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El eco en el paredón: la fe y el poder en la muerte del Padre Pro…

Por Fred Alvarez Palafox

 

Hay momentos en la historia de México que no se limitan a acumular polvo en los fríos archivos de gobierno; son instantes que retumban como un eco perpetuo sobre el asfalto.

La mañana del 23 de noviembre de 1927 —hace 99 años—, en los patios de la vieja Inspección de Policía de la capital (justo donde hoy se levanta el edificio de la Lotería Nacional), el aire helado se rasgó con una descarga cerrada. Segundos antes, un sacerdote jesuita llamado Miguel Agustín Pro había rechazado la venda para los ojos. Abrió los brazos en cruz, apretó un rosario y un crucifijo entre las manos, y lanzó un grito final que marcaría toda una época: «¡Viva Cristo Rey!».

Hoy, a casi un siglo de distancia, la figura del Padre Pro nos sigue interpelando. Y lo hace no solo desde el fervor íntimo de la fe, sino desde el análisis crudo de los engranajes del poder y la política.

Seamos claros: su fusilamiento fue, a todas luces, un crimen de Estado. Sin juicio, sin el menor derecho a defensa, la ejecución se cumplió por la voluntad de hierro y la orden directa del entonces presidente Plutarco Elías Calles. Acusados de conspirar contra el general Álvaro Obregón, los hermanos Pro fueron llevados al paredón en un país que ardía en las llamas de la Guerra Cristera.

Los ejecutados, militantes de la Liga Nacional de Defensa de la Libertad Religiosa, fueron sometidos a exhaustivos interrogatorios sobre su presunta participación en el atentado contra Obregón. Sus respuestas, junto con los testimonios de otros detenidos, quedaron atrapadas en las frías páginas de un informe policial. Aquel documento llevaba las firmas de los condenados y la rúbrica del inspector en jefe de la policía, Roberto Cruz (1888-1990), un militar de origen chihuahuense que terminaría echando raíces en Los Mochis.

El tiempo, sin embargo, no logró borrar la escena de su memoria. Décadas más tarde, en octubre de 1961, el periodista Julio Scherer logró entrevistar al general Cruz para las páginas de Excélsior. Al rememorar el fusilamiento, el viejo militar soltó un retrato estremecedor:

“Venía de frente e iba vestido de negro… Luego lo vi en el paredón, demacrado, sin una gota de sangre, con los labios que parecían de papel. Y segundos después escuché la descarga cerrada de los cinco soldados que lo ejecutaron”.

A ese mismo general Cruz me tocó conocerlo a principios de los años setenta. Lo veía seguido, ya un hombre mayor, tomando el aire afuera de su casa en Los Mochis, justo frente a la secundaria IMA. Resultaba casi irreal pensar que detrás de esa estampa cotidiana descansaba el peso de haber comandado uno de los fusilamientos más emblemáticos de nuestra historia.

Y es que, mientras el viejo militar pasaba sus últimos años bajo el sol sinaloense, la figura de su víctima no hacía más que agigantarse. Aquel sacerdote ingenioso y de salud frágil, que se disfrazaba de mecánico, de chofer o de elegante catrín para burlar a los sabuesos de la policía y llevar auxilio a los perseguidos, se transformó en el instante preciso de su muerte en un símbolo inquebrantable de resistencia pacífica.

Pero la historia política del Padre Pro no terminó con esa ráfaga de plomo. Quizá lo más revelador, y lo que pinta de cuerpo entero las históricas tensiones de nuestro sistema, es lo que ocurrió sesenta años después.

En 1986, la Santa Sede aprobó su beatificación. ¿Cuál fue la reacción del gobierno mexicano? El presidente Miguel de la Madrid solicitó a la Secretaría de Estado del Vaticano postergarla. El argumento oficial era evitar que la figura del mártir “contaminara” el tenso y frágil proceso electoral de 1988. Cuando finalmente Juan Pablo II lo beatificó, el Estado prohibió su transmisión por televisión. Ese pánico a la sotana, ese pavor institucional al fantasma cristero en pleno final del siglo XX, dejó en evidencia la tremenda fragilidad con la que el régimen manejaba la libertad de culto, años antes de que se restablecieran las relaciones entre el Estado u las Iglesias.. (1991- 1992.)

Años después, la causa pareció revivir. En febrero de 2016, durante su gira apostólica por México, el Papa Francisco se reunió en privado durante media hora con seis jesuitas en la sede de la Nunciatura. En ese “pequeño encuentro fraternal”, como lo describió el vocero papal Federico Lombardi S.J., los sacerdotes obsequiaron al Pontífice una reliquia del beato. Trascendió entonces que Francisco los instó a acelerar el proceso de canonización del mártir zacatecano.

Y, sin embargo, el proceso sigue estancado.

Hoy, la paradoja es amarga. El mártir que desafió con astucia a un régimen autoritario se encuentra atrapado en los laberintos de la burocracia vaticana. A pesar del clamor popular, de los más de 4,500 testimonios documentados en la colonia Roma y del llamado explícito del Papa Francisco para acelerar la causa, el Vaticano sigue exigiendo la comprobación de un milagro médico científicamente inexplicable.

El Padre Pro ya es santo en la memoria colectiva, en los altares caseros y en las calles de la ciudad. Su proceso nos recuerda que, a menudo, la justicia humana es sorda y la burocracia divina, demasiado lenta. Pero el eco de aquel grito frente al pelotón, ese sí, se niega a morir.

Quizá el centenario de su fusilamiento nos guarde el último acto de esta historia: tal vez para 2027, León XIV obre el verdadero milagro de destrabar el papeleo y, con un trazo de pluma, lleve finalmente a Miguel Agustín Pro a los altares universales que su pueblo ya le ha construido….

Para la historia inmediata…

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