Columna de opinión
Horas inapelables
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
Vivimos horas inapelables, el mundo se desvanece frente a nuestros ojos para ya no ser más que una exigua memoria; en el Medio Oriente se juega en estos momentos la sobrevivencia de la especie humana. Otra vez la vida y el futuro planetarios se apuestan en una mesa ocupada por dementes más preocupados por la inmediatez de sus narcisismos exacerbados que por la humanidad. Corta es nuestra memoria que permite llegar a especímenes que destruyen una y otra vez las reconstrucciones que intentamos siempre sin suerte y sin futuro.
Pero no son ellos, sino nosotros que no aprendemos de la historia el costo en vida y dolor de estar cíclicamente adorando a nuestros verdugos. Nietzsche dice de ellos: “Falsos valores y palabras necias: tales son los peores monstruos para los mortales, —en ellos duerme y espera, durante largo tiempo, la perdición”. Él nos habla de que, con el hombre grande, el hombre superado en sí mismo —le llama el super hombre—, siempre viene el hombre pequeño.
En el azaroso ascenso a las alturas del primero lleva sobre sus hombros al segundo, ¡el espíritu de la pesadez!, porque no obstante su tamaño lastra, jala al abismo, atormenta nuestra escucha, enferma nuestra voluntad, y nos dice: “¡Oh, Zaratustra, piedra de la sabiduría, piedra de honda, destructor de estrellas! Te lanzaste a ti mismo tan alto, pero toda piedra arrojada — ¡tiene que caer! Condenado a ti mismo a tu propia lapidación: Oh, Zaratustra, lanzaste lejos la piedra, sí, — ¡pero volverás a caer sobre ti mismo!”
Y hoy el mundo que creímos salvado de la Segunda Guerra Mundial convulsiona y vuelve a abismarnos a lo más profundo de nuestras oscuridades.
Pero en nuestro caso la caída y oscuridad empezaron hace mucho tiempo, ¿hasta que infierno entonces podrá llevarnos hoy este despeñadero global.
Lo que más me duele, sin embargo, es que en una crisis generalizada y un mundo en llamas, los hombres y mujeres pequeños que se adelantaron a ellos en estas desastradas tierras con su patológica pesadez y autóctonos infiernos no hallen merecido castigo.
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