José Luis Parra
Morena se mueve. O lo mueven.
Porque una cosa es el relevo natural en un partido en el poder y otra, muy distinta, es la cirugía de emergencia cuando los signos vitales empiezan a mandar señales de alerta. Y aquí, claramente, alguien escuchó el monitor.
La salida inminente de Luisa María Alcalde de la dirigencia guinda no es un simple ajuste administrativo. Es un mensaje. Y como todo mensaje político, viene con destinatario y con advertencia. En su lugar, la probable llegada de Ariadna Montiel huele más a operación control que a relevo institucional.
En Palacio no están para experimentos.
La presidenta Claudia Sheinbaum necesita resultados, no explicaciones. Y menos cuando los números en los estados comienzan a hacer ruido, cuando los aliados —el Verde y el PT— enseñan los dientes, y cuando las elecciones del 2027 ya no se ven tan lejanas como hace unos meses.
Porque el poder, como bien sabemos, no se administra: se defiende.
Y si para eso hay que sacrificar piezas, se sacrifican.
El movimiento previo, el regreso de Citlalli Hernández a la Comisión de Elecciones, no alcanzó. Fue apenas un paliativo. Un curita en una herida que ya necesitaba puntos. Ahora viene la sutura mayor.
Pero no todo es estrategia electoral. También hay factura política.
El caso de la fiscal capitalina, Bertha Alcalde, y las “omisiones” reconocidas en un feminicidio, terminó por salpicar donde más duele: en la narrativa. Y en política, cuando la narrativa se rompe, alguien paga los platos.
Aunque no siempre sea el responsable directo.
Así funciona esto.
Morena enfrenta, por primera vez, algo que no estaba en su guion original: incertidumbre interna. No la oposición, no los medios, no los adversarios históricos. El problema está en casa.
Y eso es más peligroso.
Porque cuando el partido en el poder empieza a corregirse a sí mismo con esta velocidad, es porque detectó fisuras. Y cuando hay fisuras, hay presión. Y cuando hay presión… ya sabemos cómo termina la historia.
Lo interesante será ver a dónde mandan a Alcalde. Porque en política nadie se va del todo. Se reacomoda. Se recicla. Se guarda para otra batalla.
O se manda a la congeladora, que también es una forma elegante de decir adiós.
Mientras tanto, Morena entra en modo reconfiguración.
Y en estos procesos, como en toda cirugía, hay dos riesgos: que el paciente no aguante… o que despierte siendo otro.
Al tiempo.