Mauricio Carrera
Antes de su accidente, Eduarda, después de decir hola, preguntaba:
—¿Estás enamorado (o enamorada, según fuera el caso)?
Además, lo remataba con un inesperado:
—¿Qué lees?
Así, de sopetón.
La creían loca, mal de la azotea.
Siempre fue así, diferente; rara, para algunos; extraordinaria, para otros, apartada de lo superficial, de los lugares comunes de la vida social. Eduarda lo había leído en una novela y le había encantado. Hizo suyas aquellas preguntas. Era su filtro para las personas, su tamiz inapelable para el encuentro de ocasión o de resonancias perdurables: el amor y la lectura como requisitos de amistad, de cercanía, de conocer a alguien, de noviazgo, de acostón, de pareja.
Su accidente lo cambió todo. Perder una pierna no es cualquier cosa. Es morir muchito. Sus prioridades cambiaron. Sanarse, aceptarse, dejarse de pendejadas moralistas o existenciales, disfrutarse, vivir la vida como viene y como se va.
Las preguntas se guardaron en el cajón del pasado. Ahí se hubieran quedado, a no ser por la terca coincidencia de los encuentros inesperados. Conoció a Bruno y las desempolvó. Fue la primera vez en cuatro años de no lanzar, como inquietud o duda al oráculo, esas interrogantes.
—¿Estás enamorado? ¿Qué lees?