José Luis Parra
El cerco empieza a cerrarse.
Contra Andy y sus amigos.
Amílcar Olán ya siente pasos en la azotea. Y seguramente no es el único.
Adán Augusto López y una buena cantidad de camaradas de la llamada Cuarta Transformación también deben escuchar ruidos extraños alrededor, sobre todo después de que el escándalo del huachicol fiscal dejó de ser una historia incómoda para convertirse en un asunto con detenidos, expedientes y demasiadas preguntas todavía sin respuesta.
Hasta el momento hay dos marinos encerrados.
Funcionarios de buen nivel, ninguno.
Curioso.
Porque un negocio de las dimensiones que se atribuyen al huachicol fiscal difícilmente podría funcionar con dos o tres traviesos escondidos detrás de un escritorio.
Para mover combustibles, alterar documentos, permitir entradas, salidas, importaciones y toda la parafernalia necesaria para sostener semejante maquinaria se requiere algo más que buena voluntad.
Se necesita estructura.
Y una estructura de ese tamaño inevitablemente pasa por varias dependencias gubernamentales.
Pero bueno.
La justicia siempre será lenta.
Sobre todo cuando tiene que caminar por terrenos políticamente minados.
Claudia Sheinbaum, si efectivamente ya decidió cobrar viejas afrentas, ninguneos y ofensas acumuladas durante años, parece hacerlo con cautela.Cambio climático y calentamiento global
Despacio que llevo prisa, reza el viejo refrán.
No podría ser de otra manera.
El caudillo todavía conserva demasiado poder. Mantiene lealtades, operadores, gobernadores, legisladores y una base política que no desapareció cuando entregó la banda presidencial.
Por eso primero hay que socavarlo.
Después minarlo.
Y ya debilitado, enviarlo a disfrutar de una jubilación política que seguramente él nunca imaginó tan silenciosa.
Pero Claudia tampoco puede dinamitar de un día para otro el puente por el que llegó a Palacio Nacional.
Antes tendrá que negociar con su mentor.
Acordar tiempos.
Espacios.
Y quizá hasta nombres.
Porque una cosa es ejercer el poder y otra muy distinta enfrentar al hombre que construyó el movimiento que hoy gobierna México.Latinos y latinoamericanos
Sin embargo, el ritual sexenal tiene que cumplirse.
Siempre ocurre.
Alrededor del tercer año de gobierno, el presidente —ahora presidenta— empieza a cortar el cordón umbilical con quien lo antecedió y, muchas veces, con quien hizo posible su llegada al poder.
Gratitud y poder rara vez envejecen juntos.
La historia política mexicana está llena de ejemplos.
Y no existe razón para pensar que ahora será diferente.
Por eso el caso de Jorge Amílcar Olán Aparicio tiene especial significado.
No necesariamente por lo que jurídicamente pueda ocurrirle.
Sino por el mensaje político.
Olán, empresario tabasqueño y amigo de Andrés Manuel López Beltrán, promovió un amparo después de que, según relató en su demanda, personas con uniformes de la Fiscalía General de la República y otras vestidas como militares merodearon su domicilio en la Ciudad de México.Latinos y latinoamericanos
Según su versión, ocurrió el 3 de marzo de 2026.
Los visitantes tomaban fotografías.
Olán entendió el mensaje.
O creyó entenderlo.
Y el 23 de marzo buscó protección judicial ante una eventual detención porque, según argumentó, temía ser víctima de una cacería.
Después resultó que no existía orden de aprehensión en su contra y el 28 de mayo un juez canceló la demanda de amparo.
Legalmente el episodio podría terminar allí.
Políticamente, no necesariamente.
Porque cuando alguien cercano al círculo íntimo de Andy comienza a buscar protección judicial antes siquiera de que exista una orden de captura, algo está pasando.
Aunque solamente sea miedo.
Y el miedo también es información.
Amílcar puede ser apenas una señal.
El principio de una separación.
O el aviso de que alguien empezó a abrir cajones que durante años permanecieron cerrados.
Falta mucho para saber hasta dónde llegará Claudia Sheinbaum.Cambio climático y calentamiento global
También para conocer si realmente tocará intereses cercanos a López Obrador o si todo terminará en sacrificios menores para salvar a los peces grandes.
Ya veremos.
Por lo pronto, Amílcar Olán podría ser el inicio del fin.
Aunque todavía falta saber de cuál fin estamos hablando.
Y para cerrar, vaya reculada de los liderazgos de la 4T con aquella brillante ocurrencia de cargarle más impuestos a la cerveza.
Hasta ellos entendieron.
Tarde, pero entendieron.
Si continuaban con semejante fantasía animada habrían propinado otro golpe a sus ya complicadas posibilidades electorales.
Porque una cosa es discutir reformas constitucionales, ministros, organismos autónomos, fiscalías y presupuestos.
Y otra muy distinta meterse con la cheve.
Según el dato difundido alrededor de esta discusión, siete de cada diez mexicanos gustan de la mexicana alegría.Latinos y latinoamericanos
Entonces el asunto deja de ser fiscal.
Se vuelve electoral.
Morena ha construido buena parte de su estrategia política dividiendo, confrontando y alimentando resentimientos entre sectores de la población.
Pero hay límites.
Y aumentarle el precio a la cerveza podría lograr algo que la oposición no ha podido conseguir:
Unir a los mexicanos.
Aunque sea alrededor de una hielera.
Imaginen el nivel del agravio.
Después de tantos años promoviendo diferencias entre fifís y pueblo bueno, conservadores y transformadores, neoliberales y revolucionarios, resulta que una cerveza podría hermanarlos.
Eso sí sería transformación nacional.
Así que hicieron bien en recular.
Porque en política existen fórmulas complejas.
Y otras extremadamente sencillas.
Esta pertenece a las segundas:
Más impuestos a la cheve.
Menos votos.
La ecuación no falla.