Columna de opinión
La Costumbre del Poder: Sheinbaum-Scherer, la simbiosis
Gregorio Ortega Molina
* Cuando la doctora Sheinbaum Pardo sostiene que no ha leído ni leerá el texto con la memoria de Julio Scherer Ibarra y la habilidad reporteril de Jorge Fernández Menéndez, es porque quizá fueron motivadas desde el Ejecutivo o, al menos, por instrucciones de la Presidencia de la República. Puede ser constatable que no lo ha leído ni lo leerá impreso, encuadernado, con sello editorial, porque conoció el contenido y supo del modo en que se narra, para auspiciar su distribución. Es un tenue deslinde para que, efectivamente, se perciba entre la sociedad y los formadores de la opinión pública, que dejaron ya de ser iguales
Gregorio Ortega Molina
Debemos considerar dos hechos para aclararnos la duda sobre el origen del nacimiento de Ni venganza ni perdón.
El que se lea y discuta demuestra que Scherer no es ningún pusilánime, y también que es verdad que el quehacer político, la administración del poder se sustenta, en buena parte, en esos usos y costumbres que se heredan de una civilización a otra y de los antecesores a quien los suceden en los cargos. Van en el paquete de la ceremonia de entrega y recepción.
Los que han vivido y conocen los entresijos del ejercicio del poder real, saben que hay gestos, consideraciones que han de hacerse para proceder a limpiarse el camino de quien ese momento está en la cúspide, es honrado como una divinidad.
Cuando la doctora Sheinbaum Pardo sostiene que no ha leído ni leerá el texto con la memoria de Julio Scherer Ibarra y la habilidad reporteril de Jorge Fernández Menéndez, quizá motivadas desde el Ejecutivo o, al menos, por instrucciones de la Presidencia de la República. Puede ser constatable que no lo ha leído ni lo leerá impreso, encuadernado, con sello editorial, porque conoció el contenido y supo del modo en que se narra, para auspiciar su distribución. Es un tenue deslinde para que, efectivamente, se perciba entre la sociedad y los formadores de la opinión pública, que dejaron ya de ser iguales.
Lo considero así porque conozco a Scherer Ibarra desde que era un adolescente, cuando defenestraron a su padre de Excélsior y a Porfirio Muñoz Ledo de la Secretaría de Educación Pública. Fue entonces que su hermana Paz le organizó comidas dominicales en familia, en las que los exógenos fuimos el doctor Samuel Máynez y su esposa, y los Ortega Gilly. Ahí lo vi y lo escuché. Conozco su talante, sé lo que puede y lo que no.
Hemos leído las versiones sobre la amistad que el señor Scherer Ibarra dice profesarle a la doctora Sheinbaum Pardo, tan inquebrantable como la que anudó con Andrés Manuel López Obrador. Inquebrantable hasta que no.
No pocos permanecerán en el primer piso. Ahora se escala a la segunda planta de la regeneración nacional. Pronto seremos testigos de constatar si lo logran o pesan más la estulticia y voluntad de un solo hombre.
@OrtegaGregorio
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