Luis Farías Mackey
Hoy las preguntas más reiteradas en México son: ¿dónde están los ciudadanos, por qué su pasividad política, dónde están los partidos, dónde los empresarios? Las respectivas respuestas tienen vasos comunicantes.
Empecemos de atrás para adelante, en México hay dos tipos de empresarios, ambos con iguales capacidades emprendedoras, la diferencia radica en su relación con el poder; los cercanos a él, con los que éste hace negocios, por corrupción o por una relación parasitaria de concesiones, permisos y contratos, suelen ser beneficiados, protegidos, asociados y hasta explotados, pero jamás queridos; los otros solo existen para el poder fiscalmente hablando y si hacen gestos enfrentan al SAT y a la UIF. Por tanto, esperar de ellos una revolución es imposible. Además, entendámoslo, lo suyo es la utilidad, no la política que, de ejercerla, siempre será con miras a aquélla, no podría ser de otra manera.
Los partidos son todo menos entes políticos, son negocios a la sombra del poder que no requieren ni siquiera control, ellos mismos se autolimitan para no ser expulsados del paraíso de la democracia mexicana, más ahora con la hegemonía que en él ha adquirido la serpiente del crimen organizado de cuyas manzanas se alimentan en buena medida.
Llegamos así a los ciudadanos, pero tendría que preguntar ¿cuáles?
Durante mucho tiempo supuse que el gran bulo de nuestra generación era la democracia ideal, diseñada por y para los reyes filósofos de Platón, incrustados en el academicismo nacional y en la intelectualidad mediática. Pero estaba equivocado, el mayor engaño político desde el surgimiento del México Independiente es la existencia de ciudadanos. Nuestra pátina constitucionalista desplantó el acto constituyente sobre una ciudadanía que solo existía como idea y como ideal, pero desde entonces todos asumimos la mentira, unos para dominar, otros para ser dominados y, a cambio y en buena parte, mantenidos. No somos ciudadanos, ni siquiera sabemos cómo serlo. Cuando forzados por las circunstancias hemos tenido que actuar como tales, no hemos pasado de gesticuladores.
Es por ello que el poder siempre ha “podido poder”, por eso nos quieren ignorantes, necesitados, aterrados y dependientes, y, en muchos casos, lo somos con aquiescencia y agrado; en consecuencia, nuestros empresarios o se amanceban al poder o lo padecen, y nuestros partidos son personajes de reparto en la tragedia del poder en México, no son organizaciones ciudadanas.
Súmese a ello la crisis de todo el edificio político occidental, la desaparición del espacio público propia del mundo de la información y la tecnología, la muerte del discurso y la acción políticos, y, por último, de lo distinto, lo comunal e identitario. Hoy miles de millones migran sin mundo propio por el globo terráqueo, y muchos más se les sumarán en breve tiempo, de entre ellos muchos son mexicanos, aunque otros, todavía sin necesidad de migrar trasfronteras, adolecemos por igual de un mundo propio y compartido.
No solamente carecemos de ciudadanos, política y democracia, estamos faltos de mundo, de eso que solíamos llamar México y nuestro, y con el que nos identificábamos y hermanábamos como mexicanos.
Tenemos la fachada de un Estado Nación pintada con los colores de la democracia y con letreros en luces de neón de República representativa y soberana, pero tras su umbral un páramo yermo e inhóspito se extiende en horizonte, un erial poblado pero sin vida, o al menos sin vida que podamos llamar compartida.
¿Quién se opone hoy al poder, si todos estamos ocupados en nuestros smartphones, si deliberamos con una pantalla, hacemos la revolución twitteando y el amor con tutoriales de YouTube?
Pero el problema no es la crisis de lo político, ni las incapacidades ciudadanas, ni nuestras instituciones políticas de pose y festín, es la muerte del mundo que los hace posibles y la entronización de la indiferencia política.
La ivT no nos es ajena, es la expresión más fiel del desastre que hemos construido a base de mentirnos hasta de nuestras mentiras. Hoy le tememos a mentecatos, soportamos meretrices y somos gobernados por indiciados e ineptos.