Luis Farías Mackey
Circula en redes un video donde una joven con chaleco guinda contesta a una persona fuera de cuadro que si no se está afiliado a Morena no se puede votar, porque, afirma, así lo dispone el artículo cinco de la Constitución. Por supuesto ningún artículo de la Constitución, ¡hasta hoy!, establece tal aberración. Puede que el video sea verídico y así estén engañando a la gente para inflar su afiliación, puede que sea falso y se busque el efecto contrario, o puede que sea un avieso anuncio de lo que nos espera, más no es el caso discutirlo aquí y ahora.
Sin embargo, nos da pie para analizar la naturaleza de la ciudadanía. Para muchos estudiosos la ciudadanía es un estatus que el Estado Nación otorga a sus miembros de pleno derecho que, así, quedan sujetos a su orden jurídico, sea por nacimiento o por naturalización, por otro lado, hay quienes sostenemos que la ciudadanía es una forma de ser, un orden de la convivencia humana que, como tal, puede ser o no, y sí es, pueda ser de modo muy amplio y consistente, o reducido y frágil.
Oportuno es empezar por Hitler, sus reformas arrancaron por suspender las libertades personales, las de expresión, prensa, asociación y reunión, el secreto postal y telefónico, así como la inviolabilidad de la vivienda y propiedad, siguieron por desaparecer los estados, sujetando así su pluralidad política y gobiernos bajo el nacionalsocialismo; pasaron entonces a abrogar la Constitución y, por ende, el régimen parlamentario y la República, y ya encarrerados suprimieron la igualdad jurídica de los judíos, los sindicatos y, finalmente, los partidos, salvo el nacionalsocialista.
Claramente vemos que el Estado por la vía de los hechos, e inclusive del derecho, puede de manera irresistible acabar con el estatus ciudadano. Pero ¿es ello una atribución propia del Estado, o un problema de su diseño y control, o bien de su pudrición? Por los resultados podemos decir que ese proceder es contrario a la razón de ser del Estado y del ciudadano, en mucho respondió también al diseño de la Constitución de Weimar en circunstancias internas y externas adversas y que, en lugar de responder a su carácter y naturaleza, fue hijo de su depravación.
Regresemos ahora a nuestra realidad cotidiana, queda claro que la narrativa y mensajes de Morena, cual mantra, son culpar permanentemente de maldad, perversión y traición a los que llaman conservadores y contrarios a La Transformación, que no es otra cosa que ellos en el poder por siempre. La propia presidente este pasado fin de semana, en una entrega de dinero (becas le llaman) a estudiantes de ¡primaria!, advirtió que “no podemos permitir que lleguen otros al gobierno”, lo cual es la negación misma de la democracia y, obvio, de la ciudadanía, porque no corresponde al poder decidir quién sí y quién no llega al poder.
Bajo esa perspectiva, igual que Hitler después del incendio del Parlamento en febrero de 1933, orquestado los propios nazis, Morena, ante cualquier evento: una intervención de Trump, una crisis financiera, una zacapela del Bloque Negro; Dios no lo quiera, un atentado, real o montado, contra uno o varios morenistas, o, incluso, un voto en contra en el Congreso, Morena, repito, alegando igual que el Führer la seguridad, ahora de La Transformación, podría llevar su racha reformista a extremos totalitarios en los términos de Arendt, que para eso se hicieron de una mayoría calificada y, como dice el vividor Pablo Gómez, “para eso son las mayorías”, así sean robadas.
Ahora bien, que el Estado lo pueda hacer lo prueba mil veces mil la historia.
Bien, pongamos que lo hacen y que de un plumazo más de la mitad de los mexicanos somos declarados enemigos de la patria, indignos de libertades y de derechos y, por ende, de la ciudadanía formal en tanto estatus que el Estado da y quita. Repito, todo Estado, volteemos a ver hoy a Estados Unidos, lo puede imponer, aunque no deba hacerlo.
¿Qué pasaría con nosotros? Por fortuna Morena no tiene ni los recursos, ni la organización, ni las capacidades para encerrarnos en campos de concentración y trabajo esclavizado, ni de intentar un holocausto: no ha podido hacer funcionar nada de lo que planea y construye, ni operar eficazmente ningún servicio público y todo lo que toca, o lo destruye, o lo corrompe. Bien podríamos decir, lo “noroñiza”.
Sobreviviendo, pues, en condiciones aciudadanas, ¿cuál sería nuestra forma de vida? Sin duda nuestra convivencia y relaciones societales se verían afectadas, nuestras esferas de libertades y de acción, principalmente políticas, también, pero, incluso en esas condiciones, persistiría, alterada sí, pero constante y posiblemente más cercana y más solidaria que nunca, nuestra convivencia. Nuestra realidad sería muy parecida a los migrantes, salvo la de no migrar y permanecer en nuestro orden de vida.
La ciudadanía requiere para existir un orden, en principio éste debe ser estatal, pero en él subsisten relaciones de interdependencias y reciprocidad que quedan fuera del alcance del Estado, relaciones inclusive previas a él, que es un invento de la modernidad; relaciones que encontramos en todo grupo por pequeño y simple que pueda ser, como las que se dan en la familia o las de amistad, incluso muchas de carácter económico, como el crimen organizado y la informalidad. En otras palabras, además de las relaciones ciudadano-Estado, existen lazos entre ciudadano-ciudadano, y entre ciudadano y sociedad que tienen existencia y dinámicas propias. Bajo este aserto surgen dos cuestiones, si la ciudadanía sólo pudiese responder a un orden estatal, ¿desapareciendo aquél, desaparecerían por igual nuestras libertades y derechos? ¿Todos?, ¿y, por igual, todas nuestras relaciones intrasocietales e interindividuales? ¿O simplemente se reducirían en su margen de acción sin desaparecer completamente?
