Por Alejandra del Río.
En México coexisten 2 realidades: la del país que cacarea instituciones y justicia social y la del país que ve para abajo al pueblo que el gobierno tanto presume defender, pero que se da el lujo de ignorar, ignora a las madres buscadoras, ignora a los padres de los niños con cáncer, altera las cifras de los desparecidos y presume bienestar social, mientras las madres desentierran con sus propias manos los cadaveres de hijos que han buscado incansablemente por años.
En el primero, los discursos hablan de transformación, de cifras “contenidas”, de estrategias de seguridad que —en el papel— avanzan. En el segundo, el real, el que no cabe en los informes, hay madres que caminan desiertos con una pala, siguiendo intuiciones, rezos y restos de humanidad.
Este último es el país de Ceci Flores, una mujer que es evidencia viva de lo que ocurre cuando el Estado abdica de su responsabilidad más elemental: proteger la vida.
Ceci no eligió ser activista. Fue empujada a ello por la desaparición de sus hijos. Primero uno, luego otro. En un país donde la violencia no solo arrebata vidas, sino que también secuestra la certeza, la paz y el derecho a cerrar una herida.
La desaparición en México no es solo un delito: es una condena perpetua para quienes se quedan.
Porque no hay cuerpo.
Porque no hay verdad.
Porque no hay justicia.
Y entonces, lo impensable ocurre: las madres se convierten en investigadoras, peritas, rastreadoras, forenses improvisadas. Se convierten en Fiscalías, en el Estado.
Ceci Flores ha recorrido el país buscando lo que el gobierno no ha sabido —o no ha querido— encontrar. Ha desenterrado restos humanos con sus propias manos, guiada por denuncias anónimas, por mapas incompletos, por el eco de otras madres, arriesgando su propia vida.
Cada hallazgo es una victoria amarga: alguien regresa a casa, pero en fragmentos.
Y en medio de ese horror cotidiano, Ceci ha hecho algo aún más poderoso: ha dignificado la búsqueda. Ha convertido el dolor en acción colectiva, en causa, en voz.
Pero no nos equivoquemos, que exista como figura pública no es motivo de orgullo nacional. Es prueba de un fracaso estructural.
Porque ningún país debería necesitar madres buscadoras.
Hoy, México presencia un momento que duele y al mismo tiempo sacude la conciencia colectiva: Ceci Flores, madre buscadora, ha logrado encontrar a uno de sus hijos.
No hay palabras suficientes para describir lo que significa una noticia así. Es el cierre de una herida abierta por años, pero también la confirmación de una tragedia que nunca debió ocurrir.
Ceci no solo ha buscado a sus hijos. Ha buscado por todos. Ha caminado territorios que el miedo había vaciado, escarbando la tierra, ha enfrentado la indiferencia institucional y el riesgo constante, con una valentía que rebasa cualquier discurso, ha encontrado solidaridad no en las autoridades, sino en la empatía de madres que gracias a Dios no han vivido su calvario pero lo entienden con el alma.
Hoy abrazamos su dolor y su fuerza.
Porque encontrar no siempre significa paz.
Porque la verdad, en estos casos, llega acompañada de ausencia definitiva.
Porque ninguna madre debería tener que convertirse en buscadora para hacer lo que le corresponde al Estado.
La señora Flores, representa a miles de madres en México. Su lucha es un espejo incómodo de nuestra realidad, pero también una lección de dignidad, resistencia y amor inquebrantable.
Que su voz no sea ignorada.
Que su lucha no sea en vano.
Y que algún día, en este país, buscar a un hijo no sea una sentencia de vida.
Por que encima de todo las autoridades la han perseguido, la han revictimizado, la han acusado de delitos, la han amenazado por no guardar silencio, por que en un país donde no se valora la vida, tampoco se valora la libre expresión, ni el dolor…ni nada.
México le debe a Ceci Flores algo más que reconocimiento.
Le debe resultados.
Le debe justicia.
Y, sobre todo, le debe la garantía de que ninguna otra mujer tenga que elegir entre llorar a su hijo… o salir a buscarlo.
Porque mientras haya una madre con una pala en la mano, el Estado seguirá teniendo una deuda que no prescribe.



