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La vejez huele, pero la ignorancia apesta

Ciencia, “edadismo” y micrófono fácil. La biología explica el aroma de los años, pero la soberbia pública no tiene justificación

Las integrantes del videopodcast “Descasadas” convirtieron una conversación frívola en una exhibición de “edadismo” al burlarse del olor, el cuerpo y las enfermedades de las personas mayores. La ciencia explica que el envejecimiento puede modificar el aroma corporal; lo que no puede justificar es la ignorancia, la crueldad y la falta de responsabilidad pública de estas indolentes, quienes hicieron de la vejez un motivo de escarnio

Alberto Carbot

 

En los últimos días se difundió ampliamente un fragmento del videopodcast Descasadas, un espacio conducido por la diputada poblana Nayeli —Nay— Salvatori. En la conversación participaron Salvatori, su hermana Hilda, la actriz y conductora Nadia de la Rosa y la también diputada local Elvia Graciela —Grace— Palomares. Lo que pretendía ser una charla desinhibida sobre relaciones con hombres mayores terminó convertido en un lamentable ejercicio de mofa; entre risas se dijo que los hombres de cierta edad “huelen a baúl”, que “se están pudriendo” y que padecen enfermedades crónico-degenerativas.

Aclaro que no hablamos de dos desconocidas sorprendidas en una conversación privada. Nayeli Salvatori Bojalil y Elvia Graciela Palomares Ramírez son diputadas de Morena en el Congreso de Puebla, aunque después se anunció que se les habían retirado sus derechos partiditas. La primera representa al distrito 18, con cabecera en Cholula, y la segunda al distrito 16 de la capital poblana; es decir, cobran del erario y ejercen una representación pública que debería exigirles un mínimo de prudencia, respeto y conocimiento de la población a la que sirven.

Salvatori sostuvo después que no se referían propiamente a los adultos mayores, sino a hombres de entre 45 y 54 años, y ofreció disculpas a quienes se sintieron agraviados. La precisión, sin embargo, no mejora demasiado las cosas: llamar “viejitos” a personas de esa edad, burlarse de sus cuerpos y asociarlas con putrefacción, sigue siendo “edadismo” —que se refiere a la discriminación, el prejuicio o la descalificación de una persona por su edad—, aunque se disfrace de humor, desparpajo o revancha contra los hombres.

Pero vayamos al fondo. ¿Existe realmente un olor corporal relacionado con el envejecimiento? Sí. Es verdad. La ciencia lo ha estudiado, pero lo que no existe es fundamento alguno para confundir ese proceso biológico con suciedad, abandono o falta de dignidad.

Consulté estudios y publicaciones científicas y encontré que en 2001, el investigador japonés Shinichiro Haze —junto con Yoko Gozu, Shoji Nakamura, Yoshiyuki Kohno, Kiyohito Sawano, Hideaki Ohta y Kazuo Yamazaki—, publicó en el Journal of Investigative Dermatology (Revista de Dermatología Investigativa) un trabajo sobre los cambios del olor corporal asociados con la edad.

Mediante cromatografía de gases y espectrometría de masas, el equipo analizó muestras de personas de entre 26 y 75 años y en ese estudio identificaron en los participantes de 40 años o más, un aldehído llamado “2-nonenal”.

Leí que el “2-nonenal” se forma a partir de la degradación oxidativa de ciertos ácidos grasos omega-7 presentes en los lípidos de la superficie cutánea. Dicho sin tanta bata blanca ni lenguaje propio de especialistas, se asegura que conforme se envejece, las grasas naturales de la piel entran en contacto con procesos de oxidación y generan moléculas volátiles que pueden modificar el aroma corporal. El equipo de Haze encontró una correlación entre el “2-nonenal”, los ácidos grasos omega-7 y los peróxidos lipídicos. Es decir, el estudio aclara que no es podredumbre, ni es mugre, sino un simple proceso de química orgánica.

Los autores describieron el aroma del compuesto como “graso y herbáceo”. Pero las desatinadas comparaciones de las macuarras legisladoras e influencers sobre el aroma y olor de las personas mayores, que equiparan a las personas mayores con un baúl, un armario cerrado, cartón o ropa guardada durante mucho tiempo, son interpretaciones culturales de ese olor, no diagnósticos médicos.

Además, sería incorrecto afirmar que toda persona cumple determinada edad y, como si sonara un reloj, comienza automáticamente a despedir el mismo aroma. Obvio, desconocen que la intensidad varía según la genética, la alimentación, la higiene, la ropa, el ambiente, la salud y la propia composición de la piel.

Leí más: que con los años se modifican la producción de sebo, la composición de los lípidos cutáneos, la hidratación, el pH, la función de barrera y la microbiota —es decir, la comunidad de microorganismos que vive normalmente sobre nuestra piel—, y que las hormonas también influyen, durante las distintas etapas de la vida, en las glándulas sebáceas y sudoríparas. Pero sería simplista pensar como ellas e inventar una supuesta “hormona del olor a viejo”, porque el fenómeno es multifactorial y la explicación mejor documentada apunta a la química de los lípidos y a su oxidación.

