Hay hay algo que me preocupa más que cualquier discurso ideológico: el desperdicio de recursos estratégicos en un país que necesita con urgencia invertir en productividad, innovación y competitividad. Por eso, la aparente pausa en los envíos de petróleo mexicano a Cuba es una señal económica largamente necesaria.
Con el cierre del sexenio de López Obrador, el envío de petróleo crudo y combustibles al régimen cubano alcanzó un valor estimado en 9.3 mil millones de pesos. Hasta septiembre de 2025 ya se habían despachado productos energéticos en cuantía de 7.9 mil millones. Todo esto sucedía mientras la empresa Pemex sumaba deuda, recortaba inversión productiva y los mexicanos continuábamos pagando combustibles costosos y malos servicios, es decir nuestra realidad normal.
La decisión de frenar estos envíos confirma que la 4T utilizó a Pemex como una herramienta ideológica para sostener un régimen autoritario, fracasado y deshonesto con su propio pueblo. Y nuestros grupos de izquierda dirán que fue por solidaridad o “ayuda humanitaria”, pero la realidad es que fue una completa irresponsabilidad.
Para bien o para mal el petróleo ya no es solo combustible. Es la base que sostiene fábricas automatizadas, centros de datos, cadenas industriales modernas y procesos productivos cada vez más sofisticados. Cada barril que se regala es un barril que deja de impulsar empleo, inversión y desarrollo tecnológico en nuestro país, o, en el caso de la 4T, un elector que no recibe apoyo de un programa social.
Usar recursos energéticos para sostener economías socialistas, cerradas, improductivas y desconectadas del mundo moderno tiene un costo enorme. Es dinero que no se invierte en energías limpias, en infraestructura industrial o en atraer empresas que sí generan valor.
México no es Cuba, y por más que nuestros gobernantes se esfuercen por hacerlo, no es una república bananera. No tiene por qué comportarse como si lo fuera. Nuestro país forma parte de una de las regiones económicas más dinámicas del planeta. La industria mexicana ya está integrada a sectores como electrónica, movilidad eléctrica, manufactura avanzada y cadenas de suministro digitalizadas. El gran reto para México es consolidarse como plataforma clave de nearshoring, y la energía es uno de los pilares para lograrlo.
Pemex debe entenderse como un activo geoeconómico. Las empresas energéticas son tan estratégicas como los puertos, las redes digitales o los satélites. De ellas depende la estabilidad productiva, la confianza de los inversionistas y la capacidad industrial de un país.
Ya estamos acostumbrados a que PEMEX se maneje sin criterios de mercado, sin transparencia y con objetivos políticos. Esto afecta la credibilidad de México, eleva el riesgo país y reduce su atractivo como destino de inversión tecnológica.
Estados Unidos está apostando fuerte por semiconductores e industria avanzada. Europa alinea energía con competitividad industrial. Asia invierte agresivamente en automatización e inteligencia artificial. Todos usan sus activos estratégicos para fortalecer su economía. Ninguno los regala para sostener regímenes fallidos.
Dejar de importar recursos energéticos a economías cerradas no es una decisión coyuntural ni una provocación ideológica. Es un ajuste estratégico. El poder, hoy en día, se consolida uniendo esta materia con tecnología y con industria en lo que son las cadenas de valor modernas.
México tiene todo para convertirse en un nodo fundamental de esa misma red pero solamente si se deja de lado los complejos ideológicos y se toman decisiones racionales.
La energía no es propaganda. Es productividad.
No es discurso. Es competitividad.
Ni un peso, ni un barril para dictaduras comunistas.
Pemex debe servir a México: con reglas de mercado, transparencia total y una estrategia alineada con América del Norte.
Libre mercado, sin culpas y sin romanticismos.




