POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.
En un momento en que México enfrenta presiones crecientes en materia de seguridad, migración y comercio, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum decidió confrontar públicamente a una de las figuras demócratas más influyentes en Estados Unidos, el exembajador Ken Salazar. Al acusarlo de “mentiroso” y sugerir que podría ser investigado por la Fiscalía General de la República, la administración mexicana parece haber optado por una estrategia de choque que, según analistas, podría deteriorar la interlocución con sectores clave de Washington.
La disputa surge en un contexto particularmente delicado. La relación bilateral atraviesa tensiones por la violencia criminal, la crisis migratoria y la presión del Congreso estadounidense para endurecer la cooperación en seguridad. En ese escenario, Salazar, quien fue embajador en México entre 2021 y 2025, ha mantenido una presencia activa en debates sobre política fronteriza y migración, convirtiéndose en una voz escuchada dentro del Partido Demócrata. Su influencia, lejos de diluirse tras dejar la embajada, se ha consolidado en Colorado y en los círculos centristas del partido.
Un actor político con peso real en Washington
Ken Salazar no es un diplomático retirado ni un operador menor. Su trayectoria lo coloca en el corazón del establishment demócrata. Fue secretario del Interior bajo Barack Obama, senador por Colorado y el primer latino en representar a ese estado en la Cámara Alta. Su perfil moderado lo llevó a integrar el llamado Gang of 14, un grupo bipartidista que logró destrabar nombramientos judiciales en un momento de fuerte polarización política.
Tras su paso por México, Salazar regresó a la política estadounidense con una agenda centrada en seguridad fronteriza e inmigración. Su “plataforma para las zonas fronterizas” ha sido utilizada por líderes demócratas para construir propuestas migratorias más pragmáticas, alejadas de los extremos ideológicos. En un partido dividido entre alas progresistas y moderadas, Salazar funciona como un puente, es un interlocutor capaz de dialogar con republicanos sin perder legitimidad dentro de su propio partido.
Además, mantiene influencia en Colorado, un estado con 10 votos electorales y un ecosistema político donde su figura sigue siendo relevante. Ha explorado pretensiones a la gubernatura y, según reportes, incluso a una eventual candidatura presidencial. Para México, esto significa que Salazar es un actor con futuro político, no un diplomático en retiro.
La confrontación desde Palacio Nacional
La decisión del gobierno mexicano de descalificarlo públicamente sorprendió a observadores en ambos países. En lugar de aprovechar la interlocución con un demócrata moderado, justo cuando la relación con sectores republicanos se ha vuelto más ríspida, la administración de Sheinbaum optó por quemar puentes con una figura que podría ser clave en la construcción de acuerdos bilaterales.
La acusación de “mentiroso” y la insinuación de una posible investigación por parte de la FGR fueron interpretadas en Washington como un gesto hostil. Funcionarios y exfuncionarios estadounidenses han señalado que este tipo de confrontaciones suelen tener costos diplomáticos, especialmente cuando se dirigen a figuras con peso político interno.
Para México, el riesgo es doble. Por un lado, se deteriora la relación con un actor que podría influir en la agenda migratoria y de seguridad del Partido Demócrata. Por otro, se envía una señal de desconfianza hacia quienes han trabajado en la relación bilateral desde una perspectiva pragmática. En un momento en que el Congreso estadounidense evalúa medidas más duras contra el crimen organizado transnacional, perder aliados moderados podría complicar la defensa de los intereses mexicanos.
¿Un error estratégico?
Desde la perspectiva de analistas consultados, el movimiento del gobierno mexicano parece más reactivo que estratégico. En lugar de fortalecer canales de comunicación con Washington, la administración de Sheinbaum ha optado por una narrativa de confrontación que podría aislar a México en debates cruciales.
La relación con Estados Unidos no depende únicamente de la Casa Blanca. El Congreso, los gobernadores fronterizos, los comités de seguridad y los actores políticos con influencia regional, precisamente como Salazar, juegan un papel determinante. En ese ecosistema, quemar puentes con un demócrata moderado podría ser contraproducente.
Además, la confrontación ocurre mientras México intenta mantener cooperación en temas sensibles como comercio, energía y migración. La administración de Sheinbaum ha buscado proyectar una imagen de continuidad institucional, pero episodios como este generan dudas sobre la capacidad del gobierno para manejar la relación bilateral con pragmatismo.
El mensaje hacia el Partido Demócrata
La disputa con Salazar también envía un mensaje, quizás no intencional, hacia el Partido Demócrata, de que México está dispuesto a confrontar incluso a figuras cercanas a la administración de Barack Obama y al ala moderada del partido. Esto podría complicar la interlocución con legisladores que han defendido la cooperación bilateral en momentos de tensión.
En Colorado, donde Salazar conserva influencia, la reacción ha sido de sorpresa. Para un estado que ha mantenido relaciones económicas y culturales con México, la confrontación podría ser interpretada como un distanciamiento innecesario.
Conclusión: un frente abierto sin beneficios claros
La pregunta es inevitable ¿Qué gana México con este pleito? La respuesta, hasta ahora, parece ser nada.
El costo, en cambio, es claro. Salazar conserva peso político en Colorado, y su figura podría volver a ocupar un cargo relevante en el futuro. En ese contexto, convertirlo en antagonista es una apuesta difícil de justificar.
En diplomacia, los gestos importan. Y este gesto, dirigido a un actor con influencia real en el Partido Demócrata, parece abrir un frente innecesario y potencialmente costoso. México no puede darse el lujo de aislar a quienes podrían ayudar a amortiguar tensiones en la relación bilateral.
Sheinbaum ha decidido pelear una batalla que no necesitaba. Y en política exterior, las batallas innecesarias suelen ser las más caras.