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Notas sobre crítica y periodismo cultural

CIUDAD DE MÉXICO.- ¿La crítica en la prensa cultural está en crisis? De la primera reseña literaria a los comentarios de Goodreads, la labor de críticos y periodistas culturales ha provocado suspicacia. ¿Por qué es necesaria su existencia en plataformas dominadas por algoritmos y modelos de IA?

La primera reseña
El 9 de marzo de 1665 nació en la revista Journal des Savants la primera reseña literaria, escrita por la autora francesa Madame de Sablé. El escritor italiano Roberto Calasso lo relata en un ensayo incluido en Cómo ordenar una biblioteca (Anagrama, 2021), y anota que esta reseña, sobre las Máximas de François La Rochefoucauld, inauguró “un género literario menor —hoy observado con recelo e impaciencia” y se convirtió en “modelo de todas las siguientes”.

De acuerdo con la Fundación Galo, el reseñado, amigo de la reseñista, intervino el texto antes de ser dado a la imprenta. En ese proceso La Rochefoucauld eliminó “las líneas más significativas –y definitivas– de la reseña” con “correcciones que empeoran el original”, según Calasso. Hay ejemplos que lo comprueban: donde la reseñista decía “una gran penetración en el conocimiento de la verdadera esencia del hombre”, el autor dispuso: “Una gran penetración en la discriminación de la variedad de los sentimientos del corazón humano”. También se redujo una frase de la reseña a un comentario de manual o un blurb de la época. El autor además suprimió “la frase más memorable de la reseña”, que de forma clarividente introducía el libro al público: “Es un tratado de los mecanismos del corazón humano, de los que se puede decir que han permanecido ignorados hasta ese momento”.

Calasso afirma que “nada más radical y atrevido se hubiera podido escribir” sobre el libro del escritor francés. “Pero el autor de la obra no dudó en tachar las palabras. Acaso para evitar que causaran miedo, incluso a sí mismo”, concluye.

Tres siglos y medio más tarde, publicar reseñas sigue causando miedo o algún reparo que solo conoce el fantasma de La Rochefoucauld. O más aún: miedo a que su contenido no sea digerible para el público. Miedo a que no pueda figurar en un comentario de solapa o no elabore una lección de utilidad universal. Miedo a que no circule bien. Miedo a que sea excesivamente criticona o halagüeña. Miedo al posible miedo de los otros. Miedo a que el autor, vivo o muerto, la desapruebe.

Creo que esta misma sensación rige la desavenencia actual hacia la crítica cultural en periodismo; y aunque de aquella reseña pionera a los comentarios de Goodreads nos separa un abismo de cambios y repeticiones, en la prensa cultural esta desavenencia un día se instaló y no parece que se haya ido. De hecho, como leímos, ya estaba en su origen: es parte del sistema nervioso de un género que pondera las creaciones artísticas. Pero no hay manera de leer sin congoja el despiece que hizo falta para publicar la reseña germinal en la prolífica relación entre la prensa y la crítica literaria. De haberla firmado un hombre como La Rochefoucauld, ¿se la hubieran troceado tanto?

Un oficio peligroso
Hablar críticamente de libros, películas, series y cualquier cosa se ha vuelto peligroso para la prensa cultural. No peligroso en el sentido del riesgo a la vida, que es el que corren tantos periodistas por contar lo que sucede en el mundo. Lo digo en el sentido extremo de la extinción. Ya casi no existimos como reseñistas o críticos de ningún objeto; serlo te sitúa automáticamente en una categoría menospreciada por lectores e incluso autores. Los lectores la consideran una actividad elevada y lejana, cuando no un oficio de artistas frustrados; los autores consideran que son injustamente atacados o ninguneados por el grueso de “la crítica”.

En estos tiempos es preferible hablar profesionalmente de youtubers o instagrammers, incluso de un tipo de periodista o arribista cultural sin independencia, que reparte su agenda en labores de cobertura inane y celebratoria de los acontecimientos del mundo cultural. A regañadientes se acepta que alguien hable de libros o de películas con solvencia y con –expresión incómoda– sentido crítico. Antes que periodista o crítico (o cualquier oficio que implique pensar, dejar la carne y encajar, a su vez, las críticas de los otros), hoy el llamado universal es a convertirse en “creador de contenido”. Pero un creador de contenido es justamente lo que un crítico no puede ser, por tanto, su extinción es cuestión de tiempo. Su extinción ha llegado, y nadie intentará desextinguir a los críticos como a los mamuts.

En las redacciones, nunca se ha sabido dónde meter las páginas culturales, que han sido disueltas en secciones de Entretenimiento o Sociedad, equiparadas a un ungüento benéfico en medio de las terribles noticias del día a día. En la crisis mundial de los impresos, lo primero que desaparecieron fueron los suplementos culturales. Dicen que, en Colombia, un prestigioso y multipremiado periodista tildaba a la sección cultural del medio que dirigía “El patio de atrás”. Lo llamativo de este comentario no es el apelativo burlón; es que un director de un medio sepa que esa sección existe.

