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Morena contra Morena

José Luis Parra

 

El desgaste también llega vestido de guinda

En Morena ya empezó la pelea que oficialmente todavía no existe. La sucesión en Sonora adelantó los tiempos y abrió una grieta que podría crecer hasta Palacio Nacional. De un lado Alfonso Durazo. Del otro, Claudia Sheinbaum. En medio, la candidatura al gobierno estatal y una pregunta incómoda: ¿quién manda realmente en Morena?

Durazo empuja a Lorenia Valles. Sheinbaum parece inclinarse por Javier Lamarque. Y aunque públicamente todos sonríen, las señales ya dejaron de ser discretas. Porque en política los gestos pesan más que los discursos. Y cuando la presidenta rompe el protocolo para subir al templete a Lamarque, mientras ignora a otros alcaldes, el mensaje no ocupa traducción.

Lamarque no es cualquier figura. Fue el primer candidato de Morena al gobierno de Sonora cuando el partido apenas sobrevivía electoralmente y sacar 2.8 por ciento significaba más terquedad ideológica que posibilidad real de triunfo. Hoy esa vieja militancia cobra valor simbólico. Morena necesita recordar sus orígenes porque comienza a parecerse demasiado a aquello que prometió destruir.

El problema para Durazo es que una sucesión adelantada también desnuda debilidades adelantadas. Y en ese escenario aparece otro ingrediente peligroso: la caída del movimiento en las encuestas. Porque mientras en Sonora se disputan candidaturas futuras, a nivel nacional Morena enfrenta un desgaste acelerado por escándalos, divisiones y excesos.

La encuesta de Lorena Becerra para Latinus encendió alarmas. Morena perdió puntos importantes en percepción pública y Sheinbaum sufrió una caída brusca en aprobación. La luna de miel comienza a terminar y el régimen empieza a descubrir algo elemental: gobernar desgasta. Más cuando el discurso de austeridad convive con acusaciones de lujos, huachicol fiscal y presuntos vínculos incómodos con personajes del crimen organizado.

Y ahí surge otro problema para Morena: “Andy”.

El hijo del expresidente ya dejó de ser un activo simbólico para convertirse en costo político. En Chihuahua prácticamente tuvieron que sacarlo escoltado mientras manifestantes repudiaban su presencia. La fallida movilización contra Maru Campos terminó convertida en termómetro del desgaste morenista. Esperaban al menos 20 mil almas revolucionarias y apenas juntaron, según estimaciones, menos de cinco mil. Ni el acarreo resistió el calor político.

Pero quizás lo más delicado no sea la caída electoral. Lo verdaderamente preocupante para el régimen es la percepción creciente de soberbia. Morena comienza a actuar como esos viejos partidos que utilizaban las instituciones públicas como extensiones partidistas. Ahí están los consulados mexicanos en Estados Unidos convertidos, según denuncias periodísticas, en sucursales guindas para promover afiliaciones y operar políticamente en favor del movimiento.

La vieja práctica del partido-gobierno. Esa misma que tanto criticaron.

La historia tiene un sentido del humor particularmente cruel. Morena nació denunciando abusos del poder y hoy enfrenta acusaciones similares. Criticaron el uso electoral de las instituciones y ahora los señalamientos apuntan hacia consulados, operadores y estructuras oficiales. Combatieron al viejo régimen… hasta que descubrieron las comodidades del viejo régimen.

Y mientras todo eso ocurre, en Sonora ya empezó la guerra silenciosa por el 2027.

Durazo juega sus cartas. Sheinbaum manda señales. Lorenia espera. Lamarque sonríe. Y Morena intenta convencer al país de que no existe división alguna. Lo complicado será sostener esa narrativa cuando las heridas internas comiencen a abrirse más de la cuenta.

Porque el verdadero problema de Morena ya no parece ser la oposición.

El verdadero problema de Morena empieza a ser Morena mismo.

Como suele ocurrir en política: el enemigo más peligroso siempre termina sentado en la misma mesa.

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