de estas lides.

Desayunaba cerca de los recintos camerales ubicados en Donceles. Generalmente en el Lincoln de la calle Revillagigedo, una lengua en picosísima salsa Kawage –bautizada así por don Manuel Suárez, dueño del lugar, en honor del periodista fundador del desparecido diario Zócalo… y ocasionalmente en el Café Tacuba en la calle del mismo nombre, donde fue asesinado Manlio Fabio Altamirano, gobernador electo de Veracruz, lo que dio paso a la dinastía de los Miguel Alemán, nombrado sustituto, a la política… y a los grandes negocios que los herederos no supieron administrar.
En todos, invariablemente, había comensales relacionados con “la grilla” quienes, en busca de reflectores, invitaban a los diaristas ahí reunidos a sentarnos a su mesa. Chismes para alimentar a la glotona columna diaria salían de esos encuentros.
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A finales de los 70’s y principios de los 80’s los gustos de los comensales se refinaron. Quedaron atrás los comederos céntricos que ofrecían platillos típicos mexicanos y comenzaron a estar de moda los de la entonces floreciente Zona Rosa que hoy subió de tono y es una vergonzosa Zona Roja.
El Rívoli, de Hamburgo; el Champs Élyseés, originalmente en Paseo de la Reforma esquina Amberes –servía comida corrida por 25 pesos en la década de los 60’s–, y su vecino frontero Passy que, en medio de tanto foie grass y caracoles a la Bourguignon, servía, entre gran variedad de platillos mexicanos, exquisita sopa de fideos con menudencias y mole negro oaxaqueño.

Con Carlos Salinas en la Presidencia de la República, el Champs del matrimonio Françoise (Paquita) Bouitelle y François Avernin se convirtió en la pasarela de exhibición política más afamada. Si había una disputa entre este o aquel miembro del gabinete, el que se decía falsamente originario de Agualeguas los mandaba a comer juntos a la misma mesa en el lugar. Si se trataba de empujar la carrera de otro más, lo indicado era que se le viera ahí disfrutando de una botella de la extensa cava de vinos que ahí se vendían.
Francisco Galindo Ochoa, priísta desde 1933 y quien fuera portavoz varias veces de aquel viejo PRI y luego vocero de la Presidencia con Díaz Ordaz y con don José López Portillo, desayunaba a diario en el Veranda del hotel María Isabel y comía todas las tardes en el Champs, ambos a unos pasos de sus oficinas privadas. A sus mesas se sentaban políticos, secretarios del gabinete del momento y de anteriores sexenios, dirigentes empresariales e, invariablemente, periodistas. Era un imán humano que atraía a quienes querían escalar a mayores posiciones en sus ámbitos de acción.
El bullicioso Bellinghausen de la calle de Londres es aún un gran sitio de encuentro e inmejorable lugar para comer. Ya desaparecida La Calesa, frente al restaurante de la familia Gutiérrez, en la casona que durante décadas ocupó la Biblioteca Benjamín Franklin, dependiente de la embajada de Estados Unidos en México, también fue comedero frecuentado por “la crema y nata” de la política y la iniciativa privada. Recuerdo de ahí una ocasión en la que un hombre maduro lanzó un merecido piropo nada irrespetuoso a la entonces adolescente cantante Lucero, quien entró al lugar acompañada de su progenitora… a lo que la muchachita contestó con boca de carretonera para disgusto de todos los presentes.
Pero si lo que se buscaba era tranquilidad, un ambiente más relajado y comida de lo mejor ahí estaba enfrente el Passy de Miguel Ángel Ortega, donde también se servían platillos de la cocina internacional. Don Jesús Reyes Heroles lo tenía como uno de sus restaurantes favoritos.

