* Era chinga quedito. Me consta, mi esposa debió solicitarle -en tono enérgico y palabras fuertes- que dejara de molestar a Susana, su balance vital. Esperaba más de la amistad de lo que él nunca estuvo dispuesto a dar a cambio. Cuando se enteró de que me habían nombrado secretario particular del subsecretario de Información en la secretaría de Gobernación, me convocó a su casa, me recibió con paté de hígado de ganso, caviar y champaña, tan solo para decirme que conmigo podría enterarse de muchas cosas. Mi respuesta fue puntual: “Don Julio, la palabra secretario viene de secreto”
Gregorio Ortega Molina
Cien años de Julio Scherer García y las opiniones acerca de su vida profesional se desbordan en un número especial de Proceso, y en las columnas de algunos opinadores, pero nadie elige el comportamiento diario del ser humano para bordar un lienzo sobre quién fue en verdad.
Quizá lo conocí durante el anticlímax de su vida total, recién despojado de la dirección de Excelsior. Su hermana Paz, en afán de ayudarlo en ese tránsito del cambio impuesto por la carencia de poder, le organizó comidas dominicales a las que acudí únicamente porque fui su vecino. En ese ámbito, en ese momento, fue cordial, amable con su hermana y los invitados de Julio y los de ella. Pocos. Cinco.
Los hijos, los adolescentes, se turnaban, los menores, entre ellos María, jugaban con mi hijo. ¿Se anudan amistades a los cinco o seis años? No lo creo. María, mujer inteligente -lo deduzco porque la leo en El Financiero– fue desterrada del ámbito familiar porque osó matrimoniarse o emparejarse o unirse a un connotado panista. Ella, a mi juicio, debió heredar el semanario y ser su directora. Ahora lo que se anuncia es la extinción, prefigurada en la edición digital. Esa publicación vive del aura de su director fundador, como se constata por la edición para conmemorar su centenario.
En cuanto a su vida profesional preferí olvidar las opiniones que me compartieron Gastón García Cantú, Ricardo Garibay y Fausto Zapata Loredo, entre otros. El entonces subsecretario de Información de la Presidencia le confió al periodista una frase clave para entender la relación prensa-gobierno: “La lealtad tiene sus niveles, don Julio”, pronunciada poco antes del destape de José López Portillo.
Era chinga quedito. Me consta, mi esposa debió solicitarle -en tono enérgico y palabras fuertes- que dejara de molestar a Susana, su balance vital.
Esperaba más de la amistad de lo que él nunca estuvo dispuesto a dar a cambio. Cuando se enteró de que me habían nombrado secretario particular del subsecretario de Información en la secretaría de Gobernación, me convocó a su casa, me recibió con paté, caviar y champaña, tan solo para decirme que conmigo podría enterarse de muchas cosas. Mi respuesta fue puntual: “Don Julio, la palabra secretario viene de secreto”.
Dos sucesos postreros lo pintan en su carácter. Me invitó a comer a La Cava, ya en Insurgentes Sur, para proponerme que formáramos un juicio público a la actividad profesional de Gregorio Ortega Hernández. Años después fui yo el que lo convoqué para responderle que sí, pero que para hacerlo me diera por escrito su opinión sobre Ortega. Se eché para atrás y se desdijo de su propuesta original. Llevó a un testigo: Rafael Rodríguez Castañeda.
Cuando ingresé al unomásuno me reclamó airadamente. Mi respuesta fue seca: ¿Cuándo me invitó a Proceso?
@OrtegaGregorio