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Saldos y novedades / El Jugador nùmero 23

Gerardo Galarza

 

Como todo niño de mi mundo –supongo— soñé con jugar un Mundial de futbol con la selección de mi país.
Y, aunque usted no lo crea, hace 40 años estuve a un así de lograrlo.

Julio Scherer García, el director de aquella revista Proceso, exultante como siempre, me dijo algo como: conviértase en el jugador número 23 de la selección mexicana, más o menos en marzo o abril de 1986, cuando la siempre esperanza verde empezaba a concentrarse en el Centro de Capacitación, entonces a un costado del Estadio Azteca, hoy Banorte o Ciudad de México, ya no se sabe.

“Se trata, -me dijo mi director-, de que usted se concentre con los seleccionados y desde adentro cuente la historia de esta selección, que usted sea el jugador número 23…, que viva y conviva con ellos todos los días de aquí al Mundial”.

A toda madre, me dije a mi mismo. ¿Y luego? “Usted haga lo que tenga que hacer; yo hablaré con el presidente de la Federación Mexicana de Futbol (el doctor Rafael del Castillo) para que lo acepten y para lo que se requiera. Por lo pronto, usted tiene que estar desde antes ya en los entrenamientos en el Centro de Capacitación y usted ya debe saber lo que debe hacer”.

Y eso hice.

En ese entonces vivía en Villa Coapa y la pequeña y única hija, Claudia, iba a la guardería en la colonia Nápoles. Así, la Sonia Elizabet asumía el mando, como siempre, y me dejaba en el Periférico a dos cuadras del Centro de Capacitación. Y ahí empezaba el trámite del convencimiento para que los guardias me dejaran entrar.

Y muy pronto las dificultades crecieron: El doctor del Castillo se negó a que yo fuera el seleccionado 23.

Pero la orden de información se mantuvo y todos los días fue un martirio entrar, porque el técnico nacional, Bora Milutinovic, ordenó que se me impidiera el paso. Hoy debo confesar que los vigilantes les hacían más caso a unas especies de cómplices que fueron Héctor El Suavecito Sanabria y Miguel El Gato (en este caso El Supermán) Marín, quienes sin razón abogaban por mí y me decían: Tú no hagas caso, haz tu trabajo, como el día que Bora ordenó que me sacaran porque me descubrió a su espalda cuando daba instrucciones a la media cancha de entrenamiento.

Me sentía realizado, yo que hacía 20 años había escuchado a don Fernando Marcos ordenar emocionado desde su micrófono: “¡no falles, no falles Borja!”, contra Francia en pleno estadio de Wembley, en el Mundial de1966 en Inglaterra, y Enrique, el de los Pumas, no falló.

En 1966, tenía 10 años y todo eran ilusiones. Creía que México iba a ser campeón mundial y que entonces le iba a ganar a Francia, a Inglaterra y a Uruguay, en un auténtico “grupo de la muerte” se diría hoy. Dos empates (1-1 contra Francia y 0-0 contra Uruguay) y una derrota 0-2 contra Inglaterra, cuando el equipo nacional apareció en la cancha con ocho jugadores defensivos: pero digamos que fue un digno papel para el débil, muy débil, de ese grupo. Inglaterra habría de ser el campeón y Uruguay fue eliminado por Alemania, el subcampeón a la postre.

Luego, siguieron las ilusiones y desilusiones en 1970, en la eliminación en Haití para ir al Mundial de 1974; el estrepitoso fracaso en 1978 con el equipo de “El Niño de Oro” y otros jovencitos mexicanos que supuestamente tenían impresionado al mundo del futbol.