La familia Beteta tenía en el boulevard Florencia el Continental, a media calle del Ángel de la Independencia, que por su oscuridad y por estar ubicado en un semisótano era el sitio ad hoc para los “bisnes” y la planeación de los golpeteos políticos.
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Con la alternancia política iniciada en 1977 durante el zedillato la “nueva clase política” de extracción perredista retornó al centro histórico de CDMX, pero a medida que sus partidarios fueron llenando las alforjas mudaron sus gustos hacia la colonia Condesa, San Ángel, Polanco y, más recientemente, a Lomas de Chapultepec. Cada vez más al poniente.
Pero también hacia el sur, al barrio de San Ángel, asiento del histórico y elegante restaurante San Ángel Inn que, en temporada, sirve deliciosos chiles en nogada que, me atrevo a calificar, más sabrosos de los que se degustan en su originaria Puebla.
Ahí en ese rumbo la mayoría de los restaurantes céntricos abrieron sucursales para satisfacer a su clientela de esos rumbos.
Ahí en la avenida de los Insurgentes Sur permanece La Casserole donde frecuentemente se ve a Manlio Fabio Beltrones, pero también están Los Almendros, de exquisita comida yucateca… ambos vinieron a desplazar al tumultuoso “desayundero” buffet del hotel El Diplomático al que acudían políticos de las décadas de los 50’s y de 60’s del siglo XX.
En La Condesa, asiento del hipódromo porfirista del mismo nombre, (también llamada La Fondesa) abundan los restaurantes que abren una corta temporada, quiebran y luego cierran. No hay quien deje de sospechar que algunos de ellos en lugar de “blanquillos” para el desayuno blanquean dinero sucio… pero esa es otra historia.
Los lópezobradoristas, desde el 2000 y un poco antes con Cuauhtémoc Cárdenas al frente del gobierno del entonces DF, hicieron de El Cardenal de la céntrica calle Palma su sitio de reunión para los tres “sagrados” alimentos. Lo colocaron en el número uno del hit parade de sus preferencia, e hicieron que la familia Briz Garizurieta, propietaria del lugar, muy rápidamente abriera una sucursal –siempre pletórica– en el nuevo hotel Hilton, frente a la Alameda Central, otras dos más en San Ángel y el Paseo de las Palmas de Lomas de Chapultepec. Comida típica mexicana cuyas recetas tienen orígenes de todas las regiones culinarias del país, pero para mi personal gusto lo mejor son los pequeños bolillos recién salidos del horno que se rellenan con nata de leche fresca. ¡Una delicia para iniciar el día… y pensar en reiniciar la dieta!
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Para desayunar y, sobre todo, para dejarse ver, en el tramo del Paseo de la Reforma más próximo al Bosque de Chapultepec, se tienen como favoritos el restaurante con sabor nayarita Zanaya del hotel Four Seasons y para una tarde de relax, a su lado, el bar Fifty Mills.
Enfrente, Los Canarios del hotel Grand Marquis. Y a unos metros el Piso 51, un pretencioso club privado que cada vez viene a menos.
En Polanco, el hotel más frecuentado por la variedad y calidad de sus restaurantes fue el Presidente Chapultepec, hoy Intercontinental. Los lugares para desayunar eran El Café, donde desde hace un par de décadas se ubica una sucursal del tradicional restaurante parisino Au Pied de Cochon, y Frutas y Flores, así como el nada discreto salón de té Balmoral. Llenos de “grillos” y de excelentes alimentos.

Para comer y cenar, ahí mismo, el Alfredo di Roma con su tradicional espagueti en salsa de queso parmigiano reggiano y abundante mantequilla con un poco de perejil; los cortes y la langosta del neoyorquino The Palm y otros dos que abrieron sus puertas hace un par de años. El Tokoya Nigiri Bar, uno de ellos, de sushi y comida japonesa, aunque el Yoshimi (antes Benkay) del que fuerahotel Nikko, hoy Hyatt Regency, es más recomendable.
Pero si de comida del país del sol naciente se trata no hay otro más que el Suntory. Ya sea en su matriz de la colonia Del Valle o en su sucursal de Paseo de la Reforma, a los pies de Lomas de Chapultepec. Políticos y empresarios agotan sus reservaciones.
En todos los mencionados y en varios que omití, por razón de espacio, se come bien, se paga caro y sobre todo sirven para la exhibición… aunque los choferes hoy usen su teléfono celular para llamar a sus jefes con el objetivo de que éstos atraigan la atención del resto de los comensales.
Son vitrinas… muy parecidas a las muy famosas de Ámsterdam, en Países Bajos.