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El día que prohibieron la escuela

Por David Martín del Campo

 

Apenas se aproximaba el fin de cursos, se repetía la cantinela en el patio de recreo: “Trabajar, ¡qué horror!, estudiar tantito peor… ¡prefiero que me dé viruela, para ya no ir a la escuela!”, y luego la gritería de los compañeros. Sí, la vida como unas vacaciones perpetuas llenas de juegos, paseos, travesuras y bicicleta por todo el barrio. “¿Cómo se obtiene la circunferencia de una círculo?” “¿Cuáles son las capitales de Albania y Yugoslavia?”. Ahí estaban los cuadernos garrapateados para estudiar y repasar la lección.

A propósito, hará unos diez años en que publiqué un libro muy apreciado por mis lectores infantiles. Se titula “El día que prohibieron la escuela”, y al presentarlo en los colegios no faltan los burros de atrás que saltan festejando “¡Éeeeehh! ¡Síiii!”. El cuento de marras describe el día en que el profesor regresa a todos los alumnos a su casa pues el gobierno ha prohibido la escuela, el estudio, los recreos, y a los bomberos les impiden sofocar las casas incendiándose y a los panaderos amasar el pan. Todo se ha prohibido en vistas de retornar, más o menos, a los tiempos felices de las cavernas, cuando todo era de todos y nada de nadie.

Ignoro si el titular de la SEP haya leído mi libro, y me enorgullecería saber que he sido su inspiración. El jueves pasado, al declarar Mario Delgado que las clases se suspenderían durante las cinco semanas coincidentes con la celebración del Mundial de Futbol y la canícula (que es el periodo con más calor del año), el encargado de Educacion se llevó su buena rechifla.

Lo que ha propuesto es, casi casi, la reducción del periodo lectivo a la mitad (26 semanas) y el resto del año ofrecido como vacaciones, “puentes inhábiles”, conmemoraciones y días de “evaluación” magisterial. O sea, el paraíso mismo de mi época dorada.

Que los alumnos no se sofoquen, que tengan tiempo de disfrutar los partidazos transmitidos y retransmitidos por televisión, que se queden en casa contemplando la realidad nacional desde la ventana de su recámara. El corolario de esa medida sería que la educación es perniciosa para la estabilidad nacional, que la quietud debe ser erigida como norma cívica, además de que es necesario adquirir un segundo ventilador en casa.

El trasfondo de todo es político. Se habrá pensado que ausentándose los 24 millones de niños de los centros escolares se habrían evitado las manifestaciones y plantones del magisterio sindicalizado y la CNTE, se habría disminuido el tránsito vehicular, se habría retornado a la “paz pandémica” que vivimos en 2021. Y así, el medio millón de aficionados visitantes, y todos los medios de comunicación enfocados en nuestros estadios y sus alrededores, tendrían una opinión dulcificada de la violencia y el desastre urbano que viven nuestras metrópolis. Sugerir que éste es un país terso y funcional. Sí, claro.

Habría que recordar al “padre fundador” del Singapur actual, Lee Kuan Yew, quien fundamentó el progreso de su nación bajo dos principios: educación y aire acondicionado. De ese modo la pequeña isla asiática, situada en el sofocante anillo ecuatorial (al igual que México), dejó de ser el “pozo de ignominia” colonial para situarse como una de las diez economías más ricas del orbe. Los niños en las escuelas de Singapur asisten siete, nueve horas diarias, aprendiéndolo todo (inglés y computación, desde luego), en un clima templado gracias a los millones de aparatos de aire acondicionado instalados en todos los hogares, comercios y centros escolares.

Pero acá pensamos lo contrario… que las escuelas no tengan condiciones mínimas de confort, baños funcionales ni clases de inglés. Al fin que el periodo lectivo será demediado y todos podrán ver los golazos de Harry Kane los días en que juegue Inglaterra.

La decisión está en el aire. “Algunos estados podrán alargar el periodo vacacional”, “no fue una ocurrencia de Mario Delgado”, afirmó el lunes 11 la presidenta Claudia Sheinbaum, así que el destino de los niños mexicanos sigue en el aire. ¿Y quién cuidará a los alumnos permaneciendo en casa mientras sus padres cumplen la jornada laboral? Seguramente el canal de Nickelodeon y las consolas de Play Station.

Quedará en el aire, también, el destino de esta generación de niños y jovencitos que fueron “encarcelados” involuntariamente en casa durante la pandemia, y que ahora enfrentan otro periodo de aprendizaje nulo ausentes del pupitre y el pizarrón. El día que prohibieron la escuela, no lo saben, prohibieron también la geometría, el civismo, la historia, la gramática y la geografía que, por cierto, la capital de Yugoslavia era Belgrado, pero el país se desintegró en 1992. Y no gobernaba míster Donald Trump.

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