NÉMESIS
Fernando Meraz Mejorado
Existe un flanco donde la sangre se congela y el grito se ahoga: es el robo de la semilla, el secuestro de la infancia y la juventud. En esta tierra herida, los niños y los jóvenes son arrancados de sus hogares para engrosar las filas oscuras de un ejército sin bandera, que sirve a los amos del crimen organizado.
***
Van por su propio pie, atraídos por el brillo falso del dinero, o son arrebatado, secuestrados por la fuerza, como fruta verde cortada antes de tiempo. Ya no juegan, sino que obedecen… y matan.
Como bien señala el maestro Eduardo García Anguiano ayer en su publicación en Reforma, los números no mienten, son lágrimas contadas: entre 2019 y 2024, el abismo se tragó a 46 mil 660 jóvenes de entre 19 y 29 años. Un promedio de más de siete mil almas perdidas cada año. De ellos, 18 mil 381 siguen siendo sombras en el viento, sin nombre ni paradero, y 3,152 fueron devueltos por la muerte.
Para dimensionar la tormenta: en 2018 eran cinco mil los desaparecidos. Hoy, en 2025, la cifra ha crecido hasta casi los diez mil, dejando abiertos más de cuatro mil expedientes, casi la mitad del total, como heridas que no cicatrizan.
***
Todo esto tiene nombre y apellido: es la maquinaria del mal que se alimenta de lo más frágil.
***
La Red por los Derechos de la Infancia nos muestra la profundidad del abismo: antes, el crimen tocaba a la puerta de los 12 o 15 años. Hoy, la mano oscura llega a los nueve, a los diez, e incluso a los seis años de edad. Mientras la sociedad duerme o se desentiende, el número de escolares secuestrados por la violencia crece como hierba maldita.
***
La escuela falla, la educación se ausenta, y el vacío que deja es llenado por la narcocultura. Allí se enseña otro camino, se forja otra alma, se mata la inocencia con fría determinación.
Y así se construye la escalera del infierno: a los nueve años, sirven de ojos y oídos, de espías que vigilan desde la sombra, Halcones. A los doce, ya conocen los secretos, custodian las cárceles privadas, las “casas de seguridad” donde el dolor habita. A los catorce o dieciséis, ya no son niños, son graduados: se convierten en ejecutores de muerte, sicarios o mercaderes del veneno en las tienditas de la desgracia.
***
Dejan atrás la risa, el patio, el regazo materno. Cambian la vida por un uniforme de muerte y una pistola. Incluso pervierten la fe, usando la religión como cadena para atarlos a su suerte, y drogan su futuro para que no puedan ver la luz.
***
No podemos olvidar que cuando se cerraron las estancias infantiles, por instrucciones de López Obrador, se abrieron las puertas del abandono. Madres trabajadoras, desprotegidas, vieron cómo la ausencia de cuidado era aprovechada por la delincuencia como una oportunidad.
Y hay quienes toman las armas no por maldad, sino por desesperación, para defender lo poco que tienen, como esos niños policías comunitarios en Ayahualtempa, Guerrero, donde la infancia se ve obligada a portar el peso de la ley y el acero.
***
Las familias ya no buscan a sus hijos porque se fueron de fiesta o porque gastaron el dinero de la beca. Los buscan porque fueron devorados por la bestia, porque fueron reclutados o asesinados.
***
Pero dicen que aquí todo está en calma, que todo marcha “requetebien”.
Mientras tanto, la Némesis avanza, y la inocencia sigue siendo el cadáver más hermoso y ultrajado de nuestra patria.-oOo-