POR FERNAND PESCADOR GUZMÁN.
Vivimos en un mundo en el que los referentes simbólicos y culturales determinan narrativas, actitudes y conductas. Aquí radica la importancia de Cuba para la izquierda latinoamericana particularmente ahora que el régimen castrista tiró la toalla y púbicamente desecha el marxismo-leninismo como bandera ideológica.
Desde 1959, la Revolución Cubana ha funcionado como símbolo, referente y mito fundacional para amplios sectores de la izquierda en América Latina. Su influencia ha operado en tres planos.
Primero, dentro del imaginario político. La idea de una revolución antiimperialista victoriosa en el hemisferio occidental ha sido una narrativa que capturó la imaginación de varias generaciones de jóvenes, especialmente universitarios. La estética revolucionaria, anclada en la famosa foto del Che Guevara, sentó las bases para la recepción de un marxismo-leninismo “no europeo” que se alejó de los agrios debates sobre el legado político del estalinismo.
En segundo lugar, la revolución cubana sentó, para bien o para mal, un modelo institucional de Estado centralizado, partido único, economía planificada y política exterior militante. Una sirena que sedujo e hipnotizó a jóvenes cuya cultura política de origen, el autoritarismo caudillista latinoamericano, los predispuso a aceptar una nueva versión con ropaje distinto.
En tercer lugar, la revolución activó de forma eficaz redes transnacionales de apoyo a movimientos insurgentes, cooperación médica, alfabetización, diplomacia cultural. No fue menor el impacto de los jóvenes latinoamericanos que al entrar en contacto con sus pares de Europa, Asia, África y el Medio Oriente sintieron que “la historia” estaba de su lado.
Tales coordenadas explican que la caída del régimen castrista, entendida como colapso del sistema político de partido único y transición hacia un orden pluralista, tiene implicaciones que van más allá de la propia isla y afectan la arquitectura simbólica e histórica de la izquierda regional.
No se exagera que asistimos al fin de un ciclo histórico. Cuba es el último régimen sobreviviente de la ola revolucionaria de mediados del siglo XX. Su caída está marcando el cierre definitivo del ciclo de revoluciones socialistas clásicas en América Latina.
La desaparición del último Estado que reivindica explícitamente la tradición marxista-leninista implica la pérdida del principal referente histórico de la izquierda antiinstitucional.
Estamos en un momento en el que la izquierda latinoamericana se ve obligada a reformular su genealogía, desplazando el eje desde la revolución armada hacia temas que, para algunos, sólo son preocupaciones “pequeñoburgueses” tales como el constitucionalismo social, el progresismo democrático, el municipalismo, o las agendas de derechos.
La caída del régimen abriría un espacio para una relectura crítica del legado revolucionario, el inicio de debates internos que hoy permanecen latentes como los derechos humanos y el pluralismo político, la eficacia económica del modelo estatista, la relación entre liderazgo carismático y estructuras de partido único, el balance entre soberanía nacional y libertades civiles.
Una agenda bastante amplia y que tendrá que decidir si mantiene las coordenadas ideológicas del marxismo-leninismo o se plantea repensar la totalidad del concepto de igualdad social.
La izquierda institucional tendría incentivos para distanciarse del modelo cubano, mientras que sectores más radicales podrían reivindicarlo como víctima de presiones externas, intentando preservar el mito.
Pero no todo es materia de aula universitaria. La caída del régimen castrista tiene implicaciones políticas contemporáneas específicas como la reconfiguración de alianzas y narrativas. No hay que olvidar que Cuba ha sido un actor simbólico en organismos internacionales como ALBA, CELAC, Caricom (como socio político) y por supuesto los Foros de Sao Paulo y Puebla. ¿Quién retomará la bandera?
Los gobiernos de izquierda que han mantenido relaciones estrechas con Cuba tendrán que redefinir su política exterior. La narrativa antiimperialista pierde un símbolo histórico central, debilitando su capacidad movilizadora. Toda vez que con la apertura de la isla quede al descubierto la realidad del día a día para los cubanos.
Quizás algunos sectores progresistas moderados podrían fortalecerse, al desvincularse de un modelo autoritario como los es el castrismo. Habrá que ver si en Latinoamérica permean las contrastantes trayectorias políticas y económicas que hoy se ven en Polonia y Hungría, por ejemplo, o en la República Checa y los Balcanes.
Queda claro que pronto veremos la emergencia de nuevas identidades de izquierda, sin un referente revolucionario estatal. Las militancias tendrán que decidir si es posible y viable reorganizarse en torno a otras temáticas como el ecologismo radical, los feminismos populares, el anticolonialismo indígena, las economías solidarias, la tecnopolítica y los derechos digitales.
Como todo capítulo histórico que se cierra, el transito a otro “estadio de desarrollo” será convulso lleno de tensiones entre tradición y futuro, juventud y vejez, teoría contra praxis. Pero que quede claro, así se escribe la historia con h mayúscula.
SAGRADAS ESCRITURAS: 1 Reyes 18:36-40
Al llegar el momento del sacrificio de la tarde el profeta Elías se acercó al altar y oró así: «SEÑOR, Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Ahora te pido que des una prueba de que tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu siervo. Muéstrales que tú me ordenaste que hiciera todo esto. SEÑOR, atiende mi oración, muestra a la gente que tú, SEÑOR, eres Dios. Así la gente sabrá que tú los estás haciendo volver a ti».
Así que el SEÑOR hizo bajar fuego que quemó el sacrificio, la madera, las piedras e incluso la tierra alrededor del altar. El fuego también secó toda el agua de la zanja. Todo el pueblo vio esto, se postró y comenzó a decir: «¡El SEÑOR es Dios! ¡El SEÑOR es Dios!»
Entonces Elías dijo:
—¡Atrapen a los profetas de Baal! ¡Que no escape ninguno!
Así que la gente los capturó y Elías los llevó al arroyo Quisón y los mató a todos.