A la crítica se le ha odiado y temido tanto que se le endilgó, como a un arma, el adjetivo “destructiva” (para tolerarla, se le pidió viciarse: ser “constructiva”). El escritor y periodista Álvaro Cepeda Samudio comparó a los críticos con los parásitos, y no debía equivocarse en un mundillo que tradicionalmente ha encumbrado la basura y se ha mantenido ciego a la excelencia. Pero esa labor parásita no solo es necesaria, sino que resulta urgente en un mundo embelesado por las veleidades de los algoritmos y los modelos de inteligencia artificial (o sea, de los hombres que los controlan). Resulta urgente el acto de pensar en una cosa, detenerse en ella, tratar de explorar sus sentidos y ensayar probables e improbables conexiones con el mundo. No porque así consigamos apartarnos de lo que llamamos realidad, sino porque, en ese acto, estamos tomándonos el tiempo de leer. En el tiempo anida el mayor desprecio hacia la crítica, que corre paralelo al desprecio por las creaciones humanas. El que piensa y crea con sus manos ha tenido ocasión de hacerlo, es decir, se ha tomado el tiempo, se ha molestado en lo que nadie. Y esto, en el mundo desatento de las redes sociales, es casi un crimen. Es casi una genialidad. “Prestar atención es el superpoder más grande: ya no todo el mundo es capaz de hacerlo”, dijo recientemente la escritora Samanta Schweblin.

De la crítica a la hipotermia
El escritor y ensayista Martin Amis, en el prólogo de La guerra contra el cliché (Anagrama, 2001), refiriéndose a una época dorada de la crítica literaria a mediados del siglo XX en Inglaterra, describe un gesto crucial de la crítica: “La literatura era la disciplina central; la crítica literaria exploraba y popularizaba el significado de esa centralidad, creaba un espacio en torno a la literatura, y, en consecuencia, la exaltaba aún más”. Es llamativo este enfoque de la crítica como un ejercicio exaltador; no como acto de alabanza, más bien como preocupación por lo existente mediante un ejercicio intelectual de escrutinio. La crítica tiende a rechazarse por ser crítica, o sea por existir, o sea porque su emisor no se quedó callado. Pero pienso que es importante precisamente por existir a pesar de todo: un autor, además de cabrearse o llorar, podría tomarse siempre como un elogio que lo critiquen, pues hasta la más ‘destructiva’ de las críticas, si al menos es crítica, implica un acto de atención contracorriente. Es amorosa, de hecho.

Esa singularidad es poco visible. En un mundo acelerado y conectado hasta el aturdimiento, la crítica acarrea la sombra de lo apocalíptico. En su ensayo, Amis se pregunta qué pudo acabar con aquella “Era de la crítica” que se consideraba que inició con publicaciones como Notas para una definición de la cultura (1948), de T. S. Eliot. La respuesta, en resumen, tiene que ver con el dinero: los tiquetes de bus aumentaron de precio, ya no era tan fácil participar del comportamiento aburguesado de andar tomándose el tiempo entre lecturas. La inflación y el estancamiento económico demostraron que “la crítica literaria era una de las muchas fruslerías de la clase ociosa sin las cuales nos las tendríamos que arreglar. Bueno, ése era el sentir general. Pero ahora resulta claro que la crítica literaria ya estaba condenada”, dice.

Entonces la crítica se confinó en las universidades, comenzó a desarmar o desatender el canon, agitó banderas ideológicas y le dio prelación a los sentimientos. Este es, supongo, el estadio donde nos encontramos todavía, aunque inducidos a niveles hipotérmicos a causa de la reactividad y emotividad de las redes sociales. Algunas reflexiones de Amis tienen una vigencia apabullante. En las universidades, dice, la notoriedad no se alcanza con un estudio de la poesía de un autor, sino con un “provocativo trabajo acerca de su ideología –de su actitud hacia los pobres, por ejemplo”; en ese proceso, “el canon puede ser callada y tenazmente minado”. Agrega que en internet, “en el otro extremo del negocio, todos se han convertido en críticos literarios –o cuando menos, reseñadores de libros–. La democratización ha traído consigo una ganancia inalienable: la igualdad de los sentimientos”.

¿Y a qué nos abocan los sentimientos? Pues a los reseñistas mediocres y sin lecturas –como reporteros sin investigación y sin calle–, hábiles en el manejo de los dispositivos, las métricas o las herramientas del momento: bookstagrammers, influencers y compañía. Antes que del libro o de la obra, hablan sobre cómo conocieron a al autor o la autora, proporcionan una sarta de datos biográficos (con predilección por lo sensacionalista o truculento) o recurren a un método que durante años ha sostenido al peor periodismo cultural: buscar todos los pretextos o paratextos posibles y echar mano de las mitologías y el chismorreo universal para contornear la leyenda de un autor y evitar a toda costa rozar la centralidad de su obra. Los malabares que utilizan ciertos periodistas o reseñistas de libros para eludir los libros son ya una obra en sí misma, pero inferior a toda reseña, crítica o narración.

