Heráclito comparaba las murallas de la ciudad con la ley, a la que había de defender igual que aquéllas. Arendt, tomando este parecer, agregó que la ley debe construirse antes incluso que la ciudad fije sus límites, aunque en realidad no es un problema de tiempos, la ley rige las relaciones entre los hombres en un espacio determinado y con ello dibuja la fisonomía y pertenencia de sus habitantes en ese espacio que media entre los hombres y hace posible la vida política.
“Cada ley crea antes que nada un espacio en el que entra en vigor y este espacio es el mundo en que podemos movernos en libertad. Lo que queda fuera de él no tiene ley y, hablando con exactitud, no tiene mundo; en el sentido de la convivencia humana es un desierto” (Arendt)
Es por eso que la ley debe ser objeto de permanencia y defensa (hay que defender la ley como a las murallas), por tanto, no cualquiera la puede modificar y menos abolir, porque ello significa alterar las fronteras de la ley, el espacio, las relaciones y la vida política que a su interior se da y fructifica en identidad y pertenencia. Por las mismas razones, la ley tampoco puede violarse impunemente.
Quien viola la ley o la asesina, daña o mata el mundo que hace posible la vida política. Hoy se cambian las leyes sin leerlas, ya no se diga entenderlas, y se cree que eso no impacta las relaciones humanas y, principalmente, las políticas. Hoy el espacio que media entre los mexicanos se ha angostado y angustiado, oscurecido, helado y polarizado, el poder piensa que en su beneficio y permanencia.
Puede que sí, pero ignora la imprevisibilidad propia de la pluralidad en la acción humana.