Dedicado a mis nietos, Lunita, Ehitán y Eldrich…
Por Fred Alvarez Palafox..
Es de noche. Es la hora de los amantes, de los insomnes y de los poetas. Hoy, el firmamento nos exige apartar la vista del suelo y levantar la mirada: han llegado las “Lágrimas de San Lorenzo”.
Esta madrugada, el cielo nocturno nos ofrece un respiro indispensable ante la pesada coyuntura de nuestros días. Llega el pico máximo de las Perseidas. Aunque el reciente eclipse solar total nos esquivó en estas latitudes, la noche nos reserva una compensación luminosa: el espectáculo más esperado del verano astrológico.
No son más que polvo y roca, diminutas esquirlas cósmicas desprendidas del cometa Swift-Tuttle. Pero cuando la Tierra, en su danza perpetua, atraviesa esa nube de partículas, estas penetran nuestra atmósfera a velocidades vertiginosas. Al arder, mueren dejando tras de sí las fulgurantes cicatrices de luz que, desde la infancia, llamamos estrellas fugaces.
El clímax de este fenómeno tendrá lugar esta misma noche del miércoles y durante las primeras horas del jueves. Para nosotros, el momento cumbre será entre las 00:50 y las 04:00 horas, justo cuando el cielo alcanza su mayor oscuridad y la constelación de Perseo se yergue majestuosa.
Es un reloj cósmico implacable, orquestado por los restos gélidos de un viajero ancestral que no volverá a cruzar nuestro vecindario solar hasta el lejano año de 2126. Se calculan hasta cien meteoros por hora, cien destellos desintegrándose para nuestro efímero deleite.
Pero más allá del rigor astronómico de la NASA, lo que verdaderamente sobrecoge es la brutal sencillez que el cosmos nos exige como espectadores. No hacen falta telescopios. El mayor acto de rebeldía en nuestros tiempos, esta noche, será apagar los teléfonos, silenciar el mundo y permitir que nuestras pupilas hagan las paces con la penumbra. Para coronar la escena, la Luna nos hace el enorme favor de ausentarse; en su fase nueva, la gran “diva” de la noche se retira discretamente a los camerinos, negándose a opacar ni a la más tímida de las estrellas.
Para quienes siempre hemos encontrado refugio en la inmensidad de la bóveda celeste, la receta de esta vigilia está clara. Lo ideal es buscar un horizonte amplio y despejado, servir un buen trago —un mezcal madrecuich para despertar el alma, o una buena copa de Ribera del Duero para templarla—, dejar que suenen algunas notas profundas del sonido del mar y simplemente, entregarse a la paciencia.
El cielo nocturno hoy no es un lienzo vacío, sino un mural vivo que nos recuerda nuestra minúscula, frágil y mágica proporción en este universo. Salgamos al encuentro del asombro. Esta es una noche estricta y exclusivamente para maravillarnos.
Y para cerrar nada como leer a Chumacero…
“Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides;
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.
Deo gratias.