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Columna de opinión

El poder se está abaratando

Juan Luis Parra

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Juan Luis Parra

 

Hace unos años, fabricar un video convincente de un político diciendo algo que nunca dijo requería conocimientos técnicos, dinero y bastante tiempo. Hoy cualquiera puede intentarlo con una computadora y un poco de paciencia. Pero los videos falsos son apenas una pequeña parte del problema. La inteligencia artificial está haciendo que actividades que antes necesitaban especialistas, grandes presupuestos y semanas de trabajo puedan realizarse en cuestión de horas. Crear programas, analizar información, imitar voces, falsificar documentos y buscar vulnerabilidades informáticas empieza a ser mucho más barato. Y tengo la impresión de que todavía no entendemos el tamaño del desastre que se nos viene encima.

Después de seis meses escribiendo sobre política sonorense en El Tarachi, regreso a estas páginas con mi nombre y con ganas de hablar de asuntos que van más allá de la próxima elección. No porque la política haya dejado de importarme, sino porque hay cambios ocurriendo frente a nosotros que terminarán afectándonos mucho más que el próximo político en su nueva silla. La inteligencia artificial es uno de ellos, y mientras algunos la utilizan para hacer fotografías graciosas o preguntarle qué cocinar, otros están descubriendo cómo ganar dinero, reemplazar trabajadores y aprovecharse de los demás con una facilidad que hasta hace poco parecía imposible.

Durante décadas, saber hacer algo complicado tenía un valor precisamente porque no cualquiera podía hacerlo. Un programador necesitaba años de preparación; una empresa pagaba por diseñadores, investigadores y especialistas. Ahora una parte de ese trabajo puede resolverse con instrucciones escritas en un chat. No significa que los profesionales hayan dejado de ser necesarios, pero sí que muchas empresas empezarán a preguntarse por qué pagar cinco sueldos si pueden obtener resultados parecidos con dos empleados y una suscripción mensualde $300 pesos. Y cuando llegue el momento de repartir los beneficios de esa productividad, tengo pocas razones para creer que los trabajadores serán los primeros en la fila.

Lo verdaderamente inquietante aparece cuando esas capacidades llegan también a quienes buscan hacer daño. La IA ya puede ayudar a encontrar fallas en programas informáticos, automatizar intentos de fraude y producir engaños cada vez más convincentes. No hace falta imaginar a un genio encerrado en un sótano. Basta con alguien dispuesto a utilizar herramientas que reducen el conocimiento necesario para cometer ciertos abusos o delitos. Mientras tanto, proteger un hospital, una empresa o los archivos de un ayuntamiento sigue costando dinero, requiere especialistas y depende de que alguien se tome la molestia de mantener los sistemas actualizados.

Y aquí entra México, un país donde todavía tenemos dificultades para proteger los datos personales y hasta para hacer un registro confiable de las líneas telefónicas. Nuestros gobiernos hablan de digitalización como si modernizar consistiera en inaugurar una plataforma y tomarse una fotografía frente a una pantalla. Pero detrás de cada trámite electrónico hay información que alguien debe proteger. Un expediente médico, una declaración fiscal o una base de datos de beneficiarios pueden convertirse en mercancía para delincuentes. Lo preocupante es que la tecnología avanza a una velocidad que nuestras instituciones, acostumbradas a resolverlo todo con oficios y reuniones, difícilmente podrán seguir.

También hay una contradicción con el discurso de soberanía de Claudia Sheinbaum. Podemos hablar cuanto queramos de independencia nacional, pero si nuestros gobiernos compran sistemas que no comprenden, almacenan información en plataformas que no controlan y dependen de proveedores extranjeros para mantener funcionando servicios esenciales, esa soberanía termina siendo bastante relativa.

El problema no es utilizar tecnología desarrollada fuera de México, sino no tener capacidad propia para supervisarla, sustituirla o siquiera entender qué ocurre cuando falla.

Y luego vienen las elecciones de 2027. Si hoy resulta agotador soportar los spots políticos en televisión, radio e internet, imaginemos las últimas semanas de campaña con miles de videos fabricados por inteligencia artificial, audios de políticos diciendo barbaridades que jamás pronunciaron y documentos falsos mezclados con filtraciones auténticas. Lo peor será que, cuando aparezca una grabación verdadera, cualquiera podrá decir que fue creada por una máquina. Ya no hará falta convencer a todos de una mentira; bastará con conseguir que nadie sepa qué creer.

Por supuesto que esta tecnología también traerá oportunidades. Un emprendedor podrá crear productos que antes no podía pagar, un médico tendrá mejores herramientas para analizar información y una pequeña empresa podrá competir con organizaciones mucho mayores. Pero llevamos demasiado tiempo escuchando que cada revolución tecnológica traerá prosperidad para todos, mientras los beneficios suelen concentrarse mucho antes de que alguien se acuerde de quienes perdieron el empleo. La IA puede producir más riqueza, pero no viene acompañada de ningún mecanismo que obligue a repartirla.

Lo que más me preocupa es nuestra tranquilidad. Seguimos discutiendo si la inteligencia artificial nos quitará el trabajo como si fuera un asunto lejano, cuando las empresas ya están aprendiendo a producir con menos personal y los delincuentes a operar con herramientas más sofisticadas. Los jóvenes podrían encontrarse con un mercado laboral donde desaparezcan precisamente los puestos que antes les permitían aprender una profesión. Y nuestros gobiernos, que apenas consiguen ponerse de acuerdo sobre asuntos bastante más sencillos, tendrán que decidir cómo proteger empleos, datos y derechos frente a tecnologías que mejoran cada semana.

No creo que estemos preparados. Tampoco veo demasiadas señales de que quienes toman las decisiones comprendan la magnitud de lo que está ocurriendo. Durante mucho tiempo, el dinero y los conocimientos especializados limitaron lo que una persona podía hacer, para bien y para mal. Ahora algunas de esas barreras están cayendo, mientras las instituciones encargadas de protegernos siguen moviéndose con una lentitud desesperante.

La IA está abaratando el trabajo, la creación de empresas, el espionaje, la propaganda y el fraude. También está abaratando ciertas formas de ejercer poder que antes estaban reservadas a gobiernos, corporaciones y organizaciones con enormes recursos. Lo que no se está abaratando es la capacidad de defendernos de sus consecuencias. Y en un país donde tantas cosas ya funcionan a duras penas, me temo que el poder se volverá barato mucho antes de que podamos pagar el precio.

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