Columna de opinión
¿Limpieza o purga política?
José Luis Parra
José Luis Parra
En el escenario político actual los simples mortales se hacen una pregunta doble: ¿Acaso Claudia Sheinbaum ya se hartó de la corrupción heredada del sexenio anterior y decidió poner orden en casa, sin importar quiénes caigan?
O bien, ¿estamos ante una estrategia cuidadosamente diseñada para declarar su independencia del caudillo, debilitar a Morena y fortalecer una opción política para el futuro cercano, como podría ser el Partido Verde?
Quizá sean ambas.
Una verdadera simbiosis política.
Y hasta creíble.
Porque en política no necesariamente se requiere romper públicamente con el jefe para desmantelar su estructura de poder. Basta con ir retirando algunas piezas del tablero y dejar que el resto entienda el mensaje.
Claro, siempre que exista voluntad para llegar hasta las últimas consecuencias.
La estrategia anticorrupción de Sheinbaum tiene ingredientes interesantes. El huachicol fiscal, las investigaciones contra empresas factureras y la anunciada reorganización del sistema anticorrupción abren un escenario en el que podrían resultar afectados intereses construidos durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
De hecho, el gobierno federal reconoce investigaciones relacionadas con el contrabando de combustibles. Pero Sheinbaum también ha aclarado que, hasta donde le ha informado la Fiscalía, no existen investigaciones contra Adán Augusto López y Andrés López Beltrán por ese asunto.
Por eso resulta prematuro cantar victoria en la batalla contra la corrupción.
Una cosa es perseguir a los operadores de los negocios y otra muy diferente llegar hasta quienes pudieron protegerlos desde las alturas del poder.
Ahí está la verdadera prueba.
Y mientras se aclara si estamos ante una limpieza general o una operación quirúrgica, otra pregunta flota en el ambiente enrarecido:
¿Hay alguna injerencia de Estados Unidos en esta tarea de limpiar la casa?
Pueque.
La colaboración entre las instituciones de seguridad mexicanas y estadounidenses, en un ambiente de presiones de Washington para combatir el narcotráfico y la corrupción, añade otro ingrediente al complejo escenario nacional.
No demuestra una intervención estadounidense en las decisiones políticas internas.
Pero obliga a observar cuidadosamente los acontecimientos.
Porque una cosa es combatir la delincuencia organizada y otra que las investigaciones terminen modificando los equilibrios de poder dentro del régimen.
Y en México ambas cosas podrían cruzarse.
Mientras tanto, algunos beneficiarios del sistema tienen motivos para andar en desasosiego.
Claro, particularmente quienes tengan pecados que esconder cometidos al amparo del poder.
Y aquí aparece otro ingrediente explosivo.
El Instituto Nacional Electoral.
Especialmente la oficina principal, ocupada por la sonorense Guadalupe Taddei.
Resulta que las investigaciones periodísticas sobre presuntas irregularidades en contrataciones del organismo electoral alcanzaron un nuevo nivel con la información sobre empresas proveedoras investigadas por la Unidad de Inteligencia Financiera. También surgieron exigencias de auditorías a las adquisiciones realizadas durante la gestión de Taddei.
Se trata, por ahora, de señalamientos e investigaciones que deberán esclarecerse, no de responsabilidades penales demostradas.
Pero el problema político ya está sobre la mesa.
Y la pregunta es inevitable:
¿Van por Guadalupe Taddei y algunos integrantes de su círculo cercano?
Quién sabe.
Lo cierto es que el expediente de las contrataciones abre un frente delicado para la presidenta del INE, precisamente cuando el organismo enfrenta presiones para modificar su estructura y funcionamiento.
Por eso surge otra interrogante:
¿Primero limpiar el cochinero y después desaparecer o transformar al INE?
Cuidado.
Porque la historia política mexicana tiene abundantes ejemplos de operaciones de limpieza utilizadas para justificar cambios institucionales de gran calado.
La reforma electoral impulsada por Sheinbaum ya provocó una fractura legislativa entre Morena y sus aliados del Verde y el Partido del Trabajo. La propuesta original fue rechazada en marzo y posteriormente se negoció una versión más limitada.
Eso demuestra que la maquinaria oficialista no funciona con la disciplina absoluta de otros tiempos.
Y en ese escenario el Partido Verde adquiere una importancia especial.
Sus dirigentes han ganado capacidad de negociación, espacios políticos y presencia en entidades donde también compiten aspirantes de Morena.
¿Podría convertirse en una especie de refugio político para quienes busquen mantenerse cerca de Sheinbaum, pero lejos de las disputas internas del obradorismo?
Es una posibilidad.
Aunque de ahí a asegurar que la presidenta está construyendo su propio partido hay un trecho considerable.
Por ahora se trata de una hipótesis.
Pero en política las lealtades suelen durar exactamente lo que duran los intereses.
Y los intereses están cambiando.
Lo paradójico sería que, mientras se habla de combatir la corrupción, el régimen terminara debilitando al árbitro electoral.
Porque Morena y sus aliados, con sus diferencias internas y sus batallas por candidaturas, podrían sentirse tentados a recuperar algunas de las viejas glorias del PRI.
Aquellas épocas en las que el partido gobernante era juez y parte de los procesos electorales.
Cuando desde el poder se organizaban las elecciones, se contaban los votos y se administraban los triunfos.
Todo un ejemplo de eficiencia política.
Para los gobernantes, obviamente.
La pregunta central no es solamente si Sheinbaum está decidida a independizarse de López Obrador.
Tampoco si el Verde se convertirá en su alternativa política.
Mucho menos si desde Washington están empujando algunas fichas.
La verdadera interrogante es si la limpieza alcanzará a todos los responsables de actos de corrupción, independientemente de sus padrinos políticos, o si solamente servirá para sustituir una estructura de poder por otra.
Porque combatir la corrupción y concentrar el poder pueden parecer operaciones compatibles.
Pero sus resultados son muy distintos.
Y cuidado con el INE.
Una cosa es investigar y sancionar irregularidades dentro del organismo electoral.
Y otra aprovechar esas investigaciones para restarle independencia.
México ya conoció ese modelo.
Y le costó décadas cambiarlo.
Sería una ironía de la historia que un movimiento nacido bajo la bandera de la democracia terminara desempolvando las prácticas electorales del viejo PRI.
Con distintos colores.
Y los mismos métodos.
Total, para algunos políticos la transformación consiste en cambiar de dueño las llaves del poder.
No necesariamente las cerraduras.
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