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Columna de opinión

Cárdenas: la dignidad del disenso

Luis Ramírez Baqueiro

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Astrolabio Político

Por: Luis Ramírez Baqueiro

“Ningún hombre es lo suficientemente bueno para gobernar a otro sin su consentimiento”. – Abraham Lincoln.

 

Hay políticos que llegan al poder y otros que cambian las condiciones para disputarlo. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano pertenece a estos últimos. Tres veces candidato presidencial, gobernador de Michoacán y primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido por voto popular, ayudó a convertir la inconformidad ciudadana en una alternativa capaz de desafiar al presidencialismo priista.

Ser hijo de Lázaro Cárdenas del Río le entregó un apellido monumental, pero también una exigencia histórica. Pudo administrar aquella herencia dentro del régimen. Optó por enfrentar sus mecanismos cuando la disciplina partidista significaba obediencia al presidente. Fue un adelantado frente a una clase gobernante que confundía estabilidad con inmovilidad y unidad con sometimiento.

Junto con Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo impulsó la Corriente Democrática. Heberto Castillo aportó una decisión fundamental al declinar su candidatura presidencial en 1988. Aquella convergencia reunió tradiciones distintas alrededor de una causa: devolverle eficacia al voto. La democratización tuvo muchos protagonistas; reconocer a Cárdenas exige reconocer esa construcción colectiva.

Su contribución consistió en abrir una grieta dentro del sistema y hacerla transitable para millones. Después de la elección cuestionada de 1988 sostuvo una lucha cuyo horizonte permaneció en la participación electoral. La victoria capitalina de 1997 mostró que aquella resistencia podía convertirse en gobierno. Sin esa acumulación, la alternancia posterior resulta incomprensible.

Veracruz ocupa un lugar decisivo en esa historia. En Xalapa se constituyó el Frente Democrático Nacional el 12 de enero de 1988. Aquí encontró ciudadanos, trabajadores, universitarios y militantes para quienes la democracia había dejado de ser una promesa aplazada. La entidad fue escenario fundador de una insurgencia cívica que desbordó fronteras partidistas.

También conoció la vileza. Las referencias más sólidas sitúan en la campaña de 1994, no en 1988, las provocaciones mediante abrazos y besos organizadas para ridiculizarlo. Columnas y testimonios periodísticos atribuyeron a Miguel Ángel Yunes Linares, entonces secretario de Gobierno, la operación en Xalapa y Veracruz; esa atribución debe conservar su carácter de señalamiento periodístico.

La bajeza estaba en instrumentalizar personas y explotar prejuicios homofóbicos para fabricar escarnio. Ninguna identidad sexual constituye una ofensa. El agravio era el montaje, el contacto impuesto y el cálculo de quienes suponían que podían destruir una trayectoria mediante una fotografía. Recordarlo exige señalar a los operadores sin reproducir sus prejuicios.

 

Cárdenas perseveró. Su trayectoria permite apreciar una virtud escasa: sostener diferencias sin convertir cada discrepancia en una guerra personal. Eso tampoco lo vuelve infalible. Sus tres candidaturas obligan a preguntar cuánto dependió la izquierda de figuras tutelares y cuánto consiguió construir instituciones capaces de sobrevivirlas.

Con Andrés Manuel López Obrador compartió partido, luchas y proyectos, pero sus caminos adquirieron distancias. Cuestionó políticas y polarización; también rechazó asumirse como adversario personal del tabasqueño. Su independencia recuerda que exigir adhesión incondicional empobrece cualquier proyecto democrático.

Su relación con la Cuarta Transformación admite matices: anunció su voto por Claudia Sheinbaum en 2024 y en 2026 asumió la presidencia honoraria de la Comisión Consultiva del Petróleo. Coincidir en soberanía energética permitió colaborar sin borrar diferencias.

En esa causa aparece también un puente con Rocío Nahle García, exsecretaria de Energía y primera gobernadora de Veracruz. Puede leerse ahí una continuidad entre generaciones: defender el patrimonio nacional requiere capacidad técnica y voluntad política. Nahle coordinó la construcción de la Refinería Olmeca, más de ocho décadas después de la expropiación encabezada por Lázaro Cárdenas. Esa responsabilidad la coloca como un activo de una izquierda obligada a traducir sus banderas en infraestructura y resultados. La presencia de ambos en la conmemoración petrolera de marzo de 2026, en Pueblo Viejo, condensó esa coincidencia histórica.

Ahí permanece su lección más incómoda: conquistar el gobierno nunca termina la democratización. El poder necesita límites, la ciudadanía necesita derechos y la izquierda necesita conciencia crítica. Honrar a Cárdenas exige algo más difícil que aplaudirlo: aceptar que disentir sigue siendo una forma de construir país.

Al tiempo.

astrolabiopoliticomx@gmail.com
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx

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