De ese entonces guardo una portada de Proceso, con la primera masacrilla del sorteo Progol, con 13 juegos de ese Mundial. José Antonio Roca, director técnico de la selección mexicana, le concedió una entrevista a Vicente Leñero, y se negó a llenar las casillas de los pronósticos. A insistencia del reportero, llenó sólo la de los partidos de México: triunfos ante Túnez y Polonia y empate ante Alemania. Recuerdo también la “cabeza” de Ovaciones de la tarde, luego del primer juego de México en Argentina: “Pa´sus Túnez”, decía luego de que la selección mexicana perdió 1-3: Después fue goleada por Alemania 6-0 y 3-0 por Polonia. Tres partidos perdidos, 12 goles en contra y sólo uno a favor, ni un punto. En ese equipo fue el de la que consideraba la generación de oro del futbol mexicano, encabezada otra vez por Hugo Sánchez, Víctor Rangel, Héctor Tapia y más, los goleadores del Torneo de Cannes. El único gol mexicano fue de Arturo El Gonini Vázquez Ayala… defensa lateral derecho.

Cuatro años después México fue otra vez eliminado, ahora en Honduras, y no fue al Mundial de España, en 1982.

La nueva tabla salvadora llegó cuando Colombia renunció, ya casi en plena fiesta, a organizar el Mundial de 1986. Es imposible olvidar que al reanudar sus transmisiones luego del temblor de 1985, Televisa, a través del entonces jovencito Fernando Schwartz “informara”, como segunda nota del noticiario armado para dar a conocer la catástrofe, que ningún estadio de futbol había sufrido daño alguno.

Ante la tragedia nacional, el Mundial de 1986 fue una especie de catarsis para los mexicanos y, queda claro, mucho más para el escribidor que creyó en ser el seleccionado número 23. En ese entonces sólo de registraban a 22 jugadores por país.

De contrabando, con la animadversión de Bora, pude ver cómo la llegada de Hugo Sánchez, estrella del Real Madrid, rompió la armonía en aquel equipo. Luis Flores, centro delantero de los Pumas, como lo había sido Hugo, fue el más afectado; también Carlos Hermosillo. Los más jóvenes rendían pleitesía al Pichichi; sus contemporáneos lo veían con recelo. Tomás Boy, el capitán, Javier Aguirre, uno de los líderes, Fernando Quirarte y Carlos Muñoz intentaron mantener la unidad y el buen ambiente.

 

Por las tardes tenían sesiones de terapia psicológica, a las que nunca pude entrar, pero en donde con las luces apagadas y focos de colores que se encendían como árbol de navidad, según me confiaron algunos de los jugadores, entraban al salón con música de la película Rocky, y también tenían la obligación de escribir frases motivacionales.

Mientras llegaba y acababa el Mundial, tenía que conseguir “notas”. Se nos ocurrió entrevistas a las esposas o madres de los seleccionados. No fue fácil, pero me recibieron la esposa, recién casada, de Quirarte; Silvia la inteligente mujer y psicóloga, esposa de Aguirre; la mamá de Raúl Servín… y recibí muchas amables negativas u otras secas y rotundas como las de Olaf Heredia, quien siempre me respondió como “no”.

Esa selección, la de Bora, la de Mejía Barón, la de Sanabria, la de Marín –el orden a mí no importa- consiguió llegar, aunque no se crea, al que para los mexicanos es el mítico quinto partido.

Ese partido fue en Monterrey, contra Alemania. Para sorpresa del mundo terminó 0-0. En los tiempos extras se mantuvo el empate. Y llegaron los penaltis. Las expulsiones (Javier Aguirre), los cambios en la alineación y la negativa de Hugo el que le correspondía porque le dieron “calambres” provocaron un doloroso 1-4 y la eliminación mexicana.

Los que dicen saber dicen que el Mundial de 1986 ha sido el mejor o, cuando menos, el más espectacular de la historia.

Por lo menos, se anotaron tres de los goles que permanecen en la memoria colectiva de los aficionados, los hayan visto o no. Los tres en el estadio Azteca: dos de Diego Armando Maradona, incluida La mano de Dios, y el de chilena de Manuel Negrete, por el que se puso una placa en ese estadio.

Los tres los vi en vivo, curiosamente en la misma portería, que era la más cercana al palco de prensa.

No fui el jugador 23, pero disfruté, sufrí y lloré ese Mundial… como los otros 22. Todavía recuerdo –porque me la aprendí también– aquella canción himno de “el equipo tricolor tiene mucho corazón…”

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