POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.
Cuando el presidente Donald Trump presentó la iniciativa “Escudo de las Américas” el 7 de marzo, sus declaraciones resonaron con fuerza en México. El mandatario norteamericano afirmó que “el epicentro de la violencia de los cárteles es México” y que “los cárteles mexicanos están alimentando y orquestando gran parte del derramamiento de sangre y el caos en este hemisferio”. Más allá del impacto inmediato, estas frases marcan un giro discursivo que podría redefinir la relación bilateral en un momento especialmente delicado.
Tres factores estratégicos —violencia criminal transfronteriza catastrófica, una narrativa creciente que presenta a los cárteles como organizaciones terroristas, y un quiebre de confianza entre ambos gobiernos— están configurando un entorno de riesgo político y diplomático sin precedentes para México.
Violencia criminal transfronteriza: un fenómeno que ya no se percibe como “doméstico”
La violencia asociada al crimen organizado en México no es nueva, pero su interpretación desde Estados Unidos está cambiando. En el discurso político estadounidense, la frontera dejó de ser vista únicamente como un punto de cruce irregular y se ha convertido en un símbolo de amenaza hemisférica.
En este marco, episodios como el tráfico de fentanilo y precursores químicos, los flujos de armas de alto poder desde EE.UU. hacia México, y la expansión de redes criminales en ambos lados de la frontera, se integran en una narrativa de “crisis compartida”, pero con un énfasis creciente en responsabilizar a México como origen del problema.
Para el público estadounidense, esta lectura simplificada resulta políticamente eficaz. Para México, en cambio, implica el riesgo ante la posibilidad de que la violencia criminal sea utilizada como justificación para medidas unilaterales más agresivas, desde sanciones hasta operaciones extraterritoriales.
La narrativa de los cárteles como organizaciones terroristas
En los últimos años, sectores políticos en Estados Unidos han impulsado la idea de designar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras. Así el primer acto oficial del presidente 47, Donald Trump, en enero de 2025 fue la designación oficial de seis carteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras. Acción que ha llevado a una intensificación de la retórica militarista.
La iniciativa “Escudo de las Américas” se inserta precisamente en esa tendencia. Presentar a los cárteles como actores terroristas no solo endurece el lenguaje, también abre la puerta a un marco jurídico distinto, uno que permitiría operaciones militares más allá de las fronteras, sanciones financieras amplificadas, y una mayor intervención en temas de seguridad interna de México.
Para la opinión pública mexicana, esta narrativa puede percibirse como una amenaza directa a la soberanía nacional. Para la estadounidense, puede parecer una respuesta necesaria ante la crisis de opioides y la violencia criminal.
El riesgo es que el debate deje de centrarse en soluciones compartidas y se convierta en un terreno de confrontación simbólica.
Un quiebre de confianza bilateral que complica la cooperación
La relación entre México y Estados Unidos siempre ha sido compleja, pero en materia de seguridad ha dependido históricamente de un delicado equilibrio entre cooperación operativa, respeto mutuo y canales diplomáticos estables.
Ese equilibrio hoy está bajo presión. Hay tres elementos que así lo explican. El primero es la desconfianza operativa. Es decir, en Washington se cuestiona cada vez con mayor intensidad la capacidad y, sobre todo, la voluntad de México para contener a los grupos criminales. Por su parte, el gobierno de México cuestiona la transparencia y los métodos de agencias estadounidenses.
Choque de narrativas
Esto nos lleva una dimensión esencial de este conflicto, el choque de narrativas. Mientras que en México se insiste en la corresponsabilidad (armas, dinero, demanda de drogas), en EEUU se enfatiza el origen mexicano de las drogas y la violencia criminal.
Lo que ha redundado tensiones políticas internas en ambos países que viven ciclos electorales intensos, así como dinámicas políticas polarizantes, donde la seguridad fronteriza se convierte en un tema de alto valor político.
Cuando la confianza se erosiona, la cooperación se vuelve más lenta, más burocrática y menos efectiva. Y en un entorno donde los grupos criminales operan con rapidez y flexibilidad, esa pérdida de sincronía puede tener consecuencias reales.
No es exagerar si afirmamos que estamos viviendo un momento decisivo para México. El discurso presentado en el “Escudo de las Américas” no es un episodio aislado. Forma parte de una tendencia más amplia en la política estadounidense, la búsqueda de un marco narrativo que explique la violencia hemisférica y que, al mismo tiempo, justifique acciones más contundentes.
Para México, el desafío es doble. Por un lado, está la necesidad de gestionar la percepción internacional, especialmente cuando declaraciones de alto nivel moldean la opinión pública global y las decisiones legislativas en Estados Unidos.
Por otro lado, es incuestionable que el gobierno de México requiere urgentemente el fortalecimiento de su propia estrategia de seguridad, mostrando resultados verificables que reduzcan el espacio para narrativas que lo presenten como un foco de inestabilidad regional.
En este contexto, la diplomacia mexicana enfrenta una tarea compleja. La defensa de la soberanía nacional sin romper con los puentes de cooperación indispensables para enfrentar al crimen organizado.
Lo que está en disputa no es solo la interpretación de la violencia criminal, sino el marco conceptual que definirá la relación bilateral para la próxima década. Si prevalece la narrativa de que México es el “epicentro” del caos hemisférico, podrían intensificarse presiones políticas, económicas y de seguridad, afectando negativamente el prestigio nacional.
Para México, este es un punto de inflexión en el que la forma en que se responda en las diversas dimensiones, política, operativa y comunicacional, definirá no solo nuestra posición en el hemisferio, sino también la capacidad institucional para enfrentar uno de los desafíos más complejos de su historia reciente.
SAGRADAS ESCRITURAS: Ezequiel 16:6
Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y te dije: En tus sangres vivirás; te dije: En tus sangres vivirás.




