José Luis Parra
Morena tiene un serio problema con Andrés Manuel López Beltrán.
No por sus aspiraciones políticas. Tampoco porque quiera ser diputado federal por Tabasco. Mucho menos porque cargue un apellido que, para bien o para mal, pesa toneladas dentro de la 4T.
El problema son las cuentas.
O mejor dicho: La falta de cuentas.
Resulta que durante su paso por la Secretaría de Organización de Morena, el hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador realizó 144 viajes distribuidos en cinco giras nacionales.
Viajar no es delito.
Hacer política tampoco.
Y recorrer el país para afiliar militantes, menos.
El pequeño detalle es saber quién pagó.
Porque cuando llega la hora de abrir los libros, aparecen registros de apenas una parte de esos recorridos. Primero fueron 26 traslados. Después, empujados por solicitudes de transparencia y recursos de queja, aparecieron otros 24.
Milagro administrativo.
Cuando preguntan, aparecen papeles.
Pero todavía quedan 94 viajes confirmados públicamente que no encuentran asiento cómodo en la contabilidad partidista.
Quizá viajaron solos.
O los pagó el Espíritu Santo.
Morena argumenta que no existen reportes en el Sistema Integral de Fiscalización correspondientes a varios de esos movimientos y que únicamente puede informar sobre aquello que obra en sus registros.
Magnífica salida.
Si no está anotado, no existe.
Aunque existan fotografías, publicaciones, recorridos y actos políticos.
Sería un extraordinario método para resolver muchos problemas nacionales.
No hay registro de inseguridad, pues no hay inseguridad.
No hay registro de corrupción, pues no hay corrupción.
No hay registro del gasto, pues nadie gastó.
Qué fácil.
El asunto adquiere otra dimensión porque Andrés Manuel López Beltrán no era cualquier militante recorriendo rancherías con una mochila al hombro. Era secretario de Organización del partido gobernante y encabezaba una operación nacional de afiliación que, al momento de dejar el cargo, presumió haber llevado a Morena hasta los 10 millones de militantes.
También aseguró que siete millones habían sido credencializados.
Otra vez aparecen las cuentas.
Porque tampoco ha sido precisamente sencillo conocer cuánto costó esa credencialización.
Morena ha puesto obstáculos para transparentar los contratos relacionados con esas credenciales y argumentó que el asunto se encontraba sujeto a fiscalización del INE.
El problema fue que la Comisión de Transparencia del propio Instituto terminó concluyendo que el partido incumplió con sus obligaciones al no acreditar una búsqueda exhaustiva de la información.
Estamos frente a una costumbre.
Y las costumbres políticas suelen convertirse en sistema.
Resulta paradójico que un movimiento que durante años utilizó la bandera de la transparencia para señalar los excesos del viejo régimen termine utilizando argumentos burocráticos para explicar por qué no aparecen sus propias cuentas.
Cambian los partidos.
Cambian los colores.
Pero algunos archivos siguen extraviándose con extraordinaria facilidad.
Y todo esto ocurre mientras el país estrena un nuevo modelo de transparencia después de la desaparición del INAI.
Transparencia para el Pueblo se llama ahora el organismo encargado de buena parte de esas funciones.
Falta saber si también habrá transparencia para conocer lo que gasta el partido del pueblo.
Porque Andrés Manuel López Beltrán ya dejó la dirigencia nacional y ahora recorre Tabasco.
Aspira a una diputación federal.
La política sigue.
Los recorridos también.
Incluso ya enfrenta señalamientos por presuntos actos anticipados de campaña debido a sus visitas por localidades del sexto distrito federal.
Así que mientras camina hacia su próxima candidatura, detrás viene arrastrando una pequeña maleta.
No sabemos cuánto costó.
Tampoco quién la pagó.
Y precisamente ese es el problema.
En política los apellidos pesan.
Pero las facturas también.