Columna de opinión
Maldades de un par de cuates
Magno Garcimarrero Ochoa
Magno Garcimarrero
Nuestra madre lanzó un grito de susto, dejó la cama de un salto y encendió la luz, nuestro padre alarmado preguntó qué pasaba y ella dijo haber visto una sombra meterse tras del ropero que estaba esquinado, dejando una abertura de unos cuantos centímetros a cada lado, él se levantó y fue a mover el ropero para asomarse detrás; con el argüende nos despertó a los gemelos y a la tía Anacleta que dormía en la pieza contigua.
No había motivo de alarma, pero al día siguiente toda la familia aseguraba haber visto un fantasma y otra tía afirmó y confirmó haber visto en ocasiones anteriores un espectro ensabanado que recorría los cuartos de la casa, salía y se perdía en torno al jinicuil que crecía en el centro del patio.
A nuestro padre, aficionado a la búsqueda de tesoros enterrados, se le ocurrió que las apariciones podrían ser mensajes de ultratumba para favorecer a la familia con el encuentro de algún entierro de monedas de oro y, no faltó la intervención de otra tía más que conocía a una “médium” que entrando en trance nos diera noticia de donde estaba enterrado el tesoro, así que no pasaron muchos días para que llegara la tal médium a dormirse, o a hacer como que se dormía haciendo saber a los interesados con voz enronquecida, que el domingo siguiente aparecería en alguna parte de la casa o del patio una cruz de palma bendita como señal de que ahí había de escavarse para descubrir el entierro que nos sacaría de pobres; pero que previamente habría que concurrir a misa y rezar por el descanso de esa alma en pena que se había tomado el trabajo de espantar a la familia a la que concedería el beneficio.
El domingo todos llenos de impaciencia partieron al templo de El Calvario a la primera misa del día, menos la tía Anacleta que se quedó a acompañar el sueño matutino de los cuates y, a aprovechar también el último vela duerme que es el más sabroso. Pero los cuates nos levantamos en la oscurana y como el excusado estaba afuera, al abrir la puerta vimos el ramo de palmas benditas que la tía colgaba de un clavo en la puerta año con año a partir del domingo de ramos, y lo primero que se nos ocurrió fue ir por unas tijeras que estaban siempre en un cajón de la máquina Singer de nuestra tía, con ellas hacer media docena de crucecitas y regarlas por el patio, una debajo del brasero y otra sobre la tarima de la letrina.
Al regreso de la misa la más apremiada fue quien encontró la primera cruz sobre la letrina y gritó con gran entusiasmo sintiéndose ya millonaria seguramente, pero inmediatamente después la tía Ana descubrió la segunda cruz debajo del brasero y nuestro padre descubrió la tercera que estaba al pie del jinicuil.
Entonces se dieron cuenta que era una broma burlesca de los cuatitos, nos regañaron hasta que se cansaron y finalmente nos perdonaron y se echaron a reír como azogados.
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