POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.
Cuando los primeros reportes confirmaron el cierre total del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, la comunidad internacional entendió que no se trataba de un episodio más en la larga lista de tensiones en Medio Oriente. Era el inicio de un reacomodo profundo en la arquitectura energética global. Por ese corredor marítimo circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial y una porción crítica del gas natural licuado (GNL). Su clausura, incluso temporal, equivale a cerrar la válvula principal del sistema energético del planeta.
Para México, un país que presume soberanía energética pero que depende de forma significativa del gas estadounidense y de fertilizantes importados, el impacto no será inmediato, pero sí inevitable. Y en el segundo semestre de 2026, cuando la administración de Claudia Sheinbaum busque consolidar su proyecto político, el shock externo podría convertirse en un factor de erosión interna.
El efecto dominó: del Golfo Pérsico al campo mexicano
El cierre de Ormuz no solo interrumpe el flujo de crudo. También paraliza la salida de amoniaco, urea y otros insumos químicos esenciales para la agricultura mundial. Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Omán, todos productores clave de fertilizantes, dependen de ese corredor para exportar.
México importa más de la mitad de los fertilizantes que consume. En 2023, las compras de urea superaron los 500 millones de dólares, provenientes de Rusia, Estados Unidos, Trinidad y Tobago, Argelia y países del Golfo. Con Ormuz bloqueado, los precios internacionales se disparan y la disponibilidad se vuelve incierta.
El impacto es directo porque implica fertilizantes más caros, costos agrícolas más altos y rendimientos potencialmente menores. En un país donde el precio del maíz, el frijol y el trigo define la estabilidad social, el encarecimiento de la producción agrícola es un riesgo político de primer orden.
Gas caro, electricidad presionada
Aunque México importa la mayor parte de su gas por ducto desde Estados Unidos, el mercado norteamericano no es inmune al shock global. Cuando Europa y Asia pagan más por el GNL, los precios de referencia suben y arrastran al alza el costo del gas en Norteamérica. Es el resultado de una economía global interconectada.
El gas es la columna vertebral de la generación eléctrica mexicana y de la petroquímica. Un aumento sostenido presiona a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), encarece la producción industrial y obliga al gobierno a decidir entre dos caminos: permitir que las tarifas suban o absorber el golpe fiscal mediante subsidios. Ambas rutas tienen costo político.
La tormenta perfecta: inflación, subsidios y desgaste social
El segundo semestre de 2026 podría convertirse en un periodo de reaceleración inflacionaria, impulsada por dos motores: alimentos y energéticos. La combinación es explosiva. La memoria colectiva del votante mexicano es sensible a cualquier señal de “gasolinazo”, y la narrativa de “carestía” suele convertirse en un arma política eficaz.
Si el gobierno federal decide contener los precios de combustibles y electricidad mediante subsidios, el costo fiscal puede dispararse. Y en un presupuesto ya comprometido por programas sociales y proyectos emblemáticos, cada peso destinado a amortiguar el shock energético es un peso que no llega a otras áreas prioritarias.
La oposición, fragmentada pero siempre alerta, podría encontrar terreno fértil para acusar de improvisación, falta de previsión o incoherencia entre el discurso de soberanía energética y la realidad de la dependencia externa.
El campo: un frente político vulnerable
El encarecimiento de fertilizantes golpea especialmente a los productores medianos y pequeños. En estados como Sinaloa, Sonora, Jalisco, Veracruz y Michoacán, donde la agricultura es motor económico, el malestar puede traducirse en protestas, bloqueos carreteros y presión sobre los gobiernos estatales.
Para la presidenta Sheinbaum, el riesgo es doble. En primer lugar, enfrentaría un nuevo conflicto con organizaciones campesinas que, a pesar de cierta cercanía política en el pasado, podría romper con MORENA.
En segundo lugar, este escenario provocaría tensiones con gobernadores, incluidos algunos de su propio partido, que exigirán apoyos extraordinarios para evitar crisis alimentarias locales.
Si la respuesta federal se percibe lenta, tecnocrática o insuficiente, la narrativa de “abandono del campo” puede resurgir con fuerza.
La fractura interna: soberanía vs. realismo energético
El shock de Ormuz también expone las tensiones dentro del propio proyecto energético del gobierno. La administración Sheinbaum ha buscado equilibrar la herencia de fortalecimiento de Pemex y CFE con un discurso más técnico y orientado a la transición energética.
Pero la crisis obliga a tomar decisiones incómodas. ¿Se prioriza la refinación nacional, aunque sea más costosa? ¿Se permite que los precios internos reflejen la realidad internacional? ¿Se acelera la transición renovable aun cuando no resuelve la dependencia inmediata del gas?
Dentro del oficialismo conviven posturas divergentes. Algunos sectores presionarán por controles de precios más agresivos o medidas intervencionistas. Otros insistirán en disciplina fiscal y ajustes graduales. La posibilidad de que estas tensiones se filtren a la opinión pública es un riesgo real.
La relación con Estados Unidos: oportunidad y dependencia
Paradójicamente, la crisis también abre una ventana estratégica. La interconexión gasífera con Estados Unidos podría convertirse en un amortiguador para México, siempre y cuando Washington mantenga estabilidad en su mercado interno.
Pero esa misma interconexión expone la vulnerabilidad estructural, porque México depende del gas estadounidense para sostener su economía. Y en un contexto geopolítico volátil, esa dependencia puede convertirse en un punto de presión.
La Casa Blanca, ahora bajo una administración que privilegia la seguridad energética doméstica, podría utilizar el suministro de gas o fertilizantes como herramienta de negociación en temas comerciales, migratorios o de seguridad.
Un semestre decisivo
El cierre de Ormuz no es solo un evento geopolítico lejano. Es un recordatorio cruel de que la seguridad energética global está construida sobre cuellos de botella vulnerables. Y para México, llega en un momento político crítico.
En el segundo semestre de 2026, la administración de Claudia Sheinbaum enfrentará un entorno económico adverso, presiones sociales crecientes y una oposición dispuesta a capitalizar cualquier error. La capacidad del gobierno para comunicar con claridad, actuar con rapidez y mantener coherencia entre discurso y política pública será determinante.
Estas consideraciones ponen en duda la relevancia de los cálculos políticos del oficialismo que se centran en la popularidad presidencial del momento, cosa de ver los argumentos del Plan B de la reforma electoral. La cuestión, ya resuelta en el Senado con el voto en contra del PT para el adelanto de la revocación de mandato, limitan la posibilidad de una campaña abierta por parte de la presidenta Sheinbaum.
Sin embargo, queda abierto otro frente político si las condiciones económicas, como vimos, estarán marcadas por una dinámica de deterioro doméstico. La figura presidencial podría, de la noche a la mañana, convertirse en un lastre para MORENA. En ese sentido la postura del PT podría, al final, ser beneficiosa para la presidenta Sheinbaum.
En todo caso, lo verdaderamente preocupante es que la toma de decisiones del oficialismo omite el análisis estratégico precisamente sobre las diversas formas en que la globalidad puede influir en la situación doméstica del país. El tablero político cambiará en cuestión de meses, pero nadie parece que lo entiende. Y luego que porqué.
SAGRADAS ESCRITURAS: Jeremías 17:5
Así ha dicho el SEÑOR: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que se apoya en lo humano y cuyo corazón se aparta del SEÑOR.



