Columna de opinión
La Costumbre del Poder: Nunca lograremos hacer productivo a PEMEX
Gregorio Ortega Molina
* La paraestatal siempre fue un proyecto político, un programa de aliento ideológico, una necesidad de encender a los electores y, en ese contexto, el gobierno y sus directores nunca lo administraron como una verdadera palanca de desarrollo industrial. Fue, en cierta medida, el rostro laboral de ese PRI que nunca comprendió que debía renovarse
Gregorio Ortega Molina
PEMEX y el PRI tienen idéntico origen y apuntan al mismo destino. El partido político y la paraestatal petrolera fueron creado para alimentar la ideología de la Revolución y alentar el proyecto de nación alumbrado en la Constitución de 1917, la original.
Encontramos explicación y afirmación al aserto anterior, en el ensayo La Revolución inconclusa, la filosofía de Emilio Uranga, artífice oculto del PRI. Su autor, José Manuel Cuéllar Moreno, rescata para nosotros lo siguiente:
“La lucha revolucionaria no estuvo motivada ni orientada por una ideología previa y, por ello, no puede adoptar de manera oficial ninguna filosofía (ni siquiera el liberalismo del siglo XIX) sin traicionarse a sí misma”, por tanto,
“La Revolución seguía vigente. Más aún, era probable que no expirase nunca, dado que no podemos afirmar que la Revolución haya conquistado todas sus metas y que el logro de cada una de estas representa un punto de partida hacia realizaciones superiores que la misma dinámica de la Revolución nos impone”.
“(En México) se transigió no una sino muchas veces con los poderes antiguos, y la Revolución se hizo permanente por la sencillísima razón de que siempre se quedó en agraz, como fruta verde, incompleta, inacabada”.
La expropiación petrolera y el Partido de la Revolución se encargaron de mantener, por más de 50 años, el aliento de lo que dejó de existir antes de que llegaran a las puertas del poder, los requerimientos de un mundo globalizado y de libre comercio, cuando este México nuestro no había concluido y acicalado su proyecto de país nuevo, independiente, con esa idea que quedó disuelta en un mestizaje inacabado y en un criollismo pujante, que siempre puso de lado a las poblaciones originarias. A fin de cuentas, nos enfrentamos al triunfo total de los coletos.
El PRI debió cambiar su nombre, sus documentos fundamentales y su proyecto político, pero no entendieron, los priistas, que la renovación era su único programa para ofrecer a los mexicanos el capítulo posrevolucionario, iniciado cuando José López Portillo se autoproclamó el último presidente de la Revolución.
Pemex siempre fue un proyecto político, un programa de aliento ideológico, una necesidad de encender a los electores, y en ese contexto el gobierno y sus directores nunca lo administraron como una verdadera palanca de desarrollo industrial. Fue, en cierta medida, el rostro laboral de ese PRI que nunca comprendió que debía renovarse.
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@OrtegaGregorio
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