Lo que la ciencia desmiente

Existe, además, un dato que destruye buena parte del prejuicio de las muchachitas de juventud presuntamente eterna. En 2012, Susanna Mitro, Amy Gordon, Mats Olsson y Johan Lundström compararon los olores corporales de personas jóvenes, de mediana edad y de entre 75 y 95 años.

El hallazgo no proviene de una ocurrencia divulgativa, sino de ese equipo internacional vinculado a instituciones especializadas en la investigación del olfato. Susanna Mitro y Amy R. Gordon realizaron la parte experimental del estudio, mientras que Mitro y el neurocientífico Johan N. Lundström analizaron los resultados; Mats J. Olsson, profesor de Psicología Experimental y estudioso de la función social del olfato, participó también en la interpretación y redacción del trabajo. Lundström, hoy profesor especializado en percepción olfativa en el Instituto Karolinska, ha dedicado su carrera a estudiar cómo el cerebro identifica y valora los olores.

Los participantes pudieron distinguir el olor correspondiente al grupo de mayor edad; sin embargo, lo calificaron como menos intenso y menos desagradable que el de los grupos jóvenes y de mediana edad.

 

En otras palabras, un olor puede ser reconocible sin ser necesariamente repulsivo. La repugnancia, muchas veces, no está en la molécula, sino en la etiqueta y en el prejuicio de quien la percibe. El olor corporal tampoco depende únicamente de la edad. Algunas enfermedades, medicamentos y circunstancias personales pueden modificar el aliento, el sudor o los olores que acompañan a una persona.

La movilidad reducida puede dificultar el baño o el cambio frecuente de ropa; la incontinencia requiere cuidados específicos; los problemas dentales pueden producir halitosis; ciertos fármacos alteran la sudoración, y una habitación mal ventilada puede impregnar textiles, muebles y objetos. Nada de esto es motivo de burla. Son condiciones humanas que exigen atención médica, cuidados y solidaridad.

Lo digo también desde una condición concreta: quienes desafortunadamente viven con diabetes no despiden, por el simple hecho de tenerla, un supuesto olor desagradable; eso sería otro disparate. Sin embargo, cuando existe una descompensación grave, como la cetoacidosis diabética, el organismo produce cetonas y el aliento puede adquirir un olor afrutado o semejante a la acetona. No es una curiosidad para hacer chistes de cantina, sino una señal de alarma que puede requerir atención médica urgente.

En fases avanzadas, la insuficiencia renal también puede producir un aliento parecido al amoníaco, y la insuficiencia hepática puede ocasionar un olor dulzón, rancio o mohoso conocido como fetor hepaticus. Una vez más, hablamos de manifestaciones clínicas, no de defectos morales. La enfermedad no degrada la dignidad de nadie; pero lo que sí degrada a una sociedad es convertir la enfermedad en entretenimiento televisivo o de Internet.

Hay, por tanto, una diferencia decisiva entre explicar y humillar. La medicina observa, mide, compara y trata de comprender; en cambio, la mofa toma una característica corporal, la exagera y la utiliza para rebajar a una persona. Una cosa es reconocer que el organismo cambia con los años y otra, muy distinta, hablar de seres humanos que ya cruzaron el umbral de los 60 —y aún estúpidamente, de la gente de 45—, como si fueran objetos ya echados a perder.

Del chiste fácil a la responsabilidad pública

La polémica ya tuvo consecuencias. Morena en Puebla se deslindó de las expresiones y ofreció una disculpa pública; Salvatori y Palomares difundieron también sus propios mensajes de disculpa. Me divierte pensar que el podcast Descasadas llegó a su fin y que, por lo visto, bien pudo haberse llamado Descastadas, no por estar desligadas de un marido, sino por haberse mostrado divorciadas de la empatía, el decoro y el respeto elemental hacia los demás. Nadia de la Rosa, además, anunció que dejaría de aparecer, “hasta nuevo aviso”, en el programa Aquí Estamos, de Televisa Puebla

Las disculpas son necesarias, pero no borran el episodio ni la mentalidad que reveló ante miles de internautas. Quienes ocupan cargos públicos no pierden su responsabilidad cuando encienden una cámara y deciden comportarse como influencers. El micrófono no suspende la investidura; por el contrario, amplifica tanto las palabras como la ignorancia que pueda haber detrás de ellas.

Y queda una última consideración para estas señoras —señoritas, diputadas, conductoras, youtuberas o como prefieran presentarse—, y es el hecho de que también ellas envejecerán, si la vida les concede ese privilegio. Y podemos apostar doble contra sencillo a que sus cuerpos cambiarán, aparecerán arrugas, disminuirá la elasticidad de su piel y quizá su olor será distinto. Tal vez entonces recuerden aquellas risitas desmadrosas frente a las cámaras y comprendan que el tiempo no respeta credenciales, seguidores, cargos públicos ni filtros de Instagram.

Ojalá, llegado ese momento, alguien las trate con mayor inteligencia, compasión y respeto del que ellas mostraron frente a la cámara, porque muchos consideran que, como chiste, aquello no tuvo ninguna gracia, y como expresión de servidoras públicas, fue todavía peor.

Y sí, la vejez tiene olor, pero la ignorancia, cuando se sienta frente a un micrófono, apesta mucho más.

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