NEMESIS
Por Fernando Meraz Mejorado
Como un trueno que cae sin aviso, así estalló la noticia: dos servidores de la inteligencia de Washington fallecieron en comisión de trabajo. Regresaban de hurgar en la entraña del monstruo, enfrentando a los dueños de la muerte, cuando su vehículo se convirtió en ataúd. Fuentes que guardan el secreto aseguran que estos hombres vestían el manto silencioso de la CIA.
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Esto abrió una brecha inmensa: ¿Qué hacen estos vehículos viajando en carreteras ajenas? ¿Cuál es el verdadero rostro de esta guerra que libramos juntos pero separados?, según las versiones oficiales.
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Cuatro almas se apagaron esa madrugada: dos del norte, dos de esta tierra, al volver de desmantelar las fábricas del veneno, allá en las alturas de piedra y silencio de Chihuahua.
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Pero el poder ha cerrado la boca como una concha, arguyendo que hay secretos que queman y no deben tocarse aún. Y la agencia del norte, fiel a su costumbre, prefiere el mutismo.
La Presidenta Sheinbaum afirmó,como es habitual en ella, que su casa no sabía de estos pasos extraños caminando por nuestra tierra, pero prometió que la justicia escudriñaría cada rincón para ver si se pisoteó la ley.
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—Lo pactado es claro —dijo—: Compartimos mapa y saber para que nuestros brazos fuertes actúen aquí y los suyos allá. Cada quien en su jardín, cada quien en su frontera.
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No obstante, crece la duda: ¿Traían permiso escrito para estar aquí? ¿Su estancia era luz o era sombra? Nadie ha mostrado aún el papel que los legítima, su visa al menos.
—Hay mano amiga y trabajo en común —insiste—, pero no hay pie extranjero comandando nuestra tierra.
Y advierte: Si se prueba que la línea fue cruzada, la espada de la justicia caerá. Porque nuestra Constitución es piedra intocable: prohibe que espadas foráneas desenvainen aquí sin venia. Permitirlo sería mancillar la soberanía. México ha dicho mil veces: nuestros soldados miran de frente, los del norte ayudan desde la distancia.
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Sin embargo, el viento cambió. La CIA y el Pentágono han ensanchado su manto y metido la mano más hondo en este fuego.
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Antes, esta batalla era oficio de jueces y policías. Mas ahora, al señalar a los cárteles como enemigos, se han sacado las armas más grandes y tecnológicas.
La agencia ha soltado sus ojos de acero en el cielo, drones que vigilan más que las estrellas. Y el ejército del norte no duda en usar la fuerza bruta en la inmensidad del mar, dejando un reguero de vidas rotas. No hace mucho, fue su inteligencia quien puso el dedo en el mapa para hallar a y poner fin a su reinado.
En Chihuahua, las palabras chocan unas con otras. Primero dicen que los extranjeros no combatían, que solo llegaron después como maestros, enseñando el oficio y el manejo de esas alas de metal. Dicen que eran instructores, aunque su silencio los delata, pues es costumbre de los espías no tener nombre.
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Pero sus versiones se contradicen: primero afirmaron que morían volviendo de la acción, luego que solo iban aprendiendo a custodiar la prueba.
Este accidente revela que la línea entre enseñar y combatir es delgada como un hilo. Veteranos dicen que esto no es nuevo, que el oficio no se aprende solo en las aulas, sino en el barro y el riesgo.
—La gente cree que colaborar es solo hablar —dicen—, pero el saber se vive y se siente. Lo que falta no es la acción, que es necesaria, sino la luz, la verdad dicha clara para el pueblo.
—Esto es lo justo: que nuestros hombres lleven el peso del camino y los otros nos den las herramientas, para destruir la maldición de las drogas con orden y respeto a nuestra ley, afirma otra vez Sheinbaum. – – oOo – –