El mar de sentimientos y opiniones eclosionan en un mismo empaque. Amis dice que los ‘sentimientos’ “rara vez se presentan de forma no adulterada; son mezclas de las opiniones generalmente aceptadas, las ansiedades sociales, las vanidades, las susceptibilidades, y todo lo demás que conforma una personalidad”.

De semejante materia están hechas muchas de las reseñas y “críticas” de hoy: de la “personalidad” (más concretamente, de la personalidad de un creador de contenido). Es difícil calificar este estado de cosas como bueno o malo: es la consecuencia de unas redes sociales diseñadas para la adicción y de delegar a plataformas como Netflix o Spotify qué ver o qué escuchar. Nada muy distinto de lo que el periodismo cultural ha hecho durante décadas con sus listados cada vez más parecidos a un algoritmo que repite editoriales, machaca en los mismos autores y trata de consolidar ciertos prestigios. En ambas operaciones el criterio del lector (de la “audiencia”) es anulado o mandado a recoger. Otra manera –de mandarlo a recoger– es otorgándole la autoridad de asignar un puntaje o unas estrellas: Goodreads, Letterboxd, IMDb, etcétera. Aquí se califica, recomienda y comenta; y a veces surgen guerras entre los fans de una serie que luchan por encumbrar numéricamente a su favorita en los listados de mejores. Todo un videojuego. Pero tienen un sesgo, mejor dicho, una misión: difundir la idea de que el mundo literario o cinematográfico existe solo en inglés.

El lugar del periodista cultural
Lo que diré sonará aún más amargo: antaño el talento importaba. Hoy no es que no importe, no es que se soslaye; es que es insuficiente. El talento es percibido como el “privilegio” de una “élite”. ¿A qué privilegio o élite nos referimos? No es claro. Es lo que invocamos cuando queremos erigirnos en víctimas de otros o de un sistema cruel. Claro que “el sistema” es cruel y debe ser combatido. ¿Pero por qué en contra de nosotros mismos? ¿Por qué a favor de movimientos de decrepitud intelectual como la cancelación y sus derivados? ¿Por qué, además, a favor de la industria, que dicta lo que es likeable, lo que debe ser visibilizado, lo que debe ser atendido?

El escritor Ricardo Piglia solía subrayar el lugar del lector y de la crítica. “¿Desde dónde se critica? ¿Desde qué concepción de la literatura? La crítica siempre habla de eso”, dijo en una entrevista. Son preguntas que atraviesan la moral de todo autor. Alberto Olmos, escritor y periodista cultural, lo explicó hace unos años en una columna: “César Luis Menotti, entrenador de fútbol, dijo: ‘El jugador debe entender esto, que es básico para su vida: para qué juega y para quién juega. Es lo que debe preguntarse y responderse’. El periodista cultural hace tiempo que se preguntó eso mismo, y se respondió para su mal: juego para la industria. El periodista, o escaparatista, cultural juega para los editores, las discográficas, 18 suecos y un puñado de festivales de cine. Juega para las plataformas de vídeo y los servicios de ‘streaming’. Juega para los artistas consagrados, millonarios y endiosados. Juega para la moda y para la corrección política. Es decir, juega contra el público. Juega contra usted”.

Hablar con talento del talento (o de su falta) desde un lugar de independencia provoca repulsa. Asumimos que la creación de Dios no debe ponerse en duda. Así que nos ponemos del lado de otro Dios; pero es uno falso: el Dios del dinero, de la atención garantizada, del favor institucional, del servilismo intelectual, de la demagogia y la baba. El Dios que juega en tu contra, que es un falso creador, que es un “creador de contenido”.

Acoger la crítica
El crítico cultural o el reseñista, aunque no siempre coincida con ser periodista, ha compartido con el periodismo soportes, formatos, canales, plataformas; a veces una ideología y una política; a veces una perspectiva poética del mundo; y no pocas veces la incertidumbre existencial por la crisis del momento. En la prensa se desarrollaron los suplementos culturales y revistas en los que muchos nos informamos sobre el talento local o nacional y quisimos comenzar a publicar reseñas o leer textos misceláneos. La hospitalidad que tuvieron las páginas impresas, con sus defectos y limitaciones, es un gesto que el mundo digital puede emular. Por eso creo que el falso debate de periodista vs. influencer no debería alarmarnos (ya están más que claras las conexiones y desconexiones entre unos y otros) tanto como el divorcio entre periodismo y crítica. El divorcio entre cualquier cosa existente en el llamado mundo digital y crítica.

El desalojamiento de la crítica obliga a crear productos para que los usuarios sigan reafirmando prejuicios en una pantalla, implica parapetarse en el miedo y el rechazo al disenso, implica aceptar los recortes arbitrarios de La Rochefoucauld a de Sablé. Lo contrario –acoger y ejercer la crítica– es descubrir lugares en los que cuestionarlo todo no sea la excepción. No se trata de propiciar una nueva y romántica era; se trata de que la IA y sus sucedáneos no nos impongan su visión aniquiladora del mundo. De tomarnos el tiempo. “Nuestro patrimonio es el universo”, decía Borges. No creo que debamos aceptar su reducción o aniquilación de un plumazo.
AM.MX/fm

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