Columna de opinión
No a la militarización
Alberto Woolrich Ortiz
Por si la militarización de múltiples instituciones de nuestra República no fuese una suficiente exhibición de necedades y arbitrariedades de la llamada Cuarta Transformación de la Nación, la implacable confronta con sectores de la sociedad productiva nos ofrece un “plus” de ciertas indecencias políticas. Debido a ello, ciertas cúpulas del fuero de guerra han actuado con una extraordinaria habilidad a fin de tomar el control absoluto de los Estados Unidos Mexicanos, en vez de asumir el costo social y político de negarse a ello. Se le está entregando a México y el poder civil no ha hecho nada.
Según todos lo entendemos y aún el propio Ejercito Mexicano, desde pasada la segunda guerra mundial, se inició la etapa en la que paulatinamente nuestros soldados de honor iniciaron un distanciamiento de las actividades relacionadas o vinculadas con la política, lo cuál hizo que se efectuara un reconocimiento internacional por ello.
El Ejercito Nacional, siempre se le reconoció y hasta antes de ésta Cuarta Transformación, por todas aquellas campañas de auxilio a la población civil, siempre a favor del pueblo. Como bien se recuerda ellos sólo auxiliaban al gobierno, en aquellas épocas en que los alumnos de todas las escuelas primarias de la Patria, nos dedicamos, de la mano de soldados a reforestar la República.
También vale traer de los recuerdos aquella intervención de nuestro Glorioso Ejercito para erradicar el paludismo en México, en aquellos ayeres grupos de oficiales bien seleccionados organizaron y prestaron sus servicios sólo con las “logísticas” a implementar en aquellas zonas de nuestra Nación que padecían el flagelo del paludismo. En la provincia de nuestro suelo y concretamente en el campo se utilizó a personal de aquella desaparecida “Fuerza Rural”, que exclusivamente guiaron y escoltaron a los médicos de aquél entonces, siempre sin utilizar las armas y dado su acercamiento con el pueblo, efectuaron labores a fin de convencer a aquellos que por ignorancia se negaban a recibir vacunas. Ello también les trajo un reconocimiento por su actitud de solidaridad.
Grandes “Coronas de Laurel” en el ayer también recibieron, cuando México se vio azotado por fenómenos naturales como ciclones, huracanes, incendios de bosques o sismos que afectaron a la población civil. El ejército siempre hizo acto de presencia de forma espontánea y sin recibir para ello mandato del Poder Ejecutivo en turno. Nuestros soldados eran los primeros en tender la mano a los necesitados. Para ello hicieron valer el plan DN-III-E.
Sus campañas contra la lucha en contra de los enervantes fueron y han sido históricas, a quienes lo han olvidado, se les recuerda aquellas nombradas como “Carador”, “Condor” o “Marte”. Su labor por ello mereció la felicitación y reconocimiento de la Comunidad Internacional y Nacional, entre ellos la del Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.
Nuestro Ejercito Mexicano siempre estuvo al servicio de justas, honrosas y patrióticas causas de nuestra Nación.
Ahora bien, en ésta Cuarta Transformación de la República, de manera extraña han marcado un interés político muy contrario al apolitismo de antaño. En el hoy se han convertido en una carga onerosa e innecesaria para las necesidades de México. Su misión ha sido alterada por los caprichos de un poder ejecutivo que no entiende o no quiere entender que nuestros soldados sólo son los Garantes de la Soberanía Nacional, ello no incluye a que se les convierta en aduaneros, ni policías, ni constructores, ni albañiles, ni coparticipes de infamias, ni cómplices de la narcopolítica.
Esa lealtad al ejecutivo tiene un coto y ese coto se llama Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, ojalá que el uniforme verde olivo no la pisotee, como la han pisoteado otros indignos. No hagan que México olvide sus cosas buenas.
Lic. Alberto Woolrich Ortiz.
Presidente de la Academia de Derecho
Penal del Colegio de Abogados de México, A.C.
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