José Luis Parra
La política tiene memoria corta y ambición larga. En Morena lo saben. Por eso las pasiones están desbordadas. Todos quieren brincar a la siguiente rama del poder, cual modernos tarzanes convencidos de que el árbol jamás se secará. El problema es que, cuando demasiados se cuelgan de la misma liana, alguien termina cayendo. O todos.
La historia ofrece una ironía difícil de ignorar. Lo que terminó por devorar al PRI en sus años de hegemonía no fue la oposición, sino las guerras internas por el poder. Hoy ese mismo virus parece incubarse en el oficialismo. Las lealtades duran lo que dura una candidatura y los proyectos personales comienzan a pesar más que el proyecto colectivo.
Bueno, son políticos, diría cualquier observador apartidista.
La diferencia es que esta vez el escenario tiene un ingrediente que no existía en otras sucesiones. Al otro lado de la frontera, el Tío Sam mantiene abierto un expediente que podría alterar por completo el tablero político mexicano. La eventual decisión de catalogar a Morena como organización vinculada al terrorismo, derivada de presuntas relaciones con el crimen organizado, no sería un simple gesto diplomático. Sería un misil político, económico y financiero de dimensiones todavía impredecibles.
Mientras tanto, en México el escándalo gira alrededor de Ernesto Ruffo Appel y las investigaciones relacionadas con el presunto huachicol fiscal. Si existen responsabilidades, deberán acreditarse y castigarse. Nadie debería estar por encima de la ley.
Si Ruffo operó una red de esa magnitud, ¿de verdad lo hizo solo? ¿Sin la complicidad de funcionarios aduanales, de Pemex, del SAT, de quienes vigilan las fronteras y de quienes durante años presumieron tener bajo control cada litro de combustible que entra y sale del país?
Sería, hay que reconocerlo, un auténtico genio del contrabando.
Más bien parece difícil imaginar un esquema de esa dimensión sin que alguien, desde el poder, volteara hacia otro lado. Porque las grandes operaciones ilegales rara vez prosperan únicamente gracias al talento de un particular. Generalmente florecen bajo la sombra de la omisión… o de la complicidad.
Por eso el verdadero desafío apenas comienza.
Si Ruffo termina vinculado a proceso y ningún funcionario del actual o de anteriores gobiernos aparece en el mismo expediente, el discurso oficial empezará a hacer agua. El andamiaje institucional crujirá con más fuerza de la que ya lo hace. La percepción de una justicia selectiva terminaría alimentando la sospecha de que los culpables siempre están fuera del círculo del poder.
Y justamente cuando ese edificio muestra grietas, Washington observa.
No necesita empujarlo todavía. Basta con esperar el momento oportuno.
Las elecciones estadounidenses de noviembre también jugarán su propia partida. Entre agosto y octubre podrían comenzar a despejarse señales sobre el rumbo que tomará la relación bilateral. Y si desde la Casa Blanca consideran que llegó el momento de endurecer la presión sobre México, difícilmente encontrarán un terreno más fértil que uno donde las disputas internas ya erosionan los cimientos.
Porque al final, detrás de los discursos, las investigaciones y las amenazas diplomáticas, siempre aparece el mismo juez.
La economía.
Como diría el clásico: es la economía, estúpido.