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Columna de opinión

El mundo en alerta, México de maqueta

Juan Luis Parra

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Juan Luis Parra

 

Europa recomienda a sus ciudadanos almacenar agua, alimentos y medicinas para sobrevivir al menos 72 horas sin servicios básicos. La guerra en Ucrania continúa, los ciberataques ya son capaces de inutilizar sistemas de abastecimiento y las amenazas militares entre Estados Unidos e Irán mantienen en tensión a Oriente Medio.

Nadie sabe si estamos camino a una tercera guerra mundial, pero buena parte del planeta se prepara para tiempos difíciles. En México, mientras tanto, el gobierno sigue empeñado en fabricar automóviles, operar aerolíneas y crear empresas públicas, mientras nuestra clase política se concentra en repartirse los contratos y las candidaturas de 2027.

Parecemos vivir en un país convencido de que las crisis internacionales se resuelven con mañaneras.

Este martes vence el plazo establecido por Nacional Financiera y la Secretaría de Ciencia para atraer inversionistas privados al proyecto Olinia, aquel automóvil eléctrico que Claudia Sheinbaum anunció desde octubre de 2024 y que algunos ya bautizaron como el “Tesla del Bienestar”.

Prometieron vehículos de menos de 200 mil pesos y entregas para el verano de 2027, pero seguimos con dudas sobre la inversión necesaria, la capacidad industrial y la viabilidad de producirlos a ese precio. La apuesta pública contempla 950 millones de pesos, mientras especialistas consultados por El Universal consideran que podría requerirse bastante más.

México ya fabrica automóviles para algunas de las marcas más importantes del mundo. Lo que nadie ha explicado convincentemente es por qué necesitamos que el gobierno también se convierta en fabricante.

En Sonora tenemos otro ejemplo.

López Obrador nacionalizó el litio y creó LitioMx con la promesa de aprovechar uno de los minerales más codiciados de la industria tecnológica. Solo había un pequeño inconveniente: el litio sonorense se encuentra principalmente en arcillas cuya explotación comercial requiere procesos complejos, inversiones enormes y años de investigación y desarrollo. México todavía no dispone de una tecnología probada y rentable para extraerlo a esa escala. Por desgracia, parece que durante el sexenio nadie consiguió explicarle al Licenciado que los minerales no obedecen decretos presidenciales.

Se puede nacionalizar el litio, crear oficinas y nombrar de director al sobrino de Guadalupe Taddei; lo que no se puede ordenar por decreto es que la ciencia resulte rentable.

No tengo ningún problema con un Estado fuerte. Al contrario, lo necesitamos para garantizar seguridad, justicia, salud, educación e infraestructura, además de ofrecer oportunidades reales a quienes nacieron con menos ventajas. Pero una cosa es gobernar y otra pretender que el gobierno debe competir con las empresas. Hay actividades esenciales que justifican su intervención directa; fabricar automóviles o administrar aerolíneas difícilmente figura entre nuestras necesidades más urgentes. López Obrador nos dejó el Tren Maya, Mexicana de Aviación, Dos Bocas y la Megafarmacia, proyectos que siguen demandando recursos y explicaciones sobre sus resultados. Sheinbaum heredó esas obligaciones y, en lugar de concentrarse en hacer funcionar lo existente, parece dispuesta a inaugurar su propia colección de empresas y proyectos emblemáticos.

El problema es que las cuentas nacionales no permiten experimentos. El Fondo Monetario Internacional estima un crecimiento de apenas 1.5 por ciento para México en 2026 y de 1.8 por ciento para 2027. Moody’s calcula que Pemex podría necesitar alrededor de 10 mil millones de dólares anuales de respaldo gubernamental durante los próximos años.

Estamos hablando de una economía que apenas avanza mientras mantiene empresas públicas que requieren apoyos considerables. Ese dinero no aparece por generación espontánea: sale de los contribuyentes, del endeudamiento o de otras inversiones que terminan esperando. Y con semejante panorama todavía encontramos tiempo para proponer que Talleres Gráficos de México amplíe su papel como proveedor del INE, como si la respuesta a cada problema fuera crear o agrandar otra operación gubernamental.

Lo verdaderamente preocupante es nuestra falta de prioridades. Si las tensiones internacionales interrumpieran el comercio, el suministro energético o las comunicaciones, ¿cuánto resistiría México? Dependemos de cadenas de suministro internacionales, necesitamos más electricidad para nuestra industria, tenemos ciudades con problemas de agua, carreteras inseguras y hospitales que todavía enfrentan faltantes de medicamentos.

Europa discute cómo proteger infraestructura crítica y mantener funcionando servicios esenciales ante una emergencia. Aquí seguimos discutiendo quién será candidato, cuántas gubernaturas podrá ganar cada partido y cuál será el próximo gran anuncio presidencial.

La distancia entre las preocupaciones del mundo y las nuestras empieza a resultar inquietante.

No creo que una tercera guerra mundial sea inevitable, pero tampoco encuentro motivos para pensar que México saldría bien librado de sus consecuencias económicas, energéticas y tecnológicas. En un mundo cada vez más inestable, necesitamos gobiernos menos empeñados en convertirse en empresarios y mucho más capaces de garantizar la seguridad, los servicios y las condiciones para que el país funcione. Porque el problema de gobernar con maquetas y promesas de grandeza es que, cuando llega una crisis de verdad, los slogans y discursos no solucionan los problemas reales.

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