NEMESIS
Fernando Meraz Mejorado
El fracaso educativo de México no es fracaso de maestros ni de alumnos —es fracaso de la visión política que lo edificó. Mientras la educación siga siendo moneda de cambio político, instrumento de adoctrinamiento o mercancía, y no el cimiento sobre el que se levanta la dignidad de cada persona, las reformas caerán una tras otra como hojas secas. La verdadera transformación no empezará en los libros de texto, sino el día en que el Estado y la sociedad comprendan que educar no es formar seguidores, es formar seres libres.
***
Desde su fundación, la Secretaría de Educación Pública (SEP) se convirtió en aparato de control político. El sindicato magisterial fue durante décadas el pilar corporativo del régimen: plazas, ascensos y contratos se negociaban con líderes sindicales, no por mérito pedagógico. La reforma educativa de 2012 intentó romper esto, pero fue revertida en 2018, devolviendo al sindicato el control sobre el ingreso y promoción docente. La educación se concibió como instrumento de lealtad, no de conocimiento.
***
México destina aproximadamente el 4.3% del PIB a educación, por debajo del promedio de los países de la OCDE (5.1%) y muy lejos de países como Costa Rica (6.7%). Con ese financiamiento marginal —que no alcanza infraestructura, materiales ni sueldos dignos— es imposible cerrar brechas. La educación nunca fue prioridad presupuestaria real, siempre quedó detrás de otros rubros.
***
En este país todo se decide desde la Ciudad de México: planes, libros, calendarios. Las realidades regionales —indígenas, rurales, fronterizas— apenas se consideran. Cada sexenio llega una nueva reforma que borra la anterior, sin continuidad. En 70 años han sido más de una docena de modelos curriculares; los maestros apenas se adaptan cuando ya les cambian todo. La estabilidad pedagógica es la primera víctima del cambio de gobierno.–oOo—