Por Fred Alvarez Palafox..
Hay nombres que flotan en los libros de historia, pero hay personas que caminan por la vida con la calidez intacta en la mirada. Joel Ortega Juárez es de esos raros hombres necesarios: un caminante incansable que ha hecho de la dignidad su trinchera y de la amistad un refugio generoso.
Nacido en marzo de 1946 en nuestra entrañable Ciudad de México, hijo de una maestra de primaria que le enseñó el valor de las palabras y la fe cristiana, y de un trabajador de la aviación y la industria automotriz que le mostró el pulso del esfuerzo diario, Joel creció con la convicción profunda de que el mundo siempre podía ser un poco más justo.
Su paso por la vida ha sido el de un hombre valiente que jamás ha sabido mirar hacia otro lado. Desde muy joven, en las aulas de la escuela pública y en las calles que latían con la rebeldía de los sesenta, eligió estar del lado correcto de la historia, ese que no se compra ni se dobla. Fue alma y motor de la Juventud Comunista, cofundador de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos y un testigo indomable de las horas más oscuras de este país. Sobrevivió al fuego del dos de octubre en Tlatelolco, encabezó la marcha del Jueves de Corpus plantándole cara a los halcones, y tuvo el valor cívico de enfrentar sin titubeos al presidente Luis Echeverría desde la tribuna de la UNAM, recordándonos que la rebeldía intelectual es el verdadero oxígeno de la libertad.
Aquella tarde de la pedrada… cuántas cosas nos enseñó de la congruencia y del temple.
Pero la lucha de Joel nunca se quedó en el grito de la plaza; se hizo organización, tiza y pizarrón. Ayudó a parir los sindicatos universitarios que defendieron los derechos de los académicos y trabajadores de la UNAM, caminó el país entero tejiendo redes populares y, cuando los partidos se volvieron dogmas cerrados, supo elegir la vereda de la libertad independiente. Fue artífice de cambios indispensables, constructor de puentes en los momentos más oscuros del México contemporáneo —como en el Grupo San Ángel— y una voz lúcida que desde las páginas de los periódicos nos ha ayudado a entender este laberinto nacional sin perder jamás la lucidez ni la ternura.
Sin embargo, para quienes tenemos la fortuna de llamarlo amigo, lo verdaderamente extraordinario de Joel no habita en las enciclopedias, sino en la mesa compartida, en la sobremesa generosa donde la historia de México se desgrana con una sonrisa cómplice, un buen trago de vino tinto- a veces Ribera del Duero-, y una paciencia infinita para escuchar. Es el profesor que prefiere el abrazo cercano al pedestal, el analista agudo que nunca ha perdido la capacidad de asombro y la bondad de los buenos maestros.
Quien tiene la dicha de caminar al lado de Joel Ortega Juárez sabe que transita junto a un hombre bueno, íntegro y entrañable, de esos que hacen que este país duela, pero valga profundamente la pena.
¡Felicidades, amigo! Que cumplas cien años muy feliz.