La otra cuestión es que la realidad nos muestra una relación inversa entre ciudadano y Estado: mientras más consistente, capacitada, exigente, organizada y activa sea nuestra ciudadanía, menos Estado; por el contrario, mientras más débil, incapaz, sumisa, desorganizada y pasiva nuestra ciudadanía más Estado. La relación ciudadano Estado es siempre inversamente correspondiente y dinámica. Y también, en principio, mientras menos Estado más extensas y enraizadas devienen las relaciones entre los ciudadanos y sus organizaciones civiles; sin embargo, qué pasa cuando la macrocefalia del Estado exilia de la ciudadanía a franjas importantes de su sociedad, ¿no las orilla a tejer y fortalecer relaciones reciprocadas entre ciudadanos, así como con sus organizaciones, todo ello al margen de lo estatal?
Durante los sitios de Varsovia y Leningrado en la Segunda Guerra Mundial sus poblaciones desarrollaron ordenes de convivencia sin un Estado propio y al margen del ejército invasor que les permitieron convivir y sobrevivir en las peores circunstancias posibles.
En otras palabras, no todo orden de convivencia es de naturaleza estatal, pero sí toda convivencia requiere de un orden. Puede ser un orden muy complejo o extremadamente elemental, podrá no tener una estructura ni un canon como el Estado y las religiones, pero sí una finalidad concreta: permanecer vivos, protegidos y, en consecuencia, unidos. Puede que dicha finalidad no sea consiente, pero sí que otorgue un sentido que orienta su accionar conjunto.
A este orden se responde con un acatamiento espontáneo, quizás no expresamente regulado, pero sí vivido como cotidianeidad, “así son las cosas”, se dice. Encontramos ahí una “unidad social”, como le llama Friedrich Hayec, que permanece en el tiempo, dando también una unidad histórica o con historia y, por tanto, con memoria, pertenencia e identidad. Finalmente, esta unidad social en el tiempo responde a un conjunto de pequeños pasos y conductas reciprocadas que se expresa en una normalidad estable, conocida, propia, eficaz y compartida. Es decir, una forma de vida, una cosmovisión compartida, un saber colectivo y un hábito entendido como un “modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas” (RAE).
Regresemos a nuestra hipótesis de personas segregadas de la ciudadanía formal por parte del Estado (supuesto artículo quinto de la Constitución de los Vividores de la Nación) y podemos imaginar que, aún exiliados del y por el Estado en nuestro suelo patrio, mucho de nuestro orden social aprendido y hábitos de conducta compartidos persistirían, nuestro comportamiento para con los que conlleven nuestra situación respondería a este orden que hemos descrito arriba. Un orden que en principio seguiría las pautas civilizadas de nuestras relaciones, es decir, propio de ciudadanos en igualdad de condiciones, reciprocidades, pertenencias, trato y solidaridad.
La ciudadanía en Grecia respondía a la autoctonía, a compartir un origen en una misma tierra, tierra que mitológicamente dio vida a Erictonio, engendrado en una especie antigua de en vitro entre Hefesto y Atenea, y desarrollada en el vientre de la madre tierra: solo los nacidos en Atenas podían ser ciudadanos, pero con independencia de lo que luego devendría en jus soli (derecho de suelo), la ciudadanía se expresaba en los derechos de deliberar, acordar y accionar conjuntamente; en otras palabras, de hacerse cargo entre todos de las cosas más inmediatas que, por tan cercanas y obvias, terminaban por no percibirse y menos atenderse. La relación ciudadana, pues, no es original ni exclusivamente una entre el Estado, en tanto estructura de poder derivada, y la persona, como entre las personas entre sí y su vida en común, siendo el Estado no otra cosa que un producto y expresión de ello.
Voy más allá, hoy el Estado Nación está en crisis y el orden mundial está en un acelerado y explosivo proceso de redefinición; el mundo se ha achicado por la globalización, los fenómenos de la modernidad no responden ni a mojoneras internacionales ni a fronteras; nuestras interdependencias son irreversibles y sus complejidades cada vez mayormente compartidas. Hoy se habla de esferas de influencia en términos de un reparto entre potencias del planeta y de la humanidad en un imperialismo del siglo XXI. Lo que resulte de estos cambios seguramente será un nuevo orden en donde el Estado Nación y sus atributos serán sustituidos por nuevas formas de organización, de asociación y participación social y política, pero al final de cuentas será un orden. Podrá ser civilizado o bárbaro, abierto o cerrado, liberal o totalitario, pero será un orden que se sobrepondrá al antropológica e históricamente mexicano que tenemos y guardamos entre nosotros como individuos y personas.
Luego entonces, en nuestra hipótesis de trabajo, Morena nos estaría privando de algo que de suyo está muriendo y que, sin embargo, su privación nos llevaría benéficamente a reestablecer lazos comunitarios preestatales que, si bien, estarían privados de un acontecer estatal, de suyo cada vez más social y políticamente aislado y emproblemado, nos obligaría a valorar las relaciones interciudadanas, hoy olvidadas por la sequía de ciudadaneidad que reduce lo ciudadano a una relación atrofiada y esporádica (votar) entre el Estado y el ciudadano.
Quizás Morena en su pesadilla de perder el poder crea que reservando el voto a los suyos permanecerá en el poder. Se equivoca, sólo acelerará su caída, no alcanzan a ver su papel de expresión y espécimen final de una descomposición nacional de larga data.




