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Escuela, calor y padres ausentes

Astrolabio Político

Por: Luis Ramírez Baqueiro

“Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. – Pitágoras.

 

La propuesta de reducir el ciclo escolar 2025-2026 en casi 30 días ha abierto una discusión que va mucho más allá de los calendarios de la Secretaría de Educación Pública. El argumento oficial mezcla dos factores extraordinarios: las intensas olas de calor que se prevén para buena parte del país y el impacto logístico que tendrá la realización del Mundial de Futbol 2026 en México. Y aunque la medida puede debatirse desde el ámbito pedagógico, sanitario y administrativo, lo verdaderamente revelador ha sido la reacción inmediata de un sector de madres y padres de familia.

La pregunta que inundó redes sociales y espacios de opinión fue tan simple como preocupante: “¿Y ahora qué vamos a hacer con los hijos?”

La frase retrata una realidad incómoda que muchos prefieren ignorar. Desde hace años, una parte de la sociedad mexicana dejó de concebir la escuela únicamente como un espacio de formación académica y humana para verla, en los hechos, como una especie de centro de resguardo infantil que permite a los adultos cumplir con sus jornadas laborales, compromisos personales o simplemente mantener ocupados a los menores durante buena parte del día.

La reacción no fue: “¿Cómo compensar el aprendizaje?”
No fue: “¿Qué actividades culturales o deportivas podrían implementarse?”
Mucho menos: “¿Cómo reforzar desde casa la educación de nuestros hijos?”
No. La preocupación central fue quién se hará cargo de ellos.
Y ahí está el fondo del problema.

La educación de un niño no puede delegarse por completo al Estado. La escuela acompaña, instruye y fortalece valores, pero la responsabilidad primaria sigue siendo de los padres. Pretender que toda contingencia social, climática o sanitaria sea absorbida automáticamente por el sistema educativo es una muestra clara de cómo se ha ido erosionando el papel de la familia en la formación cotidiana.

Por supuesto que existen razones legítimas para la preocupación. Hay madres solteras, familias donde ambos padres trabajan jornadas extenuantes, hogares sin redes de apoyo y condiciones económicas complicadas. Sería irresponsable ignorarlo. México no es un país donde todas las familias tengan tiempo, recursos o espacios adecuados para reorganizar sus dinámicas de un día para otro.

 

Pero también es cierto que la comodidad social ha generado una peligrosa costumbre: culpar siempre al gobierno de aquello que corresponde resolver primero al núcleo familiar.

Si las altas temperaturas representan un riesgo para millones de estudiantes en aulas sin ventilación ni infraestructura adecuada, la discusión debería centrarse en cómo mejorar las escuelas. Si el Mundial obligará a modificar calendarios y logística urbana, entonces el debate tendría que enfocarse en cómo evitar rezagos educativos. Pero convertir el tema en una queja porque los hijos estarán más tiempo en casa exhibe una crisis mucho más profunda: la pérdida gradual de la corresponsabilidad parental.

En países con mayor cohesión familiar, los periodos extraordinarios se convierten en oportunidades para fortalecer convivencia, lectura, deporte, arte o actividades comunitarias. Aquí, en cambio, pareciera que cualquier interrupción escolar es vista como una amenaza al ritmo de vida adulto.

La escuela no es una guardería masiva financiada por el Estado. Es —o debería ser— un espacio de aprendizaje integral. Y cuando circunstancias excepcionales obligan a modificar calendarios, también debería activarse algo igual de importante: la responsabilidad de madres y padres de asumir plenamente el papel que nunca debieron abandonar.

Al tiempo.

astrolabiopoliticomx@gmail.com
“X” antes Twitter: @LuisBaqueiro_mx

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